El entusiasmo del ramillete de jóvenes que habitan un aula; el esfuerzo de un grupo de intrépidos que armaron una FM en tal rincón del país; cada movilero que se empapa, transpira y se juega todo por llegar; quienes la reman día tras día buscando el mejor título, consultando fuentes, investigando a fondo y procurando romper barreras: Tantísimos que no venden su alma al mejor postor aunque lleguen (si llegan) ahorcados a fin de mes. El periodismo está vivo en la Argentina, a pesar de la podredumbre de estos tiempos.

Sí, una mirada positiva para este día del periodista en contexto de pandemia de coronavirus con las consecuencias de una catarata de situaciones que se profundizaron durante los 4 años de macrismo y que hoy mantienen en vilo a numerosos habitantes del periodismo argentino.

Dos aspectos: La precarización laboral producto de cierres y achicamientos de empresas y abusos por doquier, más la mutación de periodistas profesionales a operadores políticos y marionetas del poder.

La precarización es emergente de la adaptación empresarial a las crisis económicas. Precarización empujada por fuerza mayor y la otra, la dominante, la que ha venido destacándose en el país, la brutal, la predilecta de los inescrupulosos de la derecha rancia.

Despidos, condicionamientos, prepotencia, salarios miserables, personas descartables resultan dolorosas fotos de un período de oscuridad que dejó a miles de periodistas fuera del mapa.

Por otro lado, las miserables expresiones de personajes insensibles que eligieron ser instrumentos, mentir cuando resultare necesario a los intereses de sus circunstanciales jefes, a cambio sostener una visibilidad egocéntrica y no pasar sobresaltos económicos. Patética franja de actualidad permeable a vivillos.

Las rutinas periodísticas fueron cambiando vertiginosamente al paso de los años. Sólo tomando como referencia el regreso a la democracia en el país, 1983, podríamos estar hablando de una prehistoria con máquinas mecánicas, sin celulares ni internet y horarios convencionales a este presente galáctico de inmediatez brutal y tecnología que se va superando  a cada instante.

Desde esa muesca histórica al presente conviven periodistas de diferentes generaciones, formaciones, vivencias, inquietudes y expectativas; natural. En cualquier caso, hay un común denominador: Un fuego interior.  Lograr que ese fuego no se extinga constituye una tarea compleja e incluso un desafío.

La pandemia de coronavirus cambió las reglas de juego y permite visualizar un futuro regreso a una normalidad que no será la normalidad que conocimos. Distancias diferentes, costumbres retocadas, metodologías laborales en discusión. El periodismo ya tiene abierto un debate para el que hace falta, sin dudas, un marco de grandeza.

Fuente: DELGADOMORALESBLOG

7 junio de 2020