Estas líneas solo desean homenajear a los talentosos futbolistas tucumanos y despertar en cada uno de los lectores la imperiosa necesidad de rescatar del olvido otros nombres, apellidos ilustres que tras la lectura de esta columna, reverdecerán como flores de verano en el monte.

 “Uno acaba nunca la misma canción
cuando el sol entra por la ventana
luego llega la hora de alzarse el telón
bajo mi lunita tucumana”.

Joaquín Sabina

Ajeno a la búsqueda bibliográfica y a la lectura de viejos archivos periodísticos rescato del olvido, casi de manera antojadiza, un puñado de jugadores tucumanos que por diferentes motivos llegan exactos y puntuales a mi cabeza. Tal vez, esta columna les permita a los amigos lectores caminar una vez más los potreros de la infancia y allí descubrir con afecto otros nombres propios, una nómina personal y cercana de futbolistas nacidos en el Jardín de la República, ídolos que supieron ganarse su corazón futbolero.

Lejano en el tiempo redescubro a un respetado defensor de mi querido San Lorenzo de Almagro. Como dice el maestro Alejandro Apo: “Yo a Albrecht no lo vi, pero lo vi”. Su apellido se multiplicaba en el aire  cada vez que algún veterano me veía patear un penal en el baldío de la esquina de mi  casa vestido con los colores Santos. “Este pibe no falla nunca, parece el tucumano Albrecht”.

De origen humilde, a los 16 años debutó en la primera de Atlético Tucumán y fue campeón Federacionista. «Me hice conocido cuando integré el equipo Decano que ganó un torneo Nacional en 1960. También se destacaron allí Hugo Canceco y el Chango Cárdenas”.  Luego fue, por su bravura y su capacidad goleadora, ídolo de San Lorenzo de Almagro y figura emblemática de la Selección Argentina. Todos lo recuerdan como eximio e inefable ejecutor de penales.

En los inicios de los años 80´, descenso incluido, había un mediocampista por derecha, un ocho, un tucumano que jerarquizaba la mitad de la cancha de los Cuervos que dirigía el Bambino Veira. Armando Ignacio Quinteros fue símbolo del equipo azulgrana que ganó el ascenso en 1982. Rendidor, de generoso despliegue, dinámico, bajaba dos kilos de peso por partido por su descomunal desgaste. Con él en la cancha se aseguraba la recuperación de la pelota y la lucha irrenunciable en el mediocampo.

“Así, exprimiendo al máximo sus condiciones, se perfiló como una rueda de auxilio del equipo, pero también oxigenaba la salida mediante un correcto trato del balón”, expresó cierta vez Veira en una entrevista realizada por la Revista El Gráfico. Quinteros había nacido en la Capital tucumana y con apenas 18 años de edad debutó en la Primera de Atlético. Enseguida pasó a Vélez Sarsfield y allí empezó a pisar fuerte en el fútbol grande. Luego de más de 200 partidos en el conjunto de Liniers llegó a Boedo en 1981, nefasto año para los blaugranas, dado que en dicho certamen se consumó su descenso a la B.  El mediocampista que los corría a todos y lucía un gigantesco número 8 en sus dorsales fue indispensable para el regreso de San Lorenzo a Primera.

Agito amarillentas fotos y extraigo de mi cajita personal de los recuerdos la figura de un elegante malabarista zurdo con gol. Juan José Meza fue uno de los 10 a quien de adolescente deseábamos emular. El tucumano fue integrante en 1979 de la Selección Juvenil Campeona del Mundo en Japón. Eterno suplente porque la titularidad en su posición de la cancha la ostentaba un tal Diego Armando Maradona.

De pibe se mezclaba en los picados de La Bombilla y desde allí se mudó a Central Norte donde debutó en el primer equipo con 16 años. Brilló en Vélez, fue figura clave en Instituto de Córdoba, vistió las camisetas de Argentinos y Racing. Traspasó las fronteras y jugó en Colombia, Ecuador y Japón.

El Pulga Luis Miguel Rodríguez en la actualidad amalgama las mejores virtudes de los futbolistas tucumanos. El delantero aprendió el oficio de gambeteador indescifrable en las callecitas de tierra de Simoca, donde como recita el cantor, cuando sale la luna, todos, hasta el mismísimo Pulga, con poquita cosa se han de conformar.

En el tránsito obligado de la buena memoria, los más fervientes simpatizantes del balompié Decano juran que Julio Ricardo Villa fue un visitante ilustre de San Miguel que engalanó y enalteció la historia de la provincia. El barbado número 10, oriundo de Roque Pérez, llegó a Tucumán en 1973 para jugar a préstamo en San Martín. Un año después, tras una recordada disputa entre los dos grandes equipos de la ciudad, fichó en Atlético. Su virtuosismo con una pelota en los pies lo catapultó desde el Jardín de la República al combinado nacional que dirigía el Flaco César Luis Menotti.

Los hinchas de San Martín, por su parte, desempolvan del olvido su brillante goleada a Boca Juniors en la Bombonera. El 20 de noviembre de 1988 el Ciruja que dirigía Nelson Chabay vapuleó a los xeneizes con un lapidario 6 a 1.

La crónica me permitió tiempo atrás desandar el callejón de la nostalgia futbolera junto a Roberto Chucho Páez, uno de los referentes políticos de la ciudad que más admiro y respeto. Sindicalista ejemplar, tucumano de nacimiento, marplatense por adopción.

“Para mí el jugador más importante del fútbol tucumano fue Orlando Lito Espeche, un número 5 extraordinario del Atlético, integrante del Vélez campeón en 1968 con Manuel Gúdice como técnico. Fue junto al Pepe  Solórzano y Eduardo Lalo Zóttola, otros jugadorazos tucumanos que formaron parte del conjunto velezano que se alzó con aquel primer título del Fortín, uno de los forjadores de un equipazo del Decano en 1973. Otro que fue un emblema en Tucumán, ídolo indiscutido también del Deca, fue Hugo Ginel. Dicen que fue un zaguero pura practicidad y elegancia. También destaco al Kila Juan Francisco Castro y al Negro Raúl Agüero. En Mar del Plata recuerdo que en los años 70’ descollaba en Independiente otro tucumano: el Negro Herrera, un número nueve muy goleador”.

Roberto Páez nació el 16 de noviembre de 1957 en La Ramada, humilde localidad tucumana ubicada en el Departamento Burruyacú. La ruta provincial 304 abraza a sus habitantes mientras las yungas contienen e interceptan las lluvias y los vientos húmedos. Una franja verde y angosta dibuja un paisaje único sobre los cordones montañosos de la región. Apenas 35 kilómetros la separan de la Capital.

Los viejos habitantes del pueblo cuentan con pasión a quienes llegan a La Ramada que en enero de 1814 el General Don José de San Martin se alojó allí, en la Antigua Casona, hoy un imponente museo sanmartiniano, cuando se hizo cargo del Ejército del Norte. Luego, en marzo volvió, según narran algunos historiadores, no por una dolencia física, sino para repensar la idea de ir al Perú por el Norte.

Chucho es un reconocido simpatizante de Boca Juniors que llegó a la ciudad desde Tucumán cuando tenía 14 años de edad, desde entonces  supo preservar en las valijas su pasión por el Atlético, su equipo del pago chico, un amor incondicional a pesar de la lejanía, historias de pueblo que sobreviven inalterables bajo la piel.

Estas líneas solo desean homenajear a los talentosos futbolistas tucumanos y despertar en cada uno de los lectores la imperiosa necesidad de rescatar del olvido otros nombres, apellidos ilustres que tras la lectura de esta columna, reverdecerán como flores de verano en el monte.

Escribió el inigualable Don Atahualpa Yupanqui: “Y abajo, entre inmensos cañaverales, el hombre-tierra, el pelador de caña de azúcar, el sufrido domador de surcos, el mestizo, o indio, o criollo que se pone el sol al hombro en la mañana y se mete en el infierno verde con su machete, su destino y su silencio. Y recién cuando la luz se pone dulce y una gran niebla de polvillo flota sobre los cañaverales y los caminos por donde pasaron los carros tirados por mulares, aparecen por las sendas esos hombrecitos de cualquier edad, algunos con sus mujeres y sus hijos, otros, andando a paso lento como buscando en el ocaso el eco de un silbido folklórico que abandonaron al entrar a la batalla del trabajo”.

Tal vez muchos de ellos, encontraron en una cancha la paz y la alegría que la pobreza les arrebató. Trabajadores, hombres- tierra que  dibujando gambetas maradonianas entre las cañas, le arrancaron una inmensa sonrisa a la pelota y con su encanto, como un dulce terroncito de azúcar, le endulzaron la vida a miles, a millones. Como Lola Mora, como Miguel Ángel Estrella, como Leda Valladares, como la Negra Mercedes Sosa.

Fuente: Lo Que Pasa Net

16 abril de 2021