Periodismo deportivo para clientes, periodismo para consumidores

Jun 17, 2022 | Información General

Por Mario Giannotti

Esta crónica, a horas nada más de la celebración del día del periodista en la Argentina, desea ser una auspiciosa invitación al debate, a la reflexión, una piedrita en la ventana, un disparador de ideas, una pequeña batalla intelectual contra quienes son parte de un gran negocio que está matando la profesión.

 “Toda una fauna de negocios gira alrededor del balón”.

Ignacio Ramonet

En la actualidad los medios masivos de comunicación vinculados a la información deportiva, especialmente aquellos cercanos al fútbol, procuran que sus “clientes” no reflexionen ni comprendan los fundamentos del juego, su único interés es que los mismos compren el producto terminado: televisación de partidos, camisetas, banderas, bufandas y gorros incluidos.

Rescato una reflexión de Ángel Cappa, entrenador bahiense licenciado en Filosofía y Psicopedagogía, sobre la infantilización de las audiencias y de los lectores con el fin de manipular los sentimientos y generar una horda de compradores compulsivos.

“Se trata de vender, y para eso lo mejor es evitar el análisis del juego, que requiere una mentalidad adulta y serena, y centrarse en lo que sucede alrededor. En rigor, alrededor del juego no sucede casi nada, pero es tarea del periodismo crear una realidad virtual, imaginaria, llena de mitos y fantasías que estimulen el apetito consumidor del público. La transformación del aficionado en consumidor es similar a la que convierte al ciudadano en cliente, previa despolitización”.

La propagación de un discurso trivial e idiotizante en la mayoría de los programas deportivos tienen una lógica y una matriz capitalista donde ya poco o nada importa lo que pasa en verdad dentro de una cancha.  Los conductores ensayan y dirigen una puesta en escena casi ridícula y los panelistas, cuales bufones o payasos mediáticos de ocasión, apelan a la brutalidad extrema y a puro grito van de una punta a la otra, entre el éxito rutilante y el fracaso más calamitoso.

Los productores periodísticos también han descubierto que el odio, el enojo y el fastidio del simpatizante son materia rentable. En consecuencia,  endiosar a un juvenil con apenas algunos minutos en primera división, comparándolo con el mismísimo Lio Messi, o destrozar la carrera de un futbolista experimentado que ostenta una conducta intachable, es sinónimo de mayor rating.  Cuanto más truculenta y amarilla es la propuesta más te miran, más te escuchan, más te leen, más se vende.

El periodista deportivo español Santiago Segurola escribió en una de sus crónicas para el diario El País que le preocupaba  la definición que hacen algunos de sus colegas sobre la profesión. “Ellos dicen que hacen entretenimiento, espectáculo. ¿Eso que tiene que ver con el periodismo? Me preocupa que ese espectáculo banal es el que esté triunfando, nos encaminamos hacia un Hollywood en pequeño que no presume de hacer periodismo, sino espectáculo, y eso es preocupante”.

Los programas más reconocidos, muchos de ellos instalados en los medios más importantes, con una extensa carpeta de avisadores, casi todos con un altísimo número de seguidores, ensamblan una tragicómica parodia periodística donde apenas entretienen a sus espectadores. En muchos casos, cada uno de los pasos de comedia, parecen haber sido escritos por un mediocre standapero de feria.

Ellos, lamentablemente, han ganado, por ahora, la batalla cultural.  Ellos, los triunfadores, nos enrostraran sus abultadas cuentas bancarias, su fama, sus autos, sus casas, sus viajes, y los premios que el mismo sistema les otorga para validar la continuidad de una maquinaria comunicacional atroz.

Hace algunos años entrevisté al querible y admirado Norberto Ruso Verea, un periodista que no transó con esta cuestionable modernidad  donde todo tiene un precio, donde todo se compra y todo se vende. En aquella charla, escupido como carozo de los virtuosos círculos de los ganadores por su manera de pensar y actuar, refutó los argumentos de los que nos miran de reojo y trepados al púlpito justifican la brillantez de un  éxito tan efímero como inconsistente.

“Yo en muchos casos digo que no, me rebelo. Mirá  a veces es difícil hacerse cargo de que uno no sabe todo y desde lo periodístico si te va bien, manejás un Mercedes Benz, tenés una casa de 40 mil ambientes, sos reconocido, seguís estando años y años y años y años en los medios; bueno mucha gente debe consumir  por algo me pasa a mí esto, por algo me pagan. Es mucho más fácil consumirlo desde lo sé todo, que desde que arrastrado soy, que obsecuente soy, que sometido soy”.

Más allá en el tiempo reivindico la figura de Dante Panzeri, un trabajador de prensa, un periodista especializado en deportes que solía decir que “el periodismo más que cuarto poder es el primer poder. No hay quien lo juzgue. Y si alguien intenta hacerlo puede incurrir en un delito mucho más severo que el desacato. Es la casta más intocable entre todas las castas que la prensa propugna eliminar. Y dentro de esa casta, brilla con luz propia la del periodismo deportivo”.

Panzeri acaso haya sido uno de los buenos ejemplos, un quijote, un imprescindible, uno de esos a quienes no les gustaba aparecer en las portadas de los grandes diarios, ni ser fotografiados sonrientes y bien vestidos en las páginas de las coquetas revistas del corazón, que no asisten a los agasajos pagos ni son reporteados por los adulones del poder. Panzeri, como tantos otros, había elegido transitar una vereda distante de los oropeles  y de los fingidos reconocimientos, había optado desandar el camino de la verdad, que sin lugar a dudas es el más penoso, el más largo, el más hostil,  pero el más seguro.

Escribo estas líneas para solidarizarme con los periodistas deportivos que a pesar de todo y ante todo, continúan dando batalla, que siguen haciendo periodismo, que no claudican ante las tentaciones que exhibe    la lastimosa mediocridad que proponen los mal llamados exitosos. Esos carilindos, bufones y payasos mediáticos de ocasión, que no tienen reparo alguno a la ahora de meter la mano en la mismísima mierda para ganar un punto más de rating.

Víctor Hugo Morales esgrime desde su ejemplo que “ser periodista es menos que nada si nuestra tarea no sirve para elevar el nivel cultural de las personas, que ser periodista es menos que nada si la profesión no despierta constantes desafíos intelectuales”.    

Indudablemente, cierto es que una fauna de negocios gira alrededor del balón que gira. Vuelvo al brillante intelecto de Ángel Cappa y extraigo un párrafo de su libro “También nos roban el fútbol” para desentrañar y cuestionar el paradigma futbolero y periodístico de estos tiempos.

“La ideología dominante nos divide en ganadores y perdedores. En esta carrera, desigual por donde se la mire, los ganadores pertenecen al 1 % que se apropia del esfuerzo de los demás. El 99 % restante integra el equipo de los que pierden, jueguen como jueguen. A ese atropello los que mandan lo llaman normalidad. Es normal, por tanto, que los medios vendan el producto fútbol a través de sus ganadores, que sirven como ejemplo y, especialmente como cebo”.

Para el cierre de esta columna, relegando el debate éxito- fracaso para más adelante, les dejo una joyita literaria del colosal Osvaldo Ardizzone,  un periodista, un poeta, un escritor, que probablemente no hubiera calificado para ocupar un lugar en la ominosa lista de los triunfadores. Un hombre común que describió como pocos la vida de los hombres y las mujeres comunes, una pluma prodigiosa que jamás renunció en su prédica y en su lucha por las causas populares.

A solas con uno mismo (Osvaldo Ardizzone)

Cuando hayas perdido la sinceridad. Cuando te vuelvas convencional y claudiques hasta de tus más queridas convicciones…

Cuando te elabores los argumentos para justificar tus miserias y, además las justifiques…

Cuando sacrifiques la amistad por el poder.

Cuando festejes el humor de los mediocres como la pobre copera lo hace con sus clientes…

Cuando te acostumbres a juzgar a los demás por la calidad de la ropa que visten…

Cuando mires con concupiscencia la mujer del amigo que te brinda la mesa, el techo y hasta el lecho…

Cuando juzgues despreciativamente a un borracho.

Cuando te erijas en juez inflexible de una prostituta.

Cuando te sientas respetuoso de la ley nada más porque pagas tus impuestos al día…

Cuando te inclines por lo que te conviene y no por lo que realmente sientas.

Cuando después de tres días consecutivos adviertas que ni una sola vez levantaste los ojos al cielo.

Cuando digas con la voz impostada del aforista que deben existir los pobres y los ricos, los triunfadores y los fracasados, los dirigentes y los dirigidos. Y agregues con la misma impostada presuntuosidad que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen…

Cuando te refieras a la gente y no te sientas incluido en ella.

Cuando pronuncies por primera vez la palabra negro con asco.

Cuando te sientas ufano y orgulloso de ser blanco.

Cuando llegues a gerente y además te sientas gerente.

Cuando a fuerzas de proclamar tus desprejuicios desemboques sin escrúpulos en el crimen.

Cuando dejes tus tarjetas en los velatorios para que nadie dude de tu puntualidad…

Cuando entones canciones de protesta porque está de gran moda cantarlas.

Cuando tus más queridos sueños literarios, cuando la fresca espontaneidad de tu primer soneto desemboquen en la prosa gris y árida de un memorándum ejecutivo.

Cuando asistas sin inmutarte a un desalojo.

Cuando proclames ante tus hijos tu brillante carrera de triunfador…

Cuando dejes de concurrir a los parques.

Cuando dejes de mirarle los ojos a las muchachas.

Cuando ya no te quede la posibilidad de un asombro ni un resto de candor, ni una lágrima para una pena ni el estremecimiento para un abrazo de hermano, ni el valor para jugarte en un gesto…

Cuando pierdas la facultad de arrepentirte.

Cuando seas incapaz de perdonar.

Cuando te sientas vacío para querer.

Cuando maquines por primera vez…

Entonces, ¿de qué te servirá el poder, de qué el dinero, de qué los amoríos fáciles, de qué las frases huecas, de qué tu vida?

Porque, entonces, con solo mirarte ante el espejo comprobarás que te has transformado en lo que se dice, comúnmente… ¡una mierda!

Ardizzone, en definitiva,  es otro buen ejemplo para rebatir los patéticos argumentos de los mediocres sin talento, con suerte, con guita, con fama, con millones de seguidores, con autos y casas caras, chamuyetas, acomodaticios, serviles, alcahuetes del patrón, cómplices y parte del negocio que está matando al fútbol y al periodismo también.

Fuente: Lo que Pasa Net

11 junio de 2022

https://loquepasa.net/2022/06/11/periodismo-deportivo-para-clientes-periodismo-para-consumidores/

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