Justo Antonio Suárez fue el primer ídolo popular que dio el boxeo argentino, si se considera que fue el primero nacido en una barriada humilde. Su trayectoria fue tan fugaz como su vida, legendaria y estelar. Tuvo todos los ingredientes: la irrupción en un deporte hasta entonces reservado a las clases altas, Luis Ángel Firpo incluído. Gloria inmediata, carisma, amores contrariados, enfermedad de la época (tuberculosis). Murió a los 29 años y el suyo fue uno de los grandes funerales de la ciudad y del país todo, comparable al de Yrigoyen, o al de otras fugacidades amadas popularmente, como Gardel o Evita Perón.

Desde entonces ocupó un lugar en el olimpo de la memoria colectiva de los argentinos. Y es inspiración notable en el campo de la estética, donde artistas de diversos lenguajes han generado obra trascendente motivados por su figura.

Es justo como su nombre e inevitable empezar por la cita del cuento que le dedicó nada menos que Julio Cortázar (“Torito”). Un notable artista plástico argentino, Edmund Valladares, tiene una Serie Cortázar y El Torito en su colección personal, con pinturas y dibujos que vinculan a los dos personajes. Aunque probablemente su logro más importante sobre el tema sea el monumento de bronce (5 toneladas) que realizó en 1994 y se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes, con auspicio de la UNESCO, para el homenaje a ambos personajes. Valladares, que maneja varios lenguajes artísticos, hizo también un filme titulado “I love you… Torito”.

Hay, entre otros, un importante antecedente: el gran Carlos Pérez de la Riestra, Charlo, grabó el tango “Muñeco al suelo”, con letra de Venancio Clauso y música de Modesto Papayero, compuesto en su honor allá por los años 30. Entre las recuperaciones actuales de su mitología, merece citarse “La visita”, cuento de alta factura sobre la agonía del Torito, escrito por Horacio Convertini. En abril de 2008, además, en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires se le rindió un homenaje, por pedido del Foro de la Memoria de Mataderos.

A propósito de la barriada habrá que recordar que hoy el Club Atlético Nueva Chicago, la institución emblemática de Mataderos, utiliza un torito verdinegro como ícono de identidad…

En esta nota se reproducen algunos textos periodísticos que resultan pinceladas mayores en la evocación.

Valga agregar que el Torito aprendió a boxear con sus hermanos, que habían improvisado un ring en el fondo de la casa familiar, como si fuese un “potrero” del boxeo. A los 17 años se inscribió en el Torneo Ciudad de Buenos Aires, en la categoría mosca, clasificándose campeón de novicios. Era una época en que el boxeo convocaba multitudes en el Parque Romano, en el Luna Park o inclusive en las canchas de fútbol, y descubierta su capacidad, el jovencito de Mataderos se hizo profesional pronto, con sólo 19 años.

Debutó con triunfo por KO frente a Ramón Moya, el 29 abril de 1928, en el Parque Romano. Con su entrenador y formador Diego Franco y con Pepe Lectoure, uno de los dueños del Luna Park, como manager, Justo Suárez comenzaba su trepada a la cima deportiva. Le ganó a Bianchi, a Mallona, a los hermanos Marfut, a Venturi, Fernández, Rayo, Paluso y a algunos más, para convertirse en “El Torito de Mataderos”.

Su triunfo consagratorio fue por el título argentino de los livianos ante el también legendario Julio Mocoroa “El bulldog de La Plata”, (ambos invictos) y se realizó el 27 de marzo de 1930 en la vieja cancha de River (Tagle y avenida del Libertador), ante más de 50 mil almas.

Como Firpo antes, como Gatica y Bonavena mucho después, intentó la conquista internacional. Se fue a los Estados Unidos. Y allí le ganó a varios en 1930. Pero cuando regresó a Norteamérica al año siguiente para intentar la conquista del título mundial, no pudo pasar la prueba fatal de batir a Billy Petrolle. Este era un probador de aspirantes al título y en el Madison Square Garden de Nueva York, el 25 de junio de 1931, noqueó al Torito en el noveno round. La derrota marcó su decadencia. Dos meses después empató una nueva pelea en Nueva York (con Emil Rossi), se le detectó la tuberculosis, padeció el abandono de su esposa, a sólo un año de casados…

Lo que resta alterna triunfo y tragedia, pero esta última se impone por la vía rápida. En el 32 noquea en primer round a Carli Orlando, lo que convoca a una multitud a la siguiente pelea en el Luna Park. Su hinchada anhela verlo sano y de vuelta, pero Víctor Peralta le gana por nocaut el título argentino. La gente abuchea al triunfador, lo juzga un verdugo. Peralta sólo hizo lo suyo, los problemas de fondo son otros.

El Torito vuelve en el 35, pese a todo. Se presenta en el Parque Romano ante Juan Bautista Pathenay. La pelea, que no se pudo hacer en el Luna Park, porque Pepe Lectoure se negó a auspiciar a un Torito que no estaba en condiciones físicas, terminó sin decisión: en el décimo round la tuberculosis recordó que en esa época era imbatible y que de aquél Torito sólo quedaba un fantasma. Lloró la gente y lloró el mismo Pathenay ante la situación. Sólo restaba la internación de Justo en un hospital de Cosquín, donde murió el 10 de agosto de 1938.

JUSTO SUAREZ, EL FENÓMENO QUE SOBREVIVE

El boxeador que convocaba multitudes escribió las páginas grandes del deporte argentino.

POR HORACIO PAGANI (*)

Antes, en la prehistoria deportiva, se forjaban así los ídolos: de boca en boca, de emoción a emoción, de verdad a leyenda. Y no había dudas en la memoria popular. No hacía falta la evidencia de la televisión. Alcanzaba con el relato vertical y sincero, con el sentimiento compartido. Claro, se necesitaba pasta para llegar a la cima del reconocimiento, como siempre. O más que ahora, simplemente. Justo Suárez, el Torito de Mataderos, reunía todas las condiciones: infancia pobre, 24 hermanos, lustrador, vendedor de diarios, mucanguero (mucanga era la grasa liviana que bajaba por las canaletas de los mataderos), buena estampa, coraje ilimitado adentro del ring, simpatía afuera (si el afiche de su sonrisa se parecía a la de Gardel), fidelidad a su clase, amigo de los pibes, matrimonio joven con una telefonista, Pilar Bravo, Estados Unidos, ascenso social, voiture amarilla, ropa importada, caída estrepitosa, abandono de su mujer, miseria, tuberculosis y muerte a los 29 años. Por eso, cuando su cuerpo fue traído de Cosquín, y el cortejo fúnebre enfilaba hacia la Chacarita, una marea humana levantó el cajón y lo llevó en vilo hasta el Luna Park para ofrecerle el adiós agradecido en un velatorio de congoja memorable. Justo Suárez pasó como un relámpago por la vida. Llegó como un regalo de Reyes -la noche del 5 de enero de 1909- a una casa modesta, vecina a los corrales de Mataderos, donde sobraban hijos y faltaba el pan. A los 9 años ya trabajaba, a los 19 era boxeador profesional y a los 29 todo había terminado. Le alcanzaron 29 peleas para convertirse en el ídolo de los argentinos, allá en los años 30, cuando golpeaba la crisis de la depresión económica mundial, cuando la figura de Luis Ángel Firpo se esfumaba en la memoria, cuando el boxeo -casi una rebelión contra la pobreza- convocaba multitudes en el Parque Romano, en la vieja cancha de River, en el Luna. La comunicación fue inmediata. Su velocidad, la potencia de sus golpes, su generosidad, su valentía, le valieron un campeonato de novicios, dos de veteranos y dos coronas sudamericanas, como aficionado. Tenía un estilo sin estilo, lo definió el recordado Félix Daniel Frascara. Categoría liviano, 48 peleas, todas ganadas, 42 antes del límite. Ya era el Torito y marcó el hito: la irrupción de la orilla en el mundo del boxeo, hasta entonces exclusivo de niños bien. Cada pelea suya era una fiesta. Camiones desbordantes de admiradores llanos, ruidosos y espectaculares, con sus matracas, bocinas y bombas de estruendos lo acompañaban. Lo formó Diego Franco, pero fue Pepe Lectoure (el tío de Tito) quien llevó el timón de su carrera. Pasaron Moya, Bianchi, Mallona, los Marfut, Venturi Fernández, Rayo, y algunos otros, hasta que llegó el momento clave: el choque por el titulo argentino con Julio Mocoroa, otro legendario. Justo era la imagen del barrio, el peleador frontal, el ídolo popular. Mocoroa representaba a la clase media, al estudiante de odontología, al estilista, al campeón. Ganó Suárez por puntos y trepó a la gloria deportiva, al esplendor mundano. Ya había ganado una fortuna cuando viajó por primera vez a Estados Unidos. Y arrasó. Glick, Perlick, Flower, Ray Miller, Kid Kaplan. En el segundo viaje -en busca del titulo mundial- tropezó con Billy Petrolle, el temible probador de figuras. Y perdió estrepitosamente en nueve asaltos. Perdió su primera pelea y perdió el amor de Pilar Bravo. El fantasma de la tuberculosis ya lo había atrapado. Y el declive fue cruel y vertiginoso. Víctor Peralta le quitó el título y se ganó el odio popular. Quiso volver, doblado por su enfermedad y lloró Pathenay, su último vencedor, como lloró el estadio entero, frente a esa caricatura de boxeador que quería seguir peleando contra su propia sombra. Murió tres años después, el 10 de agosto de 1938, en un hospital de Cosquín, con la única compañía de su hermana, en la miseria total y con la sonrisa ojerosa. No importa si se lo vio o no sobre un ring. La memoria popular lo hizo ídolo. El primero del boxeo argentino. Y por eso la proyección no tiene límite en el tiempo.
(*) Publicado en “Clarín”, Buenos Aires, el 10 de agosto de 1998.

EL DERRUMBE DE JUSTO SUAREZ (*)

De aquellos tres hombres que ocuparon el rincón queda uno solo. De aquellos tres argentinos que llevaron la esperanza de un triunfo consagratorio queda uno solo. Justo Suárez, el ídolo, terminó su vida derrumbado en el anonimato de un pueblo cordobés. Igual que dos de 23 hermanos, fue consumido por una tuberculosis que se declaró antes de los 30 años.

Tampoco está más su manager, Pepe Lectoure…

Queda, en cambio, el hombre que lo entrenaba. El hombre que convivió con él en los momentos de triunfo y el acelerado final. Hoy don Enrique Sobral tiene 73 años. Y de un armario lleno de polvo y recuerdos ha sacado para brindarnos, el álbum con la vida de Justo Antonio Suárez. Hay que pasar muchas páginas para llegar hasta este capítulo, que en el álbum tiene la sentencia de un título con imagen de lápida: “Final de Justo”.

Don Enrique nos va a contar qué pasó aquella noche. Pero nos pide primero que lo escuchemos, porque necesita narrar todo lo anterior. “Cuando Suárez fue a pelear con Billy Petrolle ya no era más el Suárez que todo el país había idolatrado. Su ciclo fue muy breve: empezó en el 29 y terminó en el 32. En su vida hubo un episodio que lo cambió todo: su enamoramiento de Pilar Bravo, una mujer excelente. Justo fue tan celoso que lo suyo era una enfermedad. Cuando conoció a Pilar, empleada de la Telefónica, no le importó más nada. Me acuerdo, por ejemplo, que él siempre llegaba al gimnasio una hora antes de lo establecido. Después, cuando se puso de novio y mucho más cuando se casó, era remiso al entrenamiento y me animo a decir que no le importaba nada. Por supuesto que sus celos eran infundados: Pilar lo respetaba y hacía todo lo posible por comprenderlo. Pero Justo se agarraba de cosas absurdas para crear escenas que a nosotros nos hacían preocupar. Hago esta referencia íntima porque es la única causa de la decadencia de Suárez. No fue castigado, ni saturado, ni exigido nunca: se vino abajo por ese problema. Por eso le cuento. Y mucho más porque en aquella pelea contra Billy Petrolle este problema personal se agudizó más que nunca.

“Ya en el viaje de ida Suárez había discutido con su mujer en el vapor North Prince. Ella llevaba una cadenita con la foto de sus padres colgada en el cuello y él se la arrancó porque no admitía que llevara cosas que no fueran de él. Lo mismo pasó una vez con un vestido: Justo no permitía que su esposa usara ropa que él no le hubiera regalado. Yo opino que después de la pelea con Mocoroa (que ganó Suárez por puntos) su standard bajó en un 50 por ciento. Íbamos a Nueva York por segunda vez, más que nada porque había un contrato para pelear con Petrolle y teníamos que cumplirlo. En el primer viaje, Justo ganó sus cinco peleas: a J. H. Perlick por puntos; a Bruce Flowers por nocaut en el 6º; a Ray Miller por puntos, y a Kid Kaplan por puntos también.

“Como se dan cuenta, había dejado una gran impresión y Lectoure hizo todo lo posible para que le dieran la pelea por el título mundial. Pero para eso había que ganarle a este Petrolle, una especie de “probador” de todos quienes aspiraban a la corona. Al Singer era el campeón y había dicho: “Si le gana a Billy le daré la chance”.  Por eso fuimos. Pero ya aquí habíamos notado que no andaba bien. Nos dimos cuenta cuando noqueó a Juan Carlos Casalá en Montevideo. Esa noche Casalá lo tiró en el tercer round y Suárez sacó una mano providencialmente. Con la que noqueó al “Brujo”.

“Conociendo su temperamento y sus reacciones, resolvimos separarnos en Nueva York: él alquiló un departamento para vivir con su esposa y con su suegra. Lectoure y yo alquilamos otro, muy cerca: en la 74 y Broadway. Pero faltando 20 días le sugerimos a Suárez concentrarnos. Después de muchas discusiones lo aceptó y por primera vez se separó de su mujer. Nosotros estábamos en el Orange Bur de Nueva Jersey, un campo donde también se entrenaba Billy Petrolle. Pensamos que esto sería una solución; pero fue al revés. Por las noches Justo se despertaba y llamaba a su esposa. Se sentaba en la cama y ya no dormía. Hacía mil llamados telefónicos al departamento de Nueva York y hasta le escribía cartas. En una palabra: vivía atormentado por la separación y su mente estaba más en su esposa que en la pelea. Yo le recordaba siempre a Lectoure que antes Suárez hablaba de la pelea, del rival y de cómo haría para vencerlo. Ahora, Justo sólo nos hablaba de su esposa, nada más que de su esposa, sin importarle nada Petrolle, Singer, ni el campeonato mundial”.

LA CAÍDA EN EL PRIMER ROUND

“Subimos al cuadrado después que Petrolle. El referee lo llamó al centro del ring para dar las instrucciones. Suárez sabía que cuando la campana tocaba no había más saludos. Sin embargo, esa noche lo olvidó y cuando fue a saludar a Petrolle este lo recibió con una izquierda en la punta de la pera. ¡Quédate!, le gritaba yo al verlo borracho. ¡Quédate!, le volví a gritar, sabiendo que era mejor esperar los 9 segundos. Pero Justo, un boxeador excepcional como no hubo otro, se levantó y así, inconsciente y todo sacó un derechazo a la cabeza que hizo retroceder a Petrolle. Suárez tenía una gran virtud: rotaba la cintura y la mano salía acompañada. Eso había hecho. El ítalo-americano, al recibir el impacto, se frenó y comenzó a respetarlo. Estoy seguro que si Petrolle lo apuraba lo sacaba por nocaut en esa vuelta. Suárez estaba mal entrenado, no tenía piernas y después de recibir el primer golpe quedó completamente sentido. Cuando vino al rincón nos dijo: “Pega fuerte y no lo veo”. Era la primera vez que Justo nos decía una cosa así. Sin embargo, ¡mire lo que son las cosas!, borracho y todo como estaba, volvió a sacar su derecha en cross en el segundo round y Petrolle tambaleó. La gente lo aplaudió y comenzó a alentarlo. Petrolle era favorito 7 a 5 en las apuestas y a partir de ese momento mucha gente se dio vuelta. Hasta el quinto round, la pelea era pareja. Pareja porque el norteamericano se manejaba prudentemente. El veía que Suárez estaba cansado y sabía, además, que no estaba en buenas condiciones físicas. Es decir, especulaba con el cansancio para darle más ritmo desde el quinto round en adelante”.

EL CASTIGO A LA ZONA BAJA

“En el sexto la pelea cambió. Petrolle comenzó a pegarle abajo con ganchos cruzados y lo tuvo varias veces al borde del nocaut. En el noveno todo terminó. Petrolle lo llevó contra las sogas y lo castigó violentamente. Ya Justo no respondía y aunque sacó una mano en directo, ésta no tuvo ninguna fuerza. Billy metió una izquierda en gancho al hígado y una derecha corta a la cara. Justo cayó de espaldas y trató de reincorporarse lentamente, apoyando la rodilla derecha en el tapiz. Él se quería levantar, pero le volvimos a gritar que se quedara, que no valía la pena.

“Claro, Justo era muy guapo, muy valiente de verdad y no aceptaba una derrota tan categórica. Era la primera vez que perdía por nocaut y la primera vez, también, que bajaba derrotado de un ring.

“Después de aquel combate le aconsejamos que descansara, que se fuera a California con la esposa y la suegra. No quiso saber nada. Cuando volvió, hizo la pelea con Víctor Peralta por el título y perdió. Nuestra idea era que dejara de boxear. Pero Justo, que ya por ese entonces se había separado legalmente de su mujer, intentó seguir boxeando. La separación lo había afectado de tal manera que comenzó a hacer una cosa que antes nunca había hecho: tomar. No comía, no descansaba, no dormía: sólo tomaba. Cuando enfrentó a Pathenay en el Parque Romano, este se apiadó de tal manera que no quiso pegarle. La imagen de Suárez en el final inspiraba eso: piedad”.

Don Enrique Sobral ha evocado aquella derrota con Billy Petrolle. Su álbum de polvo se cierra. Queda dentro la sonrisa del “Torito de Mataderos”. Una sonrisa fresca, cordial. Una réplica a su final triste, dramático.

(*) “El Gráfico”, Edición Especial Nº 14.

Como muy bien lo sintetizó el periodista Osvaldo Principi: Justo fue el único deportista que murió de amor”.

Fuente: Libro “100 Ídolos Porteños” de Horacio del Prado y Víctor F. Lupo

Capítulo 13 – Página 46

Editorial Corregidor

5 enero de 2021

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