Por Santiago Garat y Facundo Paredes 

Ante un nuevo aniversario del Día de la Lealtad, El Eslabón recuerda a Elio Montaño, delantero que jugó en Newell’s y en Central y que se dio el gusto de pasar una Navidad con el General, durante su exilio en Panamá, y que a la vuelta la pasó mal.

“¡Perón, Perón!”, gritaba la popular de Huracán cuando el Loco Montaño la mandaba a la red. “Muerto, andá a chuparle las medias a Perón” o “Andá a cuidarle los perritos al General”, le escupían desde la platea, cuando el 9 había tenido una mala tarde. Esa grieta, tan parecida a las que se construyen y fogonean desde los grandes medios en la actualidad, tiene su origen en la lejana y caribeña ciudad de Colón, a unos 60 kilómetros de la capital panameña, y a mediados de la década del 50.

Navidad peronista

Elio Rubén Montaño, nacido en Casilda el 29 de agosto de 1929, inició su carrera como futbolista en Newell’s, club en el que debutó y se destacó en 1949, y luego fue transferido a Boca. Opacado por la figura de José Pepino Borello, emigró a Huracán un año antes del sangriento golpe militar que derrocó a Juan Domingo Perón. De familia justicialista –hay quienes aseguran incluso que su madre recibió una de las miles de máquinas de coser que Evita se encargó de distribuir a lo largo y ancho de la patria–, el delantero tuvo la suerte de ser parte de una gira del Globo por Panamá, lugar elegido por el depuesto presidente para exiliarse.

“Lo conocí en el 2000, yo estaba escribiendo un libro y hablé con él por eso”, rememora Víctor Lupo, dirigente histórico del deporte nacional, y agrega: “Él ya estaba viviendo en una pensión y paraba en un café frente al Congreso nacional, donde tenía unos amigos que se juntaban ahí. Lo conocí a través de un periodista amigo, José Luis Ponsico, y Montaño me contó su historia. En esos años, mediados de la década del 50, los campeonatos de AFA eran de marzo a noviembre, y en diciembre aprovechaban todos los equipos para ir de gira, a Centroamérica especialmente –sobre todo los equipos chicos que no podían ir a Europa– y ahí es cuando él se va a Panamá”. En ese país, famoso por la maravilla arquitectónica de su Canal y ahora por ser uno de los grandes paraísos fiscales, se encontraba Perón, que había pedido asilo político luego de ser derrocado en septiembre de aquel año por la Revolución Fusiladora. Montaño, que era muy peronista, se escapó de la concentración con la intención de conocer personalmente al General. “Se gastó toda la plata en eso, porque Perón estaba a varios kilómetros de la capital, en Colón, pero logró su cometido”, detalla el autor de Historia política del deporte argentino, en el que dedica un capítulo entero al protagonista de esta nota. “No sólo se conocieron, como era 23, el General lo invitó a pasar la Noche Buena. Así que, en vez de volver con la delegación, Montaño se quedó en Panamá a pasar las fiestas”, repasa Lupo, pero aclara: “Cuando se vuelve, con el pasaje que le pagó el propio Perón, apenas llega a Ezeiza es detenido y lo llevan a la Casa de Gobierno. Me contó que lo tuvieron sentado varias horas y que a cada rato lo interrogaban hasta que uno, cansado, le dice «bueno, pero qué te dio Perón para que traigas». Entonces él le amaga un abrazo y le dice «esto me dio, un abrazo». El tipo, que era de la Side, le pegó una trompada”.

Los caniches de Perón

Después de ese incidente, del que según él mismo contaba salió con vida de milagro, Montaño tuvo que gambetear la furia de los contreras de siempre. “Cuando se reincorpora a Huracán empieza con los problemas, porque todo el mundo sabía que él era peronista”, admite Víctor Lupo, y argumenta: “Cuando el Globo ganaba y él hacía goles, le cantaban la marcha peronista o vitoreaban al General. Pero cuando perdían y él andaba mal, lo mandaban a pasear los perritos de Perón”.

En 2016, siendo director de Deportes de la Ciudad de Buenos Aires, Lupo organizó el primer homenaje institucional del Estado a la tenista Mary Terán de Weissdondese le otorgó el “Premio Dignidad”a deportistas argentinos que habían sido perseguidos después del golpe del 55, y contó con la presencia de Montaño, entre muchos otros. Este premio fue un justo homenaje en conmemoración de la tenista rosarina que también padeció, con prohibiciones incluso de competir, el haberse declarado públicamente cercana a Perón y sobre todo a Evita. “Montaño estuvo presente y pudimos conversar y sacarnos una foto. Después me enteré que estaba enfermo, que se internó en un geriátrico y que casi nadie lo iba a ver. Quienes lo ayudaron hasta último momento fueron los Futbolistas Solidarios, la organización que encabeza ese gran jugador de Independiente, Juan Carlos La Garza Guzmán, y que ayudaba a aquellos que habían vestido la celeste y blanca de la selección”.

Lupo, que participó del armado de Red Deporte, “en la que juntamos a todas las organizaciones deportivas que apoyan al gobierno de Alberto Fernández”, y que preside el club San Juan Bosco, “que es el club del cura villero Pepe Di Paola”, concluye señalando que tras su conflictivo paso por Huracán, Montaño fue vendido a Peñarol de Montevideo. “Siempre recordaba que el principal diario uruguayo tituló en la tapa de aquel entonces «Peñarol trae a un delantero peronista», no importaba si era bueno o goleador, lo único que importaba era que era peronista”.

Luego de militar en el fútbol del paisito vecino, Montaño vistió la camiseta milrayitas de Los Andes, pasó por Rosario Central en 1962 y se retiró al año siguiente en Sporting de Lisboa, de Portugal, muy cerquita de la quinta 17 de Octubre, de Puerta de Hierro, donde se encontraba su admirado Perón.

Loco suelto

Al parecer, la vida y obra de Elio Montaño no culminaba con los cortos puestos o en su militancia peronista. También había lugar para algunas travesuras que le valieron uno de sus motes (el Loco. El otro era el Tuerto). Entre ellas, se destaca una burla de la que, se dice, fue pionero, y que muchos años más tarde popularizó el exquisito volante Fernando Redondo: el casildense arrancaba pasto de la cancha para ofrecérselo de alimento a los marcadores más brutos, que lo pateaban como caballos.

Para echar más luz sobre el manual de anécdotas, El Eslabón convocó al periodista rosarino Héctor Hugo Cardozo, que vio jugar a Montaño en su paso por Rosario Central, e incluso “tuve la oportunidad de conversar con él, porque era adicionista de una de las pizzerías que tenía el Pato Pastoriza, que se llamaba La Gata Alegría”.

El autor de Postales de Pichincha –libro en el que realiza una construcción deportiva y literaria afincada en ese barrio rosarino– recuerda que “en los años en que Montaño jugaba en Peñarol, fue al casino de Carrasco, en la capital uruguaya, y cuando llegó el momento de la última bola de la noche, se había quedado sin reservas, sin dinero. Esa mesa de ruleta estaba cubierta de fichas cuando el croupier hizo girar el cilindro y tiró la bola, y dijo «no va más». Ahí Montaño se arrojó sobre la mesa y desparramó todo. Se armó un verdadero escándalo. El casino tuvo que reconocer como que todos habían ganado porque no había forma de poder resolver esa situación. No sé sabe bien cómo salió Montaño de esa”.

Otra que se mandó Elio, también ocurrió vistiendo la aurinegra: “Fue en el tradicional clásico uruguayo ante Nacional –cuenta Cardozo– en el que el árbitro era el famoso Esteban Marino, y cada vez que agarraba la pelota Montaño no sólo jugaba sino que también relataba el partido. «Toma la pelota Montaño, la lleva por la derecha. Pisa, amaga, gambetea, sale… ¡ful, le hicieron ful, y el árbitro no cobra!». Lo repitió así tres o cuatro veces, hasta que Marino le pidió por favor que se calle la boca, que le complicaba el trabajo”. Pero la cosa no quedó ahí: “A la siguiente jugada –sigue entre risas el ex cronista de Clarín y El Gráfico– agarró la pelota y de nuevo «se va por la derecha, gambetea uno, gambetea dos, se va hacia el arco y ¡ful, ful, increíble que el árbitro no cobra!». Marino, harto, paró el partido y le dijo que se vaya”.

Fuente: El Eslabón

18 octubre de 2020