La fiesta de Brasil — Por Ezequiel Fernández Moores

Ago 12, 2015 | Opinión

 

 

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Thomas Bach, presidente delComité Olímpico Internacional (COI) subirá hoy al Corcovado. Pero ni el Cristo Redentor puede llevar calma a un año exacto del inicio de los Juegos de Río, los primeros en Sudamérica. El Cristo de los «brazos abiertos de tarjeta postal» que cantaba Paralamas ya recibió burlas con el 7-1 de Alemania, aunque el Mundial, contra todos los pronósticos, trascurrió igualmente en paz. Las protestas de 2014 tuvieron más prensa que votos y la presidenta Dilma Rousseff fue reelegida apenas después de la fiesta. Pero Brasil, jaqueado día a día por escándalos que mezclan corrupción con desestabilización política, es otra vez un polvorín. Y los Juegos de Río, con sus obras millonarias y desalojos masivos, tampoco ayudan. La FIFA y el COI jamás volverán a elegir una misma sede en simultáneo. Lo hicieron con Brasil cuando hasta el Financial Times proponía a Lula como presidente del Banco Mundial. Es el mismo diario que ahora define a Brasil como «un filme de terror». Y afirma que el país que dilapidó millones en estadios inútiles hoy precisa un ajuste.

En 2010, la FIFA del hoy decaído Joseph Blatter eligió darle la sede del Mundial 2022 a Qatar, un país de temperaturas altísimas y trabajo esclavo. El viernes pasado, el COI de Bach votó darle los Juegos de Invierno 2022 a Pekín, capital de otro país sin democracia y sin nieve. China, aseguran, no parará hasta lograr un Mundial. Le ganó por 4 votos a la candidatura de Almaty (Kazajistán), que había quedado como única rival tras los retiros de Oslo, Estocolmo y Cracovia, todas por razones de presupuesto. Pekín ya gastó 44.000 millones de dólares con sus Juegos de Verano de 2008. Es un record que superó la Rusia de Vladimir Putin con sus Juegos de Invierno de Sochi 2014, que costaron casi 10.000 millones más. Muchas de las obras ya son elefantes blancos. Su manutención anual cuesta más de mil millones de dólares anuales. Rusia, que también fue sede de los Juegos Universitarios de Kazan 2013, donde ahora celebra el Mundial de Natación, gastará otros 21.000 millones de dólares para su Mundial 2018, cerca del doble respecto de Brasil 2014. Tanto gigantismo espantó a Boston. El Comité Olímpico de Estados Unidos (USOC), impulsado por empresas que vieron un negocio de 10.000 millones de dólares, la había postulado como sede de los Juegos de Verano 2024. «Tenemos escuelas, universidades, museos, una gran historia. No necesitamos a los Juegos como vidriera», advirtieron los ciudadanos de la llamada «Atenas de Estados Unidos». En la carrera por los Juegos 2024 siguen Roma, París, Hamburgo y Budapest. Podrían sumarse Toronto, Doha y alguna nueva ciudad de Estados Unidos. El papelón de la renuncia de Boston expuso que el gasto era público y el negocio privado. «¿Sabe por qué los Juegos se hacen cada cuatro años?», se preguntó una vez John Carlos, el gran atleta rebelde de México 68. «Porque cuatro años -ironizó- es lo que demoran en contar el dinero que ganan».

Diarios europeos publicaron la última semana fotos de las aguas sucias de la Bahía de Guanabara, sede acuática de Río 2016. Una agencia de Estados Unidos publicó inclusive un detallado informe sobre los niveles de contaminación. Atletas bajo riesgo de contraer enfermedades. Río retiró el año pasado 430 toneladas de basura, pero ya admitió que no podrá cumplir su promesa de aguas limpias. Regatistas hasta de otros países dicen que los informes son exagerados. Peor es el caso de las 65.000 personas que fueron desalojadas por las obras de Río 2016. La ciudad ya tiene dos canchas de golf y una de ellas (Itanhanga) está entre las cien mejores del mundo. Los Juegos obligan a construir una tercera y a desalojar a cientos de familias en Parque de Marapendi. «Reserva Golfe» se llama la obra, que incluye 23 edificios de lujo de 22 pisos. «Ocupe Golfe» se llama en cambio el movimiento que se opone. Un camión cisterna da algo de agua a los vecinos rebeldes cada 45 días. La nueva cancha tiene agua las 24 horas, 1,8 millones de litros diarios, según afirma el movimiento «¿Golfe para quem?».

«SMH 2016: desalojos en el Río de Janeiro Olímpico». Así se llama un libro reciente que el alcalde Eduardo Paes calificó de «burrada» y «panfleto opositor». «No tenemos dudas de que las huellas de un proceso tan violento marcarán nuestra historia por bastante tiempo», respondió Mórula Editorial. El libro incluye denuncias de intimidación hacia habitantes que resistieron el desalojo de la Favela Metro-Mangueira, cercana al Maracaná, sede de la inauguración de los Juegos. Casas destrozadas por supuestos riesgos técnicos que no eran tales, y que no están dentro del área olímpica, pero sí en zonas valorizadas. Habla de obras que serán realizadas por constructoras que aportan a partidos políticos, como Odebrecht, hoy la más complicada en el nuevo escándalo de corrupción que sacude desde hace meses a Brasil. Otro informe admite que todas las grandes ciudades sufren fenómenos de gentrificación. Pero cuenta el drama de los desalojos en Vila Autódromo, en Barra da Tijuca, una comunidad creada por pescadores en 1960 y que en 2013 ganó un premio internacional de urbanismo. Ahora construirán otro condominio.

«Estamos descubriendo de manera muy dura qué es un megaevento». Lo dice Billy Graeff, profesor de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (FURG). Y habla de lo que el comediante John Oliver llama «efecto salchicha: basta verlo cómo se fabrica para no consumirlo nunca más». El Mundial, antes una institución en el país pentacampeón, provocó un búmeran no sólo por el 7-1 de Alemania, sino porque dejó en claro que el gran negocio fue de la FIFA. Nadie observa al ministro de Deportes, George Hilton, un pastor evangélico inexperto y designado por Dilma por mera alianza política. El hombre bajo la mira se llama Carlos Nuzman, presidente por un lado del Comité Olímpico Brasileño (COB) y, por otro del Comité Organizador Río 2016. «Conflicto de intereses que puede afectar dineros públicos», lo denunció una semana atrás el Tribunal de Cuentas (TUC). El Tribunal habla de gastos sin trasparencia y de agujeros que, teme, terminen siendo cubiertos por el gobierno. «Los extraños negocios de Nuzman con Nuzman», ironizó O Globo, crítica con los Juegos, que le sirven para su dura postura contra el gobierno de la presidenta Rousseff.

El nuevo arresto el lunes pasado de José Dirceu, exmano derecha de Lula, parece confirmar que la justicia está cada vez más cerca del expresidente. El escándalo llamado Lava Jato lleva ya decenas de políticos y empresarios bajo proceso y prisión. Brasil amanece casi todos los días con denuncias reales o inventadas y hasta informes falsos en redes sociales que señalan a Lula como un millonario de Forbes. Es el escándalo que involucra a Petrobrás, la petrolera que pone su nombre hasta a varios de los atletas que ganaron medalla en los recientes Juegos Panamericanos de Toronto, donde Brasil quedó tercero y volvió a relegar a Cuba, pero con marcas que, pese a un presupuesto cada vez más millonario, auguran acaso un desempeño opaco en Río 2016. El oficialismo cree que la derecha no parará hasta ver a Lula preso. Y eliminar así al gran candidato que lograría un eventual quinto mandato seguido para el Partido de los Trabajadores, que está en el poder desde 2003, con un proceso de democratización social, y también de corrupción, en el país más desigual del continente. A este Brasil visita hoy el presidente olímpico Bach. «Tenemos políticos y dirigentes especialistas en maquillar todo y por eso -me dice desde Río el colega Lucio de Castro- apuesto a que durante los Juegos Brasil vivirá ‘días maravillosos e inolvidables'», total el pueblo pagará luego las cuentas. Recordá la final del Mundial -me pide Castro-, en el momento exacto de la final el sol se puso detrás del Cristo Redentor y el mundo entero se deslumbró con esa imagen». Es el Cristo Redentor que en 2009, apenas designada la sede de Río, en tiempos de Brasil-potencia, la revista The Economist dibujó como un cohete lanzado al espacio. El Cristo del tamaño de trece pisos y cuya construcción demandó cinco años y unos diez millones de dólares. «Llegaron donaciones de todos lados -contó el arquitecto Jorge Semenovith en su libro Corcovado. La conquista de la montaña de Dios-, fue financiado por el pueblo«.

Fuente: Diario La Nación

5 de agosto de 2015

http://canchallena.lanacion.com.ar/1816328-rio-2016-en-un-mar-de-asuntos-pendientes

Foto: Domenech

 

 

 

 

 

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