Por Daniel Kiper.

Mi generación conoció el juego como se conocían antiguamente ciertas tentaciones: trasladándose hacia ellas y sorteando controles in situ para acreditar la mayoría de edad.
Los casinos eran salones interminables donde las alfombras parecían amortiguar no sólo los pasos sino también la conciencia. Las luces permanecían encendidas con una obstinación artificial que borraba lentamente la diferencia entre el día y la noche.
Los relojes, por supuesto, no existían. El juego detesta toda noción del tiempo porque el tiempo es una forma de límite, y los casinos fueron siempre fábricas discretas de eternidad momentánea.
Existía todavía la convicción —tal vez ingenua, aunque profundamente humana— de que ciertas experiencias debían esperar. La sociedad intentaba preservar a los adolescentes de algunos vértigos que sólo los adultos podían, quizá, administrar sin perderse completamente en ellos.
Hoy aquella escena parece lejana, casi perteneciente a un tiempo remoto.
El casino ya no necesita edificios, alfombras ni puertas giratorias.
Ahora reside dentro del teléfono celular de un adolescente de trece años. No exige traslado, espera ni control.
Basta un alias, una billetera virtual y la soledad silenciosa de una habitación iluminada por la pantalla azul de un teléfono.
Y acaso allí resida la verdadera tragedia contemporánea: el juego dejó de ser un lugar al que se iba para convertirse lentamente en una presencia permanente de bolsillo.
El informe “Apuestas Online y Adolescencia: construyendo entornos seguros”, elaborado por el Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina sobre más de once mil estudiantes secundarios de dieciséis provincias, revela que las apuestas online crecen del 6% entre adolescentes de 13 años al 24% entre jóvenes de 17 y 18, afectando especialmente a los varones. También muestra que seis de cada diez adolescentes se encuentran expuestos directa o indirectamente al fenómeno y que el 53% reconoce que apuesta motivado por la posibilidad de ganar dinero rápido.
Pero los números nunca alcanzan para describir completamente ciertas transformaciones culturales.
Porque el problema ya no consiste únicamente en adolescentes apostando dinero.
El problema es que una parte creciente de la adolescencia argentina comienza lentamente a mirar el mundo entero como si la vida fuese una sucesión interminable de apuestas, probabilidades y ganancias instantáneas.
Las investigaciones desarrolladas por CONICET y los trabajos de Juan Bautista Branz y Diego Murzi muestran que muchos jóvenes no apuestan solamente para ganar plata. También lo hacen para obtener reconocimiento social, prestigio grupal y validación masculina. En ciertos grupos adolescentes ya no alcanza con saber de fútbol. Ahora es necesario demostrar quién predice mejor el resultado incierto de las cosas.
Y entonces el fútbol —que durante generaciones había servido para aprender la amistad, el juego en equipo, la sana competencia y la belleza del juego— comienza lentamente a transformarse en otra cosa: un mercado emocional administrado por algoritmos invisibles.
Cada córner puede convertirse en dinero.
Cada tarjeta amarilla en una posibilidad financiera.
Cada gol en una oscilación instantánea del deseo.
Las plataformas conocen perfectamente el mecanismo psicológico que explotan.
No venden únicamente apuestas.
Venden esperanza comprimida en noventa minutos. Venden la ilusión de dominar el azar en un tiempo histórico donde casi nadie parece controlar verdaderamente su destino.
La guía “Zoom a las apuestas online”, elaborada por UNICEF Argentina junto a Bienestar Digital, advierte que las billeteras virtuales se convirtieron en una de las principales puertas de entrada al juego para adolescentes desde los trece años y alerta sobre los efectos psicológicos, familiares y sociales del fenómeno.
Mi generación entregaba billetes físicos sobre una mesa verdadera.
El dinero tenía peso, olor, textura. Desaparecía lentamente frente a los ojos y conservaba todavía cierta capacidad de producir dolor, que los casinos intentaron morigerar sustituyendo los billetes por fichas.
Los adolescentes actuales, en cambio, observan cómo los números se evaporan silenciosamente dentro de una aplicación. El dinero dejó de parecer real. Y cuando el dinero pierde realidad, también la pérdida comienza lentamente a perder significado.
No es casual que el 83% de los adolescentes que participan en apuestas utilicen billeteras virtuales.
Pero acaso el aspecto más inquietante no sea tecnológico sino social.
La Argentina atraviesa una crisis profunda de expectativas, exhibiendo niveles severos de pobreza y fragilidad social: UNICEF informó que durante el primer semestre de 2025 el 46,1% de niñas, niños y adolescentes vivía en condiciones de pobreza y el 10,2% en pobreza extrema.
En ese contexto, la promesa del dinero rápido no cae sobre una sociedad satisfecha, sino sobre una sociedad herida.
No llega a adolescentes que imaginan con claridad un futuro laboral estable, una vivienda posible, una vida previsible o una movilidad social asegurada. Llega, muchas veces, a jóvenes que observan adultos endeudados, empleos escasos, salarios insuficientes, familias agotadas y una economía cotidiana donde llegar a fin de mes parece una forma de heroísmo.
La apuesta online se vuelve entonces algo más que un juego.
Se vuelve una fantasía de reparación inmediata. Una salida imaginaria. Una pequeña rebelión contra la incertidumbre social.
Una promesa que el azar puede conceder en un minuto aquello que el trabajo, el estudio o el esfuerzo parecen no garantizar en años.
Vivimos en una época que glorifica el dinero rápido con una devoción casi religiosa. Las redes sociales están pobladas de adolescentes que observan diariamente influencers financieros, criptomonedas milagrosas, apuestas deportivas, promesas de rentabilidad instantánea y vidas artificialmente exitosas construidas alrededor de la fantasía de enriquecerse sin preparación, sin esfuerzo y sin espera.
La vieja ética del trabajo, del estudio y del crecimiento personal parece haberse vuelto demasiado lenta para una civilización obsesionada con la velocidad.
Y allí aparece una pregunta incómoda.
¿Cómo hablarles del valor del esfuerzo cuando tantas veces el esfuerzo no alcanza para conseguir empleo digno, vivienda, estabilidad o reconocimiento?
¿Cómo condenar únicamente al joven que apuesta sin interrogar antes la cultura que convirtió el riesgo en espectáculo, la ansiedad en negocio y el futuro en una mercancía inaccesible?
Ninguna política pública seria puede construirse sobre la mera condena moral.
Hace falta regulación estatal, control efectivo de plataformas, bloqueo real del acceso de menores, responsabilidad de clubes, medios, influencers y entidades deportivas, educación digital, acompañamiento familiar y prevención temprana en las escuelas.
Pero también hace falta algo más difícil: reconstruir una promesa social.
Una sociedad que no ofrece futuro deja a sus adolescentes demasiado cerca del azar. No sólo del azar, desde luego. También de otras formas de fuga, de desencanto y de intemperie. Pero hoy el azar tiene una puerta luminosa, una publicidad seductora, una camiseta de fútbol, una transferencia inmediata y un algoritmo dispuesto a esperar despierto toda la noche.
Por eso el desafío no consiste únicamente en impedir que los adolescentes apuesten.
Consiste en volver a ofrecerles algo por lo cual valga la pena esperar.
Un país no protege verdaderamente a sus jóvenes sólo cuando les bloquea una página ilegal. Los protege cuando les devuelve horizonte, pertenencia, educación, trabajo, clubes vivos, escuelas abiertas, familias acompañadas y una idea mínima, pero poderosa, de porvenir.
Frente al casino portátil, la respuesta no puede ser apenas el miedo.
Debe ser una comunidad adulta capaz de decirles a sus adolescentes que la vida no se juega en una apuesta, que el futuro no se compra en una cuota y que ninguna pantalla puede reemplazar la dignidad de construir un destino propio.
Las apuestas online no inventaron este mundo.
Simplemente encendieron las luces para que pudiéramos verlo mejor.
Ahora nos toca hacer algo más difícil que mirar: apagar el casino que llevamos en el bolsillo y volver a encender, entre todos, la posibilidad de un futuro.
Informes referenciados.
https://www.unicef.org/argentina/comunicados-prensa/guia-apuestas-online-UNICEF
https://www.unicef.org/argentina/media/26701/file/Novena%20ola%20nov2025.pdf.pdf