El rugby en el centro de la escena. ¿Por qué su conducción quedó tan alejada del pueblo? Un enfoque que nos permite comprender el conservadurismo de elites que no quieren que el pueblo se quede con su deporte.

Por Carlos Aira (*)

El Rugby. Histórico deporte relacionado con las clases pudientes transformado en un espectáculo masivo cada vez que juegan Los Pumas. Pero hoy el Seleccionado Argentino de rugby está en el centro de la escena por cuestiones extradeportivas. El no-homenaje a Diego Maradona disparó la profunda antipatía de un sector importante de la sociedad hacia el deporte y sus protagonistas. Declaraciones erráticas del entrenador Mario Ledesma y Marcelo Rodríguez, presidente de la UAR, alimentaron la antipatía. Pero la situación se tornó irreversible cuando se conocieron viejos tweets del capitán Pablo Matera y los jugadores Guido Petti y Santiago Socino. El supuesto carácter racista y clasista del rugby disparó la gran polémica. Una polémica con la antipatía popular a flor de piel. Sobre todo en un año que comenzó con el impactante asesinato de un joven donde los principales sospechosos son miembros de un equipo de rugby.

En primer lugar, tal vez debiéramos apuntar a algo más profundo que llamar chetos racistas a los rugbiers; como por ejemplo, señalar quienes han conducido el deporte desde hace más de un siglo. Si lo hacemos, nos encontraremos con algo muy profundo y solapado que nos permitirá comprender que estamos transitando.

El rugby, al igual que el fútbol, fueron deportes surgidos en las universidades británicas a mediados del siglo XIX. Sus primeros practicantes fueron jóvenes de elites. Cuando los sports fueron llegando en cuentagotas a las clases trabajadoras, las mismas se apropiaron de ellos. ¿Por qué? Sencillo: lo practicaban mejor que sus antecesores patricios. Fue así, que a partir de 1880, en el Reino Unido nació el profesionalismo en el fútbol. Las clases dominantes salieron del campo de juego, compraron los clubes, e hicieron grandes negocios con el juego que se apropió el pueblo, que aportó su talento y el interés en las tribunas.

Pero en el Río de la Plata la historia fue otra. El capital británico trajo sus deportes que eran practicados por sus élites. ¿Cómo se desparramó el fútbol por toda la geografía nacional? Un fragmento de Héroes en Tiempos Infames (Historias del fútbol argentino 1930-1940), para comprender que existe una historia oficial y otra que merece ser contada:

“El juego fue introducido por socios del selecto Buenos Aires Cricket Club. Año 1867. Quince años después arribó a nuestro país el educador Alexander Watson Hutton quién fundó, en 1884, el English High School, colegio de las élites británicas porteñas. Watson Hutton promovió el fútbol entre su alumnado y los clubes de la comunidad inglesa. En 1891 organizó el primer campeonato oficial y el 21 de febrero de 1893 fundó la Argentine Association Football League, primera expresión de la actual Asociación del Fútbol Argentino. En 1898, Hutton vio nacer al Club Atlético English High School, renombrado Alumni Athletic en 1901. Entre sus viejos alumnos estuvieron los míticos hermanos Brown. En la primera década del siglo 20, los rojiblancos mantuvieron una clara supremacía en un fútbol oficial qué, muy de a poco, daba paso a clubes y futbolistas criollos. Como ejemplo, recién en 1906 se aprobó el uso del castellano dentro del salón de la AAFL”

“Hasta allí la historia oficial. Pero hubo un magma vital que bifurcó la historia a fines del siglo 19. Millones de inmigrantes empobrecidos llegaron a nuestro país. No sólo españoles o italianos. El capital británico trajo sus hijos pobres para ganarse la vida en ferrocarriles y frigoríficos. A pesar de su procedencia no tenían acceso al selecto BACC o los claustros del EHS. Fueron ellos quienes desparramaron el germen del fútbol a miles de morochos criollos y a los hijos de la inmigración. El big bang del fútbol argentino. Surgieron cientos de clubes-equipo que muy lejos estaban de la órbita del Alumni y Watson Hutton. En los arenosos potreros de La Boca, Retiro o Berisso nació la gambeta. La pícara herramienta de los morochos de alpargatas para sortear a los fuertes marineros de los buques británicos que venía a llevarse nuestras carnes. Con el centenario, el fútbol ya no era un juego de elites. Esa popularidad jamás pudo existir si el fútbol no se hubiera extendido más allá de un puñado de alumnos de un selecto colegio inglés de Belgrano R y una liga con escaso y selecto público”

Cuando la pasión por el juego emergió con fuerza desde el subsuelo de la patria y los ingleses no pudieron derrotar a los criollos, éstos dejaron el fútbol. Antes de irse se adueñaron de la paternidad del juego y, hábilmente, se refugiaron en otros deportes como el tenis, hockey y el rugby. Conocida la lección, obturaron todos los caminos para que el pueblo no contaminara sus juegos fetiche.

Allí está la clave. Con moral victoriana han trabajado sobre el rugby desde hace más de cien años. Detrás de los valores tradicionales están los hijos de la pérfida Albión. Los clubes tradicionales (CASI-SIC-CUBA-ALUMNI) le han puesto dique de contención al pueblo con la idea del juego con valores. La punta del ovillo que el pueblo conoce pero sociólogos y antropólogos no encuentran por su escaso apego a la mirada popular.

En más de cien años, el rugby ha intentado romper el cerco de la moral británica. En provincias como Tucumán o Santiago del Estero su práctica es tan popular como el fútbol. Existen clubes con raigambre popular en toda la geografía nacional. Pero la conducción está atravesada por la tradición. Una conducción que borró apenas pudo la brillante experiencia del rugby durante el peronismo. Tan así que la actividad formó parte de los juegos juveniles e infantiles Evita de 1954 y 1955.

El desafío del rugby será llevar adelante un profundo debate interno para acercarse, definitivamente, a un pueblo que quiere dejar de mirarlos como hijos putativos del Reino Unido.

(*) Periodista. Conductor de Abrí la Cancha. Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.

Fuente: Radio Gráfica

5 Diciembre 2020.