En la ciudad de Buenos Aires existen doce piletas públicas, una idea que surgió con mucha fuerza durante el peronismo. Una de sus funciones: frenar el problema de la expansión desmesurada de las metrópolis que genera problemas ambientales, sociales y financieros.

Por Fernando Bercovich

Las altas temperaturas de enero generan la necesidad de refrescarse para evitar un golpe de calor y si es en una pileta, mucho mejor. A las doce piletas públicas que promociona hoy el gobierno de la Ciudad, con un costo de 70 pesos para adultos y 40 pesos para menores de 13 años y jubilados, hasta hace no tantos años se le sumaban varias más y hasta la década del 70-cuando empezó la idea de avanzar sobre el río, cuyo desenlace fue Puerto Madero- existía un balneario en la Costanera Sur al que acudían miles de personas.

Hace algunos meses que el gobierno porteño se propone remodelar la Costanera Norte de la ciudad. En el proyecto original el estudio ganador del concurso para remodelar un área importante de la misma había propuesto instalar piletas a la vera del río, pero finalmente el ejecutivo porteño no aprobó esa parte del anteproyecto y la idea fue descartada. Las colonias de verano son otra de las formas –en este caso gratuitas- en que los más chicos puedan disfrutar de una la pileta. Según datos oficiales, esas colonias funcionan sólo durante enero y en 23 sedes. En 2007, sin embargo, las colonias estaban distribuidas en 36 sedes mediante convenios con clubes y predios del gobierno nacional.

La inclusión de piletas públicas en la Costanera Norte no es una idea nueva. En el artículo «El espejo y la memoria: un siglo de proyectos para la costanera de Buenos Aires», la urbanista Alicia Novick, cuenta que allí «en 1947 (…), conjuntamente con el Aeroparque y el Hidropuerto se inauguró un complejo recreativo-funcional que agrupaba tres piletas (dos externas y una interna), (…). La obra de ingeniería, según las palabras inaugurales del General Pistarini se situaba en el sendero abierto por el balneario municipal del sur, pues el destino de ambos era responder a las ‘necesidades vitales de los humildes'». En ese momento, por ejemplo, todavía funcionaban piletas públicas en lugares que ahora pueden parecerte algo insólitos como en la Plaza Canadá, en pleno Retiro.

Las piletas cercanas a Costanera Norte dejaron de ser públicas ya que una serie de concesiones pusieron en manos privadas -y sindicales, en el caso de la largamente discutida venta de Parque Norte– los terrenos públicos que hoy conocemos como Costa Salguero y Punta Carrasco, dos de los predios que una vez finalizada la concesión por 30 años en 2021, el gobierno porteño busca vender definitivamente.

Pero vamos para atrás de nuevo. La idea de democratizar el uso de la pileta surgió con mucha fuerza durante los primeros dos gobiernos de Perón (1946-1955). De hecho, una de las piletas que está en funcionamiento en la actualidad en la ciudad de Buenos Aires fue construida dentro del barrio Los Perales, de los conjuntos habitacionales más importantes desarrollado por el Estado durante el primer peronismo. Y fue el lugar donde se ancló uno de los principales mitos antiperonistas: cuando en 1949 se inauguró el barrio, algunos opositores a la idea de entregar viviendas nuevas a familias de bajos ingresos sostenían, como forma de desprestigiar la política habitacional, que los beneficiarios levantaban el parqué de sus departamentos para prender el fuego del asado.

El barrio, renombrado Manuel Dorrego luego del golpe de Estado de 1955, cuenta con varios edificios de dos pisos que en total contienen más de 1000 departamentos y el proyecto incluyó, junto a las canchas de tenis y fútbol, una pileta de dimensiones olímpicas. Esa infraestructura hoy funciona como el Polideportivo Manuel Dorrego.

En Ezeiza se dio otra de las grandes intervenciones urbanísticas del peronismo y también incluyó piletas públicas. En «La operación territorial Ezeiza», la arquitecta Anahí Ballent describe minuciosamente cómo el aeropuerto internacional, los conjuntos habitacionales como Ciudad Evita y los espacios de esparcimiento formaban parte de un mismo sistema, pensado por el ministro de Obras Públicas de aquel entonces, Juan Pistarini. En total, toda intervención incluyó seis piletas públicas: tres sobre el río Matanza y otras tres sobre la autopista.

Más acá en el tiempo, los complejos habitacionales en la provincia de Jujuy de la agrupación Túpac Amaru, conducida por Milagro Sala, también incluyeron 18 piletas públicas y hasta un parque acuático. La propia dirigente de la organización barrial alentó la construcción de piletas a menudo cuenta con disgusto que cuando era chica no la dejaban pasar a las piletas públicas que había en Jujuy debido a su aspecto físico. Desde que Sala está detenida, en «El Cantri», como la agrupación llamó a uno de los barrios más emblemáticos, las piletas cayeron en desgracia por falta de mantenimiento y casos de vandalismo.

Las piletas de Baruch

Cuando vivía en el norte de Harlem, una de las zonas de menores ingresos de la ciudad de Nueva York, me sorprendió que en un parque a dos cuadras de mi casa, llamado Jackie Robinson en honor al primer jugador negro en jugar en las ligas mayores de béisbol, tenía en el centro una pileta de 70 metros de largo por 20 de ancho que durante el verano se llenaba de familias.

Pensé que esa pileta era una excepción, como en Buenos Aires lo es la que está en medio del Parque Chacabuco, pero según la información oficial del área de Parques de Nueva York hay 53 piletas públicas descubiertas. Son gratuitas y abren entre mayo y septiembre, los meses de calor en el hemisferio norte. Además, el Estado local ofrece otras 12 piletas cubiertas y con programas para aprender a nadar, también sin costo. Otra de sus ventajas es que están distribuidas de manera homogénea de manera tal que es muy probable que, independientemente de donde vivas, estés a unos pocos minutos en subte de la pileta más cercana.

La historia de estos espacios en la Gran Manzana es bastante interesante y se remonta hasta finales del siglo XIX, cuando el médico Simon Baruch propuso construir baños públicos como parte de una política sanitaria, ya que había llegado a la conclusión de que muchos de sus pacientes exhibían enfermedades infecciosas por falta de acceso a agua limpia, y baja exposición al aire libre y a la luz solar.

Mientras Baruch atendía pacientes en Hell’s Kitchen, una de las zonas más pobres de la Nueva York de entonces, publicó libros como Los usos del agua en la medicina moderna y Principios y prácticas de la hidroterapia, pero su gran satisfacción llegó cuando logró convencer a los legisladores del Estado de Nueva York de que aprobaran una ley que obligaba a toda ciudad de más de 50 mil habitantes a ofrecer de manera gratuita un baño público. En 1897 se inauguró el primer baño público en la ciudad de Nueva York, una especie de prototipo para los que se inaugurarían en los años siguientes. Salía 5 centavos de dólar, precio que incluía jabón y una toalla.

Para 1911 ya había decenas de baños públicos en la ciudad, que en verano eran usados como lugar para refrescarse. A raíz de esa demanda estival a varios de esos baños se le comenzaron a anexar piletas cubiertas y también descubiertas. Paralelamente también era común avistar sobre el Río Hudson lo que se conocía como «bañaderas flotantes», una especie de plataforma de 30 metros de largo por 20 de ancho donde los neoyorquinos podían ir a zambullirse un rato.

Sin embargo, a partir de la década de 1920 esta modalidad empezó a desaparecer por la degradación de las aguas del río y se volvió a retomar la idea de construir piletas públicas ya con mirada de que fueran centros de recreación a cargo de la Administración de Parques de la ciudad. A principios de los 60 ya se podían disfrutar en Nueva York 17 piletas al aire libre y 12 cubiertas. Una tercera modalidad, las mini-piletas, fueron introducidas en los años siguientes. Se trataba de estructuras más baratas y desarmables pensadas para niños y niñas, a las que luego se agregaron las «swimmobiles», que eran básicamente camiones estacionados con una pileta acoplada que se iban trasladando por distintos puntos de la ciudad donde todavía no había llegado una pileta fija.

Status y expansión

La pileta es y fue un signo de status. La función de aquellas que son públicas va más allá de un disfrute individual o incluso colectivo, que no es poco. El consumo de agua para piletas privadas empezó a ser un problema ambiental en varias metrópolis del mundo. Las áreas urbanas se expanden desmesuradamente a causa, entre otras, de familias en búsqueda de ese esparcimiento en casas quintas o barrios privados, bajo el paradigma de lo que el urbanista Alfredo Garay llama «el paradigma de la casa con jardín». Frenar ese fenómeno proveyendo infraestructura pública de calidad para esparcimiento y recreación es uno de los grandes desafíos de las ciudades ya que dicha expansión conlleva problemas ambientales, sociales y financieros.

Fuente: CENITAL – fernando@cenital.com –  @ferbercovich

1° febrero de 2020

https://www.cenital.com/2020/02/01/un-chapuzon-para-todes/64697?fbclid=IwAR0sMqTCcDpYsTcbvsQfW8UGKds1Y2RSUJvHLDD7FLjsrMAyqZ7m3F9aE_U