Fútbol: lo más importante de lo menos importante — Por César Alan Ruiz Galicia

Jul 2, 2014 | Opinión

 

Rousell

Dicen que hubo un tiempo en que no era indispensable un balón, porque podía usarse un bote, una ficha o hasta un suéter hecho bolita.
Dicen que era más grande el escudo de un club que el logo de sus patrocinadores.
Dicen que importaba más el color de la camiseta que su costo en tiendas departamentales.
Dicen que lo de menos era la marca de los zapatos, porque lo trascendental estaba en el efecto que se le imprimía a la pelota.
Dicen que no se usaban espinilleras, ni se requerían masajistas o bebidas con electrolitos.
Dicen que nada importaba la fortuna, el apellido, el domicilio conocido o la perspectiva de futuro, sino la picardía, el coraje y la capacidad de hacer equipo.

Dicen que fueron tiempos en que la máxima regla era tratar bien al balón.
El gol era un bálsamo para sacudirse guerras, crisis económicas, fracasos personales o riñas familiares. Un par de alas para volar por encima de los estacionamientos de la angustia.
Curioso que un siglo de horrores viera florecer esa pureza.
Se trata del fútbol, la religión de los modernos.

Los que amamos el deporte sabemos que esos tiempos dorados no están atrás, sino que transcurren en las orillas de los mega eventos deportivos, en las calles y las plazas. Esa semilla original prende igual en los colegios, los deportivos, las oficinas, y hasta en las cascaritas furtivas que representamos cuando estamos sol@s: driblando rivales imaginarios -algunos demonios imposibles, otros reales- nos volvemos protagonistas de nuestro destino.
Y es que en cuanto se ausenta la autoridad, somos nosotr@s mism@s.
***
Las cosas han cambiado. El fútbol pasó de ser un deporte practicado a volverse un deporte contemplado. El aficionado ideal no goza frente el paisaje de su cancha sino ante el resplandor de una pantalla. Su altar no es la portería contraria, sino un Home Theater. Nunca más será héroe o villano, porque se transforma en un simple espectador de las gestas que solo le pertenecen de forma indirecta.
Tripulando la barra brava, el plan es otro. Es la vuelta a la tribu, al orgasmo, al pánico. Volverse parte de un coro trágico, que dramatiza los designios de fuerzas agazapadas bajo la forma de errores humanos, que dan paso a catarsis de salvación o de condena.
El amor en la porra es amor para siempre y entrega incondicional. Es ritual del caos, aunque de falso caos, porque llama la atención sobre las emociones desbordadas para ocultar estructuras de poder perfectamente bien ordenadas, funcionales, que permanecen intactas.
Para las barras las cosas no van a mejor: en los grandes eventos deportivos o durante las finales, la entrada a los estadios se vuelve un privilegio que excluye a las mayorías. La lealtad de esas hinchadas que viajan a dedo a otras partes del país para cantarle a su equipo es correspondida con boletos que les costarían el equivalente al salario de toda su semana o hasta de la quincena. Vivir la pasión por un club tiende a ser un privilegio. Queda claro que los valores de las hinchadas no son compartidos por los dueños del balón.

La verdad común de nuestra desordenada época es que el enemigo de las pequeñas personas es el capital.
La pasión por el fútbol no solo es un negocio, sin que de hecho es uno muy rentable. Lo imperdonable es que directivas, patrocinadores, patronatos, televisoras y transnacionales se dedican a hacer mercadería con la ilusión.
Pensemos en el peor de los monstruos: la FIFA. Para ser sede mundialista, la Federación Internacional obliga al país organizador a la exención de cualquier impuesto. La FIFA le debería a Brasil cerca de 250 millones de dólares, una gran suma, aunque quizá sea poco en comparación con los 11 mil millones de dólares derrochados por ese gobierno para solventar los gastos de la copa. Un desembolso absurdo que bien pudiera destinarse al gasto público para salud, vivienda, educación o servicios básicos, considerando las condiciones de desigualdad que aquejan a Brasil, donde a pesar del crecimiento económico de años recientes, el 18% de la población vive en situación pobreza, cifra equivalente a 40 millones de personas.

Aunque en Brasil el fútbol es prácticamente una forma de vida y es un país cada vez más competitivo en otros deportes, convertirse en la sede del Mundial de Fútbol y de los Juegos Olímpicos ha sido rechazado por miles de personas en las calles. Desde la mirada de los opositores, se trata de mega eventos deportivos impuestos a partir de acuerdos entre grandes corporaciones, transnacionales y gobiernos locales.

La democracia es atropellada por esta clase de tratos discrecionales. Se modifican leyes -es emblemático el caso de la venta de cerveza en los estadios, que se había prohibido desde 2003 y que ahora es letra muerta por presiones de Budweiser- se transforma el espacio urbano -200 mil personas han sido desplazadas y no han recibido indemnización- además de que se violan derechos y libertades de los brasileños, para garantizar una pax romana aún a costo del bienestar de miles de ciudadan@s.
Mientras los reflectores iluminan el balón que rueda en el estadio, en una calle cualquiera un delantero anónimo patea por encima de la barrera de antimotines una bomba de gas lacrimógeno. El verdadero partido para ell@s es por la democratización popular de las decisiones, para decidir las políticas públicas que afectan la vida común.
***
Muchos amamos el fútbol, pero odiamos su reducción al espectáculo
. Nos oponemos a la pérdida de sus valores auténticos en pos del Show business. Deploramos esa mentalidad de negociante, siempre vigilando al mundo para exprimir cada experiencia humana con tal de obtener fajos de billetes. Seremos enemigos de quienes pretenden destornillar la magia de lo espontáneo para reproducir en serie la libertad en que hemos crecido y que nunca abandonaremos.

En el panorama futbolístico, no todo esta perdido. Subsisten equipos como el Iberia de Bolivia, formado por catalanes que han reivindicado la ideología republicana por encima de su posición en la división de ascenso. En España está el Rayo Vallecano y su orgullo trabajador: los grandilocuentes bukaneros. También hay casos como el del Virtus Vecomp Verona en Italia, o el St. Pauli alemán -club que se declara antifascista, antirracista y antimachista- del barrio obrero y portuario de Hamburgo, que al marcar un gol hace sonar “Song 2” de Blur y cuya filosofía deportiva establece que en el fútbol no hay que estar dispuesto a todo con tal de ganar.

Se puede decir que aún esos equipos son una trampa del capitalismo, que extiende su oferta y tolera ciertas ideologías mientras sean capitalizables, para no tener desperdicio ni por parte de las personas más críticas. Desde el análisis, esos equipos son una mejor opción, que sin embargo reproduce de fondo la acumulación de capital: St. Pauli vende miles de camisas y puede presumir de que sus partidos registran la mayor asistencia de mujeres en el mundo.
Considerar estos aspectos del balompié es muy importante, pero tampoco hay que olvidar que el fútbol es predominantemente pasión, lealtad y desbordamiento. Y que en última instancia, siempre vivirá en las calles.

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales

30 junio 2014.

http://www.redescristianas.net/2014/06/30/futbol-lo-mas-importante-de-lo-menos-importantecesar-alan-ruiz-galicia/#more-56631

 

 

 

 

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