Deportes
Se retiró Gaby Díaz, uno de los más grandes basquetbolistas tucumanos

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El hijo del Tompy, una auténtica leyenda de la disciplina, se despidió a los 44 años y jugó profesionalmente su último partido este miércoles con Central Entrerriano.

20170523Con su padre

 
 

Hijo de una auténtica leyenda del basquetbol vernáculo, "El Tompy" Díaz, este miércoles, a los 44 años se retiró de la práctica profesional del basquetbol Gabriel "Gaby" Díaz. Lo hizo con Central Entrerriano, de Gualeguaychú, tras quedar eliminado por Deportivo Norte, 86-73, en los playoffs de Conferencia del Torneo Federal 2016/17.

Afincado desde hace tiempo en esa ciudad entrerriana, la carrera de Gaby estuvo jalonada por hitos trascendentes desde su debut en la Liga Nacional de Basquetbol con Pacífico (Bahía Blanca), en la campaña 1988/89, antes de cumplir los 16 años. En ese equipo, tuvo como compañero a Rubén Solórzano, actual presidente de Talleres, de Tafí Viejo.

Luego, con Estudiantes de Olavarría (bajo la conducción de Sergio Hernández) festejó título por duplicado en 2000/01: campeón de la LNB y de la Liga Sudamericana. Con el "bataraz", también consiguió el título de campeón Panamericano.

En esa misma década, fue uno de los baluartes de la campaña de Andino (La Rioja), donde estuvo en seis campañas y tuvo como compañero nada menos que a Emanuel Ginóbili. Otro de los equipos en la A fue Atenas de Córdoba y Central Entrerriano.

20170523Gaby Diaz

 

En la Liga pertenece al top-ten de los basquetbolistas con más partidos jugados y es undécimo entre los máximos anotadores, con 10.525 puntos, entre los goleadores históricos, cuya tabla lidera Leo Gutiérrez.

Además de pasar por el TNA, Gaby fue campeón Panamericano Sub 22 en 1993 (Rosario), con la selección nacional juvenil que venció en la final a Estados Unidos y bronce en el Mundial de Edmonton (1991), además de integrar la selección mayor en torneos sudamericanos.

Surgido de Tucumán BB, al igual que su progenitor, Gaby integró el seleccionado provincial en varios campeonatos argentinos. Con talento y enorme profesionalismo, el alero deja una huella imborrable en su paso por esta disciplina e indudablemente se ganó por derecho propio un lugar entre los grandes del deporte tucumano.

Fuente: La Gaceta

12 de mayo de 2017

http://www.lagaceta.com.ar/nota/729447/deportes/se-retiro-gaby-diaz-uno-mas-grandes-basquetbolistas-tucumanos.html?utm_source=facebook

FOTO TOMADA DE tiempomuertobasquet.com.ar

 
Córdoba: Georgina Bardach - Cambio la medalla olímpica por estar en una banda de funk

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Distendida, Georgina se olvida de la sesión de fotos y ensaya algunas notas en su bajo. (Jairo Stepanoff)

Por Eugenia Mastri


La exnadadora dejó atrás una vida estructurada y metódica para transformarse en una mujer polifacética. Trabaja, estudia, toma clases de bajo y hace longboard. Confiesa que “el sueño” de su vida era “ser como Flea”.

La vida de Georgina Bardach es algo parecido a un parquecito de diversiones, y ella se sube a todos los juegos que le gustan. Admite que está “viviendo una adolescencia tardía” y, pasados los 30, sabe que tiene su costado positivo.

“Soy una adolescente pero con recursos, tiempos y una madurez diferente”, afirma.

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Desde hace cinco años, la medallista olímpica en Atenas 2004 está alejada de la natación y disfruta de todas las cosas que quiso hacer cuando era una nadadora de elite pero que su estructurada vida no le permitía. Y en ese “hacer” busca también qué la define, porque algo tiene claro. “No quiero ser siempre ‘la nadadora’ porque hay muchas más cosas que eso. De acá a unos años seré Licenciada en Comunicación, o seré música... no sé. Pero tengo la oportunidad y sería un desperdicio no aprovechar el tiempo, la salud y los recursos para hacer otra cosa y no quedarme en lo mismo”, remarca y sentencia: “Yo dejé todo por nadar. Lo disfruté y estuvo bueno, pero quiero hacer cosas más divertidas”.

Bardach es polifacética. A su trabajo como vocal en la Agencia Córdoba Deportes le suma sus estudios universitarios en Comunicación, las clases de bajo, su gusto por el longboard, la debilidad por compartir tiempo con su sobrino y, próximamente, su incursión en el canto.

Todo esto la ayuda en su definición de ser, más allá de una pileta. “Recién ahora, después de muchos años, me estoy amigando con que me reconozcan como la nadadora. Antes me enojaba que me identifiquen así”, cuenta y revela una conclusión a la que llegó haciendo terapia: “Me hizo ver que fui una chica siempre muy obediente. Hice todo lo que tenía que hacer. Y como soy exigente, lo hice bien. Ahora sí estoy eligiendo lo que me gusta a mí y no lo que me dicen”.

–¿Pero te gustaba nadar?

–La natación me gustaba. Y obviamente ayudó el hecho de que me vaya bien, de lo contrario capaz no hubiese aguantado tanto. Seguramente hubiera hecho un deporte, pero me dijeron que tenía que ir a nadar por una cuestión de seguridad, y fui. Me invitaron a ir al equipo, y fui. Sería muy injusto decir que la natación no me gustó. Todo lo que soy ahora me lo dio la natación.

–¿Qué relación tenés ahora con la natación?

–Casi nada. Es muy aburrido ese deporte para hacerlo de onda, sin objetivos. Te pasás tres horas por turno mirando azulejos. Aunque cuando estoy muy pasada de vuelta está bueno.

–Las otras actividades que estás eligiendo tienen más adrenalina.

–Mal... Es que extraño. De alguna manera tengo que volver a sentir la adrenalina de la competencia. Y lo siento en el bajo, en el longboard, los tatuajes, cuando voy a rendir los exámenes...

"Le tenía mucho miedo al retiro. Conocí a mucha gente que seguía extrañando la vida que tenía antes. Y creo que el hecho de buscar todas estas cosas es por eso. Me daba mucho miedo terminar viviendo del recuerdo. Yo soy mucho más que eso".

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El sueño de su vida

Una corona de laureles enmarcaba su cara de niña cuando a los 20 años Georgina se subió al tercer escalón del podio de los 400 metros combinados en los Juegos Olímpicos de Atenas. Y una inagotable sonrisa dejaba ver que en esa medalla de bronce la cordobesa había hecho un sueño realidad.

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En 2004, Bardach ganó la medalla de bronce en los 400 metros combinados de los Juegos Olímpicos de Atenas.


Pero hubo otro que mantuvo silenciado hasta que el año pasado se compró un bajo y comenzó a tomar clases. Fue cada semana a su lección hasta que por fin llegó el momento de aprender su primera canción: Give it away, de los Red Hot Chili Peppers.

“Fue lo primero que me enseñaron con el bajo y no lo podía creer. El sueño de mi vida era ser como Flea (el bajista de los Chili Peppers). Salir en bolas al escenario, todo”, revela.

–¿Desde cuándo tenés ese sueño?

–¡Desde siempre! A mí me costaba mucho cuando me preguntaban quién era mi ídolo en el deporte. Yo inventaba, los cambiaba... Los pósters en mi pieza eran de músicos.

–¿Y te veías arriba de un escenario como ellos?

–Soñaba con eso. No me veía, porque tenía que nadar. Aparte era consciente de que hay que tener talento para eso.

–¿Cómo te acercaste a la música?

–En mi casa no se escuchaba música, así que fue cuando empecé a viajar. Me prestaron una vez un discman con un CD de Jamiroquai o de los Beastie Boys, no recuerdo. Mi primer recital fue de los Red Hot en Buenos Aires a los 16 años. Desde ahí aluciné.

–¿Y por qué el bajo?

–No sé. Siempre me gustaron bandas que tenían bajistas muy fuertes. No tenía idea al principio de qué era un bajo, pero siempre me gustaba ese sonido. Me gusta mucho el funk: los Chili Peppers, Molotov, los Illya Kuryaki, Jamiroquai...

–¿Y ya tuviste la oportunidad de tocar con público?

–El año pasado tuve la audición de fin de año en la academia, pero no fui. “Me tenía que ir a Las Grutas”, pero en realidad era pánico escénico.

–¿Y la idea de ser como Flea?

–Bueno... Necesito tiempo. El pánico escénico venía por el lado de que soy muy exigente y hasta que no lo haga perfecto no lo voy a hacer.

Georgina está con su bajo en el estudio de fotos de La Voz. Por un momento se olvida de la cámara y disfruta de ese momento con su instrumento. Charla relajada, despreocupada, mientras acaricia las cuerdas.

Polifacética. Georgina asegura que le da culpa dormir y que, con pocas horas de sueño, su día le rinde para hacer tantas cosas.

En su cuerpo relucen los tatuajes. Ya no sabe cuántos tiene porque con el tiempo fue tapando unos con otros. Pero cada creación tiene un sentido para ella.

¿Si alguno tiene que ver con la música? Claro. En el brazo izquierdo de la medallista olímpica hay “una representación abstracta de todos los discos solistas de Cerati” que su tatuador diseñó para ella. Georgina cree que “hay una canción de Cerati para representar cada momento de la vida”.

Los libros y la música fueron los más fieles compañeros de la cordobesa a lo largo de sus viajes como deportista. Y está tan embelesada con el bajo que tira una frase que queda resonando.



“Cambio la medalla olímpica por estar en una banda de funk”, dice como al pasar. Pero hace una pausa, piensa, y completa: “Tampoco es que soy inconsciente. Sé lo que me llevó, el sacrificio que puse; lo que es tener esa medalla”.      

–¿Pero te lo representás? Si viene un músico que es fanático del deporte y te lo propone. ¿Lo hacés?

–Sí. Si la tengo guardada en un cajón. Yo sé lo que hice. Sé que pude cumplir un objetivo, que me pude parar arriba de un podio olímpico y que no muchos lo logran. Sé que fue un esfuerzo mío, de mi familia, del “Bochi” (Héctor Sosa, su entrenador), de la familia del “Bochi”... Pero lo material es simbólico. El hecho es que llegué y soy medallista olímpica, pero no por eso voy a andar por todos lados con la medalla colgada.

Fuente: La Voz del Interior

http://mundod.lavoz.com.ar/natacion/georgina-bardach-cambiola-medalla-olimpica-por-estar-en-una-banda-de-funk

 

 

 

 

 

 

 
 
La geopolítica de los Juegos Olímpicos -- Por Fernando Arancón *

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“Citius, altius, fortius”. Estas palabras pronunciadas por el barón Pierre de Coubertin en el año 1896 en Atenas se han convertido en el emblemático lema de los Juegos Olímpicos. Su significado, “más rápido, más alto, más fuerte”, son el reflejo de la intención del pedagogo francés de fomentar el desarrollo de la humanidad a través del deporte y el esfuerzo, además de rescatar el espíritu olímpico heleno de la Antigüedad. Sin embargo, su loable intención pronto se vio afectada por los intereses de muchos de los países participantes. Así, a lo largo de las distintas ediciones olímpicas celebradas en el siglo XX y XXI, el nacionalismo, las reclamaciones políticas, sociales y económicas, las enemistades entre países y hasta el terrorismo han hecho acto de presencia en el mayor evento deportivo que el mundo ha conocido jamás. A ello ha contribuido poderosamente la creciente mediatización de la competición, que ha convertido el evento en una ventana al mundo y ha permitido que en los tiempos recientes miles de millones de personas sigan las retransmisiones de los Juegos Olímpicos.

De utopía a realidad pervertida

No cabe duda de que Pierre de Coubertin quería fomentar el deporte como herramienta de cohesión y de desarrollo personal. Sin embargo, su tesis ya empezaba marcada por una sensación profundamente extendida en la sociedad francesa de finales del siglo XIX: la derrota frente a Alemania. El país germano, industrializado y con tropas mejor entrenadas, había barrido con contundencia a Francia en 1871. Uno de los factores que el barón de Coubertin achacaba a la derrota era la peor cualificación física y escasa camaradería de las tropas francesas. Por tanto, para paliar semejante desventaja, insistió con firmeza en la necesidad de que la población francesa empezase a practicar deporte, con lo que se lograría la mejora de la condición física y surgiría cierto hermanamiento gracias a la práctica común y popular de deportes.

Tampoco sería justo pensar que el noble francés era un revanchista como los que pululaban por su país y que sólo quedaron satisfechos al ver firmar a Alemania en Versalles en 1918, aunque hubiese sido a costa de millones de muertes. El barón de Coubertin extendió su razonamiento de la sociedad francesa a los países entonces existentes, con la intención de reproducir los mismos sentimientos de hermanamiento y sana competitividad entre los estados. La primera edición, celebrada en Atenas en 1898, es considerada todo un éxito, ya que el hecho de reunir a 14 países de tres continentes distintos en aquella época era todo un logro. Igualmente, la infraestructura necesaria tuvo un respaldo económico considerable, especialmente de las élites helenas, por lo que la utopía de Coubertin no pudo empezar mejor. Sin embargo, poco duraría ese espíritu olímpico.

Con el tiempo, el altruismo internacional-deportivo ha quedado secuestrado. En primer lugar por los estados participantes, que no dudan de utilizar la cita olímpica para canalizar sus políticas exteriores o económicas, haciendo de los Juegos una poderosa herramienta. Les siguen numerosas empresas, que se valen de la marca creada por los Juegos Olímpicos –y que ellos mismos fomentan de igual manera– para hacer negocio o mejorar su imagen. Cierra el círculo el Comité Olímpico Internacional (COI), que lejos de ser un ente desinteresado y fiel a las ideas de Coubertin, se deja querer por estados y empresas para hacer de los Juegos un evento espectacular y extremadamente rentable al mismo tiempo.

En la sucesión de ediciones olímpicas, el simbolismo popular de este evento se ha ido agrandando, algo que sin duda ha fomentado las actitudes anteriormente comentadas. Los primeros Juegos eran competiciones “elitistas” en el sentido más restrictivo de la palabra. No había una difusión universal y horizontal del deporte. El fútbol se iría convirtiendo con los años en un pionero de la democratización deportiva, pero sólo se podía ir a ver al estadio, en uno de esos primigenios procesos de identificación social a través de un club. Practicar un deporte de manera habitual o profesional era caro, algo que muy poca gente podía permitirse. Con el tiempo, las disciplinas olímpicas pasaron de estar ejecutadas por atletas elitistas a atletas profesionales – de la élite profesional más adelante –, lo que le imprimió mayor seriedad y sentimiento a las competiciones. La rapidez, la fuerza, la agilidad o la habilidad de un país se depositaban en los músculos de los enviados, lo que infería a las pruebas el simbolismo de presenciar una auténtica lucha entre estados; entre sociedades. La discusión sobre qué país era mejor o peor se dejaba ahora en manos del atleta, que demostraba el poderío nacional a través de una prueba “objetiva” – un deporte – y de manera pacífica. Sin duda, el deporte ha sido desde comienzos del siglo XX uno de los elementos de canalización de identidades más importantes, y los Juegos Olímpicos son el cénit en el que cada cuatro años se proyectan.

Un pulso cuatrienal del mundo

Desde la primera edición olímpica ya se comprobó el tipo de dificultades que este tipo de eventos iban a tener, y sobre todo, lo difícil que iba a ser superarlos. La cita deportiva ateniense de 1898 tropezó con un boicot, el turco. El todavía Imperio Otomano se negó a participar en la competición, ya que sólo un año antes había estado en guerra con Grecia por el expansionismo irredentista heleno  – la Enosis –, y el conflicto se había saldado con una clamorosa victoria otomana, sólo atenuada por la intervención de las potencias europeas, que hicieron de Grecia un país semi-intervenido. Así, los primeros Juegos Olímpicos empezaban marcados por una guerra, un estigma cuya presencia sería habitual en las citas olímpicas a lo largo del siglo XX.

 

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A los Juegos de Coubertin en Atenas le seguirían en 1900 París, en 1904 la norteamericana San Luis, Londres en 1908 y Estocolmo en 1912. La siguiente cita, programada para 1916 en Berlín, quedaría cancelada por la Primera Guerra Mundial. Los Juegos se interrumpían así por el motivo que estos querían precisamente evitar.

 Las rencillas heredadas de la Gran Guerra se proyectaron en el verano de 1920 en Amberes, ya que países como Alemania, Austria, Hungría o Turquía, vencidos todos en el conflicto armado, no fueron invitados a la cita deportiva. El periodo de entreguerras mostraba así en el aspecto deportivo la escasa intención de integrar a los países vencidos en una dinámica no revanchista ni políticamente agresiva. A pesar de ello, a la cita olímpica en Bélgica acudieron 29 países, lo que empezaba a dar una idea de la dimensión de este movimiento.

La respuesta alemana a su marginación post-bélica – tampoco estuvo en París 1924 – tardó 16 años en llegar, pero llegó. Hitler organizó unos Juegos en Berlín en 1936 que serían todo un derroche de recursos, simbolismo y poderío económico. El Führer quiso mostrar al mundo cómo Alemania había renacido de sus cenizas, y de paso, remarcar la condición superior de la ciudadanía alemana. Un estadio olímpico gigantesco y el Hindenburg posado en el cielo berlinés fue la imagen de bienvenida para las 49 delegaciones que acudieron. Albert Speer y Joseph Goebbels fueron sus artífices, dando un paso más allá en la fastuosidad de la siempre bien medida propaganda nazi. El éxito del equipo olímpico germano, independientemente de momentos que han pasado a la historia como las carreras del atleta norteamericano Jesse Owens, fue rotundo. Hitler había conseguido su objetivo.

Las dos siguientes ediciones, programadas para 1940 y 1944, no fueron celebradas al encontrarse medio planeta en plena guerra. La reanudación post-bélica de los Juegos estaría marcada por la gran lucha político-ideológica de la segunda mitad del siglo XX como fue la Guerra Fría; no tanto los JJOO de Londres en 1948, austeros en la organización y tristes desde el sentimiento olímpico – Alemania volvió a ser excluida y numerosos atletas habían muerto en la guerra –. El conflicto Este-Oeste empezó a percibirse con fuerza en el ámbito deportivo a partir de Helsinki ’52. Los puntuales intentos olímpicos previos de remarcar la identidad nacional quedarían en anécdota como consecuencia del clima que se empezó a generar en las semanas que duraban los Juegos durante la Guerra Fría. Desde la edición finlandesa hasta Seúl en 1988, casi todos los deportes y pruebas se veían bajo la óptica de la confrontación entre ambos mundos. Estados Unidos y la Unión Soviética eran sus protagonistas, complementados en determinados momentos por aliados del bloque como Francia, Gran Bretaña, las dos Alemanias, Hungría o Checoslovaquia.

 

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El triunfo en Helsinki se lo llevó Estados Unidos con 46 medallas de oro, seguido de la URSS con 22, que participaba por primera vez en unos Juegos Olímpicos. Igualmente hubo apariciones delicadas, como Israel, rechazada abiertamente por multitud de estados árabes, o China, que estuvo al borde de acudir con dos delegaciones, la comunista y la nacionalista, aunque esta última acabó retirándose en los días previos al inicio de la competición. Lamentablemente para el ideal olímpico, el contexto político y económico global fue afectando más y más a la celebración deportiva. Los juegos de Melbourne en 1956 fueron buena prueba de ello. La crisis del Canal de Suez del mismo año provocó, ante la participación británica y francesa, que Egipto, Líbano e Irak no acudiesen en acto de protesta. Sí acudió Hungría, país invadido por las tropas soviéticas pocos meses antes para aplastar las revueltas que amenazaban con tumbar el gobierno prosoviético. No obstante, el equipo de waterpolo húngaro quiso, a su manera, vengar la afrenta de Moscú en el agua, y el partido acabó además de con una contundente victoria magiar, con una brutal pelea entre ambos equipos de tal nivel que la policía desalojó el pabellón  para evitar males mayores. También hubo una ausencia notable como fue la china – comunista – que se negó a ir ante la presencia taiwanesa en los juegos; sí fue, y hasta 1968, un equipo conjunto de las dos partes separadas de Alemania, uno de los pocos ejemplos políticos de los que Coubertin se hubiese alegrado ver en su idea olímpica.

 

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Las siguientes ediciones seguirían marcadas por la competencia estadounidense y soviética en el medallero. Sudáfrica participaría en Roma en 1960 bajo el régimen del apartheid, y una y no más, ya que hasta que no abandonó ese sistema estuvo excluida de las citas olímpicas, siete concretamente – hasta Barcelona ’92 –; en México ’68 pudimos ver en el podio a Tommie Smith y John Carlos alzando el puño en protesta contra la segregación en Estados Unidos y en Múnich ’72 llegamos a la antítesis del espíritu olímpico, cuando la organización Septiembre Negro, una facción de la Organización para la Liberación de Palestina, asesinó a once atletas del equipo olímpico israelí. Se ponía sobre la mesa y frente al mundo de la forma más dramática posible la realidad del conflicto palestino-israelí. Aunque los Juegos no fueron cancelados, quedó la mancha de utilizar una cita deportiva, cuyo fin es diluir los conflictos, como instrumento político a través del terrorismo.

Llegaron los años ochenta, especialmente crudos en la confrontación entre bloques. Las primeras dos citas olímpicas, en 1980 en Moscú y en Los Ángeles en 1984 fueron protagonizadas por sendos boicots del bloque opuesto. Así, los Juegos celebrados en la capital soviética tuvieron sólo 80 países participantes frente a las 65 ausencias provocadas por el boicot estadounidense como consecuencia de la invasión soviética de Afganistán en 1979. Así, numerosos países aliados y afines además de China, enemiga de la URSS, consideraron la cita moscovita como un momento perfecto para acrecentar la presión sobre el régimen soviético. Cuatro años después, la URSS haría lo propio con el evento deportivo en suelo estadounidense. Sin embargo, el reducido número de integrantes en el bloque oriental provocó que su ausencia no fuese tan llamativa, si bien la inasistencia de la URSS o la RDA eran, a nivel deportivo, bajas considerables.

Los Juegos en Seúl serían la última oportunidad en la que ambos bloques se vieron las caras. El balance deportivo de la Guerra Fría se saldó con una contundente victoria del bloque oriental; lamentablemente para la Unión Soviética, el simbolismo deportivo no es más que eso, y el hundimiento de todo el bloque en los años siguientes hizo que las victorias olímpicas quedasen como un simple recuerdo en la historia del deporte.

Nuevos intereses en un nuevo mundo

Para cuando la URSS colapsó, los Juegos Olímpicos ya eran un evento de tal magnitud mediática a nivel mundial que no tenía rival alguno. En las semanas de competición, el mundo se paraba y toda la atención se centraba en el televisor. Desde hacía unas pocas ediciones, los Juegos ya no eran un mero evento deportivo o una herramienta para muchos países; se habían convertido en un gigantesco negocio. Así, como todo negocio, para que perdurase tenía que ser rentable. La organización de la competición olímpica ya era un trabajo titánico y costoso para las ciudades que acogían la cita deportiva. Infraestructuras cada vez más variadas por el aumento de los deportes olímpicos y más grandes por cuestiones de público; mejores infraestructuras para conectar los pabellones y estadios; una villa olímpica cómoda que cada vez tenían más aspecto de ciudad pequeña y una organización extensa a la vez que meticulosa eran algunos de los retos a los que se enfrentaba la ciudad organizadora.

Estas nuevas condiciones que el espectáculo olímpico otorgaba tuvieron fuerte repercusión. La importancia ya no radicaba en cómo de potente era un país deportivamente hablando; la competencia había muerto con Guerra Fría. Ahora, el poderío nacional se demostraba organizando unos juegos a la perfección, mostrando al mundo – cientos de millones de espectadores e inversores – lo moderno y próspero que era la ciudad candidata y el país por extensión. Para muchos estados se convirtió en una prioridad. Suponía, en caso de éxito, colocar a la ciudad elegida en el mapa político y económico durante décadas y tener unas ganancias incalculables en reputación e imagen internacional.

El cambio de modelo vino tras el fiasco financiero que supuso el estadio olímpico en Montreal ’76 y la cita en general. Los sobrecostes y las constantes reparaciones supusieron multiplicar por diez el presupuesto inicial, generando un agujero en las arcas canadienses que tuvo que ser sufragado con un impuesto especial sobre el tabaco durante treinta años. Fue entonces cuando se tomó conciencia que organizar unos Juegos Olímpicos no podían suponer la práctica ruina de la ciudad. De alguna manera había que conseguir que los Juegos tuviesen un impacto económico positivo a largo plazo o que al menos su organización fuese rentable para la ciudad. La cita angelina en 1984 tomó buena nota de la catástrofe económica de Montreal, y planteó unos Juegos austeros, reutilizando instalaciones ya construidas. El resultado fueron casi 200 millones de dólares de beneficios.

Una vez superada la fase de rentabilidad olímpica, se avanzó hacia la de visibilización. Además, para 1988 se produjo un cambio sustancial dentro de la geopolítica olímpica: Seúl, la ciudad organizadora, iniciaría la racha en la que los Juegos se desplazaban a la periferia global, dejando de rotar de manera casi permanente entre países del centro o de potencias – con la salvedad de México ‘68 –. La capital surcoreana aprovecharía su designación para iniciar la remodelación de la ciudad y proyectar así la imagen de “tigre asiático” y desterrar los fantasmas de la guerra con su vecina del norte treinta años atrás, algo así como hizo Tokio en la cita olímpica de 1964.

Sin embargo, el modelo de Juegos Olímpicos rentables, exitosos y con un impacto positivo en la ciudad a largo plazo lo crearía la candidatura de Barcelona ’92. Su logro, referencia en casi todas las candidaturas posteriores, radicó en tres aspectos: implicación de todos los actores políticos – gobierno central, gobierno autonómico y local –, así como del COI, entonces presidido por el barcelonés Juan Antonio Samaranch, y empresas privadas; financiación público-privada, reduciendo así los gastos públicos y el uso de los Juegos Olímpicos como excusa para acometer una remodelación integral de la ciudad de Barcelona a nivel urbanístico, económico y social gracias a inversiones a largo plazo.

Todavía hoy los Juegos de 1992 son considerados como unos de los mejores jamás celebrados. El cambio acometido en Barcelona fue espectacular; la ciudad dejó su impronta industrial para reconvertirse en una ciudad moderna y conectada con el mundo – de ese mismo año es la remodelación del aeropuerto de El Prat –. El impulso económico y mediático olímpico, además de generar más empleo y actividad en el corto plazo, ha permitido el posicionamiento de la capital catalana en el “centro” europeo, y en muchos aspectos de índole económica, turística y comercial supera ampliamente a Madrid. Un claro ejemplo de las bondades de gestionar bien tanto una cita olímpica como la inercia que esta provoca.

Este modelo mixto fue adoptado posteriormente por las candidaturas de Atlanta ’96  – unos Juegos pagados por Coca Cola –, Sidney 2000 y Londres 2012, que con mayor o menor éxito han replicado la experiencia barcelonesa. Sin embargo, dicha manera de organizar el evento olímpico dista de hacerse norma. La antítesis de la gestión del 92 se produjo en 2004 en Atenas, cuando la capital helena tuvo la responsabilidad de organizar los Juegos. Aunque deportivamente la competición salió adelante, el fracaso económico para Atenas fue tremendo; incluso algunos sugieren que fue la primera piedra – o una de ellas al menos – de la actual crisis que atraviesa Grecia. Y es que dichos Juegos costaron nada menos que 12.000 millones de dólares, que unidos a la escasa rentabilidad de la cita y la mala gestión de su impacto hicieron un considerable agujero en la economía nacional griega con deudas que ascendieron a un 3% del PIB. No es de extrañar que en 2005, el año siguiente a la celebración de los Juegos, el PIB griego decreciese un 1,1% respecto al año anterior y fuese un 2,2% respecto al año siguiente. Semejante bache estaba causado en gran medida por el fiasco olímpico ateniense.

Se comprobaba así cómo en esta nueva gestión de los JJOO de “marca-ciudad” había proyectos que salían bien y salían mal. La apuesta de Pekín en 2008 siguió por los derroteros de la cita anterior, sin embargo, la economía china no es ni era comparable con la de Grecia; sus efectos, por tanto, tampoco. No obstante, los Juegos en Pekín sirvieron para demostrarle al mundo la capacidad económica, tecnológica y organizativa de China más allá de los productos baratos. Aunque no pasarán a la historia del olimpismo, sí les fueron útiles al país como herramienta de soft power, a pesar de las evidentes carencias en materia medioambiental y el poco respeto a los Derechos Humanos.

Especialmente a partir de los Juegos de los años noventa, el statu quo en la elección de la sede empezó a cambiar. El criterio olímpico propio del siglo XX de ir rotando por las potencias para mantener contentos a todos dejó paso a los intereses económicos y comerciales. En la actualidad, los Juegos Olímpicos casi se puede decir que se compran; pero no se compran por la ciudad candidata, sino que son los poderes económicos los que acaban dirigiendo los votos hacia una candidatura u otra. La explicación es sencilla: en los tiempos recientes, la candidatura que más oportunidades de negocio genera es la que más probabilidades tiene de acabar alojando la llama olímpica. Esto, traducido, supone que aquella ciudad sin apenas infraestructuras construidas y que mayores planes de inversión tiene tanto para instalaciones olímpicas como para la propia ciudad es la que albergará los juegos. En Pekín los costes ascendieron a 40.000 millones de dólares, ya que numerosas infraestructuras debían ser construidas de cero. Así, los contratos para hacerlas son reñidos, además de una excelente oportunidad para muchas empresas. En parte esto explica el triple fracaso de la candidatura olímpica de la ciudad de Madrid. El reciclaje de infraestructuras ya levantadas, una baza argumentada por la candidatura, políticamente está bien vista al no tener que realizar más gastos; económicamente tiene un atractivo nulo al no haber oportunidades de negocio. El mensaje que se intenta enviar en la actualidad es el de que los Juegos son caros, y si los quieres, hay que pagarlos.

 

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Río 2016 y Tokio 2020 son dos ejemplos de esta nueva política. La ciudad carioca tiene un tremendo reto logístico ante la cita olímpica puesto que en el momento de ser designada llevaba poco trabajo hecho detrás. Sin embargo, el amparo de Brasil como país y la cita futbolística del Mundial 2014 suponen la creación de un clima político propicio a la inversión y la renovación total de la ciudad que abarca más de lo estrictamente  olímpico. Brasil se encuentra en un punto crítico como país. Pretende insertarse plenamente en las dinámicas económicas del mundo globalizado del siglo XXI mientras tiene a sus espaldas problemas tan graves como la desigualdad, la delincuencia o las inmensas favelas situadas en muchas ciudades de Brasil, que se acentúan en el caso de Río. Se ha convertido en una prioridad dar carpetazo a esos temas – o empezar de manera seria a solucionarlos al menos – aprovechando los Juegos Olímpicos. La elección de Tokio para cuatro años después responde a intereses similares: poco atractivo de las otras candidaturas – Madrid sin oportunidades de negocio y Estambul con serias carencias en DDHH y demasiado cerca del avispero de Oriente Medio – y un considerable montante en inversión para instalaciones deportivas – el 60% está por construir – y urbanas en la capital nipona decantaron la elección de Tokio. Para 2024 la puerta está todavía abierta, ya que hasta 2017 no será elegida la sede. De momento existen diecisiete candidaturas repartidas por todos los continentes, si bien podrían destacar por su potencial la candidatura de San Francisco, San Petersburgo, París o Berlín. Veremos qué deciden los miembros del COI.

Y es que este organismo tampoco puede decidir con gran libertad. Depende económicamente de los patrocinios y los derechos de retransmisión de las citas olímpicas, y los réditos de los mismos pesan poderosamente en sus decisiones. Por ejemplo, las televisiones estadounidenses presionan al COI para que las sedes estén situadas en una franja horaria aceptable para los telespectadores norteamericanos. Algo similar ocurre con las televisiones europeas. Así, los husos horarios y su relación con la cantidad de espectadores que pueden estar viendo en directo las pruebas es algo a tener en cuenta. Los Juegos en Asia no son recibidos con emoción en Estados Unidos y Europa por ese motivo. Cuatro o cinco horas de diferencia son aceptables, diez no. A estas presiones televisivas se les unen las de las empresas que ven una oportunidad en el evento deportivo. Constructoras, empresas de publicidad, de aparatos electrónicos, de bebidas o empresas financieras son algunos de los sectores que con más ahínco presionan para conseguir que la ciudad escogida sea la màs acorde a sus interesantes. El deporte hace mucho tiempo que dejó de ser exclusivamente deporte, y los Juegos Olímpicos, su máxima expresión, no iban a ser menos.

* Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92

Fuente: El Orden Mundial en el S. XXI

26 Diciembre, 2014

http://elordenmundial.com/2014/12/26/la-geopolitica-de-los-juegos-olimpicos/

 

 

 

 

 

 

 
 
LOS CLUBES DEL FUTURO SON LOS DEL PASADO - Por Matías Dalla Fontana *

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Cultural, Social y Deportivo. La preparación del desayuno en familia. El armado del bolso para la ducha posterior al partido. La mesa del domingo con los abuelos, que no tendrán otro lugar que el hogar, sencillamente porque será la única protección no atacable. Será territorial: se jugará donde se vive. Porque jugar es vivir. Los padres y madres resolverán el desamparo con lo que tengan a mano en la comunidad. Esto no es algo folklórico o retórico. Se suscita porque es la forma positivamente funcional y posible para necesidades reales y positivas. Se está haciendo. La gente no vive adentro de ningún medio de comunicación centralista, afín a una idea de puerto expoliador y usurero. Se vive afuera, en las veredas, en los límites difusos definidos por lo que podemos caminar a pie en un día y volver a la casa.

Es sofisma puro que un padre argentino crea que el fútbol es sólo hacerse millonario. Tampoco hay padre que quiera un hijo barrabrava o narco. O prostituta. Esto es una instalación pesimista para que asumamos como propio algo absolutamente antiesencial a nosotros.

Se vive en lo local. Hay ventas de pollo para juntar fondos para el viaje al torneo y las pelotas para los pibes. Hay ligas de clubes de barrios sostenidos por padres voluntarios. Y esos padres se están reuniendo. Hay cada vez más bares en las esquinas, canjes, cooperativas de verduleros.

Acaso lo que le falta a esto es trascenderse, ligarse. Reivindicarse como forma de ser. Pero está, se ve. Si caminas lo ves. Ahí nace lo nacional sobre principios permanentes: hay creencias comunes y simples. Costumbres comunes que tienen casi más fuerza que el derecho puesto.

Nada del cuento chino que instalan a diario representa esta realidad. Ni mucho menos la abarca. Se acercan intermitentemente a lo institucional para sacarle algo para su sobrevivencia y se vuelven a replegar, básicamente porque saben más que cualquier politólogo que la constitución es papel si no es real. Que toda organización superior, si no es para mejorar el día a día, es una exacción.

Caminas y se ve. Rueda, y no la pueden manchar.

* Matías Dalla Fontana; Santafecino; Licenciado en Psicología; ex Puma; Periodista. Es uno de los encargados de llevar adelante el Proyecto Deporte Solidario.

Fuente: Santa Fe

28 febrero de 2017

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“Todo Fundamentos”. Lo Hicimos con el ¡Co – Ra – Zón!

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Fue una semana de mucha tarea, volviendo de algunos días de descanso juntando fuerzas para el 2017; la primera acción iba a comenzar el lunes 06 de febrero, en el Club Náutico Buchardo; así inauguramos un nuevo evento para nuestra Producción, con la idea de desarrollar el posicionamiento de una marca que potencie los detalles en las habilidades y ayude al mejoramiento de aquellos jóvenes, chicas y chicos, que deseen intentarlo; así nació el Centro de Entrenamiento y Capacitación “Todo Fundamentos”.

Un lunes agitado con los nervios del arranque, ordenando todos los contenidos de la semana, con un Staff de profesionales especialistas en divisiones formativas, iniciación deportiva y alta competencia.

Nuestro equipo estuvo integrado por los Coaches, Guillermo Mizrahi; Nicolás Tilloy; Enrique Morais; (No estuvo presente por razones laborales); como asistente con carnet de ENEBA 1, Matías Gornatti, con la Dirección General de quien escribe esta nota.

Así planificamos todos los días que abarcaron, drills de fundamentos, pases, dribling, lanzamientos, detenciones, defensa, ofensiva, juegos; competencias individuales y colectivas; siempre intentando inculcar los preceptos de la Escuela Argentina que tantas alegrías nos dio, después de 30 años de Liga Nacional y de los brillantes logros conseguidos por nuestra Selección.

Fueron clases con sesiones de doble turno, donde  entrenaron jóvenes entre 9 y 17 años, que tuvieron un gran participación en todas las consignas asignadas; se prodigaron e intentaron cumplir con todos nuestros objetivos de aprendizaje.

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Fabián Pérez dijo presente. Foto. B.P.

Tuvimos la presencia de las cámaras de Básquetbol Picante TV con Daniel Golbert, Director Gral. de Deporte En Vivo, Ángeles Morrison y Augusto Cornes; responsables de las imágenes que fueron parte de nuestro programa Nro. 43 emitido como siempre los Miércoles desde las 19,00 hs.

En las competencias individuales los Campeones fueron:

En lanzamientos de 3 puntos Torneo Spalding:

León Lopresti de Deportivo San Andrés.

En tiros libres:

Agustín Chamee de Náutico Buchardo.

Dentro del rubro charlas y disertantes, estuvieron presentes la Psicología Deportiva a través del Licenciado Dan Weksler; hombre formado en el Club Náutico Buchardo; también participó el Showman Periodista y Productor; Fabián Pérez, quien desarrolló la historia de la Liga Nacional y la función de los medios en el deporte. Las cámaras de Uno Contra Uno TV emitieron en su espacio de TyC Sports un resumen del evento.

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Staff T.F. Guillermo Mizrahi; Matías Gornatti; “Chiche”; Nicolás Tilloy. Foto. B.P.

Otra tema de desarrollo y aprendizaje fue la presentación de Stephanie Jaschek nuestra Profresora de Inglés que presentó la introducción al BEP (Basketball English Program); con una clase dinámica, entretenida y de gran repercusión en los chicos que participaron activamente.

El viernes, día de cierre contamos con la presencia del jugador profesional, Kevin Hernández, ala pivot de Ferrocarril Oeste, en la Liga Nacional “A”, cuyo club de origen a muy temprana edad, fue el mismo Náutico Buchardo.

Kevin contó su experiencia y los chicos quedaron encantados con su ídolo “Buchardense”.

Queremos agradecer a las empresas que nos apoyaron en este evento, Spalding Argentina, Powerade Argentina; Uno Sistemas Deportivos, Cereales Susana Vida; Dunk Indumentaria;  Pizarras Personalizadas MPlusM; al Club Náutico Buchardo y a su Comisión Directiva presidida por Sebastián Lerner; a los medios de comunicación que difundieron lo realizado; Uno Contra Uno TV, Radio y Web; Basquetbol Picante TV; Deporte en Vivo; y a todos los seguidores de nuestros espacios.

Especialmente un gran abrazo a los chicos participantes y a sus familias que confiaron en esta idea.

Como les dije a ellos en el cierre de la semana, esto no termina; recién comienza, todo lo actuado hay que repetirlo en sus clubes, todos los días, escuchando a sus entrenadores y no dejando de estudiar.

Hermosa semana de básquetbol pasamos en Buchardo, agotados, contentos y satisfechos con la tarea realizada.

Los esperamos en cualquier lugar donde se juegue Básquetbol con “Todo Fundamentos” ;

Lo Hicimos con el  ¡ Co – Ra – Zón !

Fuente: Básquetbol Picante

13 febrero de 2017

http://www.basquetbolpicante.com/site/2017/02/todo-fundamentos-lo-hicimos-con-el-co-ra-zon/

 

 

 

 

 

 

 
 

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