Vida en abundancia, juego en disputa.
Por Daniel Kiper.
La carta del Papa León XIV —La Vida en Abundancia— no llegó para decorar vitrinas ni para tranquilizar conciencias. Llegó como llegan las palabras que pesan: para juzgar una época.
No habla solo de deporte. Habla del hombre cuando juega, del poder cuando se apropia del juego y de la comunidad cuando empieza a preguntarse —con una inquietud que roza el pudor— si todavía puede reconocerse en aquello que alguna vez fue suyo.

Su Santidad pone el eje donde el mundo contemporáneo se empeña en correrlo: en la persona. El deportista —dice, sin concesiones— no es un medio. No es mercancía, ni insumo, ni cifra. No puede ser usado para ganar, vender o exhibir poder. El rendimiento jamás justifica la cosificación, la explotación temprana ni el descarte. El cuerpo no es un envase intercambiable: es biografía vivida, memoria encarnada, dignidad. Cuando esa dignidad se degrada, el deporte deja de ser práctica humana y se convierte en producto. Y todo producto, tarde o temprano, termina en la basura.
Por eso la carta insiste —con una obstinación casi profética— en la comunidad por encima del mercado: “vida en abundancia” no es acumulación de triunfos; es plenitud que integra cuerpo, vínculos e interioridad. Por eso mismo exige liberar al deporte de las lógicas reduccionistas que lo rebajan a espectáculo o consumo.
El deporte puede ser una lengua franca entre quienes no comparten nada; un espacio donde la diferencia no se elimina, pero convive. O puede convertirse en un negocio excluyente, gobernado por la ansiedad del éxito inmediato, la rentabilidad y la presión constante. Allí donde debería haber formación aparece angustia; donde debería haber pertenencia aparece selección; donde debería haber fraternidad aparece abuso. No es un accidente: es un sistema.
León XIV escribe desde una tradición que no se improvisa. Juan XXIII vio en el deporte una escuela silenciosa de virtudes y celebró el encuentro de los pueblos en competiciones sanas y pacíficas, como una alegría pública que eleva en lugar de degradar.
Francisco, con palabras de este tiempo, fue todavía más claro —y más incómodo—: cuando el deporte se rinde al dinero y al resultado absoluto, empieza a producir descartes. Jóvenes usados antes de estar formados. Cuerpos exigidos hasta quebrarse. Comunidades reducidas a público.
La carta de León XIV recoge ese hilo y lo tensa hasta el límite: el deporte solo conserva sentido cuando la persona humana está en el centro y no subordinada al mercado ni capturada por la política.
Tal vez por eso la palabra deporte, tan universal, hoy suene vacía. Viajó casi intacta por las lenguas del mundo, pero perdió su alma en el trayecto. Nació del deport provenzal, de aquellos días de portu en los que los marineros del Mediterráneo, libres por un rato del trabajo y la intemperie, se entregaban al juego, a la risa, al cuerpo sin utilidad inmediata. El deporte fue, en su origen, inútil en el mejor sentido: pasatiempo, alivio, alegría compartida.
José María Cagigal lo pensó desde el humanismo: el deporte vale, justamente, por ser una actividad no instrumental, un paréntesis viviente frente a la obligación; una libertad corporal que no se mide por su productividad. Y Ortega y Gasset —en su tesis sobre el origen deportivo del Estado— vio en el impulso lúdico y agonístico una fuerza cultural creadora, capaz de preceder incluso a ciertas formas de organización política.
Esa idea primitiva —libre, humana— sobrevivió donde todavía no fue arrasada por la contabilidad del éxito. En el potrero. En la escuelita del barrio. En el club donde el saludo fraternal vale tanto como el resultado. Nadie pregunta cuánto rinde un chico ni cuánto vale su futuro. Se juega. Y en ese gesto mínimo se afirma una verdad que el mercado detesta: el juego —y por ende el club— es una forma de convivencia humana, sostenida por valores comunes y por un respeto elemental, no por contratos de descarte.
En la Grecia antigua, el deporte se elevó todavía más: no fue solo diversión; fue también búsqueda de excelencia individual. No para aplastar al otro, sino para superar las propias limitaciones; no para humillar, sino para mejorar. El cuerpo era pedagogía del espíritu.
En los Juegos Olímpicos antiguos, según Homero, la victoria pertenecía a los dioses; al hombre le correspondía competir con honor. Pierre de Coubertin lo resumió siglos después en una frase que hoy incomoda porque desnuda la trampa: “lo importante no es ganar, sino participar”. La vida —parece decir— no se justifica por el resultado, sino por la dignidad del esfuerzo.
La masificación del deporte, lejos de ser una degradación, fue una de sus mayores virtudes históricas. Democratizó la práctica, extendió la educación corporal, sacó el juego de los templos y lo llevó al pueblo. Incluso Esparta —más allá de su finalidad militar— prueba que la generalización de la actividad física tiene potencia formativa. El problema aparece cuando esa potencia se vacía de humanidad y se convierte en adiestramiento, o cuando el deporte se transforma en espectáculo para domesticar multitudes.
La verdadera degradación llegó con la Roma decadente. Allí el deporte fue vaciado de sentido y convertido en circo: violento, profesionalizado, corrupto. Pan y circo. El juego dejó de educar para entretener; dejó de formar para distraer. La política aprendió a usarlo; los mercaderes, a extraer beneficio. Nada de eso es nuevo. Lo obsceno es que hoy se lo presente como modernización.
León XIV no negocia las palabras: cuando el deporte se transforma en mercancía o en herramienta de poder, pierde su alma. Y cuando pierde su alma, pierde su función social: ya no forma personas; produce audiencias. Ya no crea comunidad; administra pasiones, fabrica antagonismos y anestesia conciencias.
Aquí el debate deja de ser deportivo y se vuelve brutalmente institucional. Porque si el deporte es un hecho social, el club es su forma política.
Y en ese punto la definición es innegociable: los clubes son de los socios y no deben estar al servicio de la política ni de intereses empresariales–económicos.
No es un lema romántico: es una frontera. El club nació como comunidad democrática antes que como estructura de resultados; fue escuela de ciudadanía antes que plataforma de negocios.
Cuando el club se entrega, algo se rompe. El socio se vuelve cliente. El jugador, activo financiero. El dirigente, gerente de urgencias. Y el deporte, que alguna vez fue juego, se convierte en un engranaje más de la maquinaria del espectáculo.
Francisco lo advirtió con la lucidez de quien conoce la condición humana: cuando el deporte deja de educar, comienza a deformar. León XIV lo reafirma con gravedad histórica: ningún triunfo compensa la pérdida de la dignidad humana.
Defender al club como espacio social es, entonces, una decisión política en el sentido más hondo: elegir que el deporte siga siendo escuela de abrazos fraternales aun cuando se compita, de esfuerzo con sentido y de pertenencia sin exclusiones.
Negarnos a que la pasión popular sea usada como mercancía, anestesia o cortina de humo no es un gesto: es un deber ético.
Tal vez todo se resuma en una escena mínima —que ninguna carta necesita explicar y que, sin embargo, las cartas vienen a proteger—. Un chico entra al club. Alguien lo saluda por su nombre y le alcanza una pelota gastada. Juega. A veces pierde, a veces gana. Vuelve a jugar.
Mientras ese saludo valga tanto como el resultado, el deporte todavía tendrá memoria. Y mientras los clubes sigan siendo de sus socios, todavía habrá esperanza de que el juego no sea devorado por el espectáculo ni la comunidad reducida a público.