Deportistas en el Recuerdo
ALBERTO LOPEZ / El campeón mundial de básquetbol

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“El hombre puede desafiar cualquier mudanza si se halla armado de una sólida verdad”. Este concepto acompañó durante toda su vida a Alberto López, un grande del básquetbol nacional que nació y se crió en el barrio de Saavedra. Un joven que siempre estaba con sus amigos de la infancia en Mariano Acha y Manzanares, cuando en aquellos tiempos eso era posible.

Siendo un joven jugador de básquetbol del Club Atlético River Plate, un inolvidable 21 de agosto de 1950 fue seleccionado por el “Maestro” Jorge Canavesi para integrar el equipo nacional que, en la aún más inolvidable noche del 3 de noviembre, lograría el título del mundo, en el estadio Luna Park.

“Lo convoqué porque su cuerpo robusto y su altura elevada para la época (1,92 metros) más su gran técnica, nos servían para alternar con Furlong y Contarbio, los dos pivotes que teníamos para aguantar a los fuertes y saltarines yankis, a los que les ganamos el partido final por 64 a 50”, explicó, Canavesi.

Como se ha dicho en cada semblanza de aquella hazaña deportiva, se hace obligatorio recordar que aquel plantel era integrado por Oscar “Pillín” Furlong, Leopoldo “Pichón” Contarbio, Roberto Viau, Raúl Pérez Várela, Vito Liva, Alberto López, Omar Monza, Juan Carlos Uder, Pedro Bustos, Hugo Del Vecchio, Rubén Menini y Ricardo González. El cuerpo técnico estaba integrado por Jorge Hugo Canavesi, acompañado por Casimiro González Trilla y en la preparación física por Jorge Boreau. Estos fueron acompañados por dos médicos, un laboratorista, un ortopedista, un odontólogo y cuatro kinesiólogos.

Alberto, lamentablemente desaparecido, siempre nos recordaba: “Para aquel torneo se solucionaban todos los problemas de trabajo y licencias. Algunos estudiaban, otros trabajaban en reparticiones oficiales o empresas privadas, se nos facilitó todo para que solo pensemos en la preparación. Con este motivo el Gobierno Nacional  había dictado el Decreto Nacional Nº 18.773 del 7 de setiembre de 1950, por el cual se concedió licencia a los deportistas que trabajaban en la administración pública nacional, para la preparación y participación en los torneos internacionales”.

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Esta disposición pasó a ser el primer antecedente de la Ley 20.596/74, de “Licencia Deportiva Especial”.

“El básquetbol vivió su época de gloria al mismo tiempo que todo el deporte argentino vivía su época dorada”. Y Alberto López tuvo el privilegio de estar presente en esos tiempos. Subcampeón panamericano en los primeros Juegos de 1951 en Buenos Aires. Cuarto puesto, el mejor de la historia, en los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952, jugando por momentos un básquetbol de gran calidad, que le posibilitó al equipo ser invitado especial a la “Tercera semana deportiva internacional” a realizarse en la ciudad de Dortmund, Alemania. Allí, en 1953, el equipo logró ser campeón de las Olimpíadas Universitarias.

Nuevamente Subcampeón con el equipo argentino en los Juegos Panamericanos de México en marzo de 1955, dirigido por Casimiro González Trilla y “Paco” Del Río, luego de empatar el primer puesto y quedar relegado por EE.UU., en un polémico sistema de desempate (un dictamen político, único en el mundo, según la revista Rebote).

Argentina le había ganado a Estados Unidos por 54 a 53 en el estadio de la Ciudad Universitaria. Luego perdió frente a Brasil, llegando a la final del torneo con un triple empate en el primer puesto.

Los norteamericanos, que se habían quedado con la sangre en el ojo por la derrota, reforzados por dos jugadores de la Liga Universitaria invitaron a Argentina a jugar en la ciudad de Juárez (Texas), para tomarse la revancha. Pero nuevamente la selección nacional ya sin “Pillín” Furlong, que había viajado a jugar en Estados Unidos, y con Alberto López como la gran figura del equipo,  acompañado de Viau, Uder, González, Peralta, el santiagueño Cisneros, Barea, Edgar Parizzia, Lezcano, Felipe “Yuco” Fernández, Pagliari y Lubnicki, vencieron a los estadounidenses, por primera vez en su propia tierra.

En 1956, es uno de los cientos de deportistas suspendidos por 99 años, durante “el genocidio deportivo” de la Revolución Libertadora que les aplica el “tristemente recordado” Decreto Nº 4161, por el infame delito de dedicar sus triunfos al “tirano prófugo”. 

López, un verdadero referente del básquetbol nacional, fue un riverplatense de ley, primero como jugador desde infantiles en 1940, luego como entrenador, después dirigente y en la época de la presidencia de Hugo Santilli como Gerente General del Club.

Ya como técnico de la Selección Nacional logró ser Campeón Sudamericano en el torneo disputado en 1966 en la provincia de Mendoza.

En la década de los 70 fue funcionario público, con el cargo de Director de Deportes de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.

Seguramente Alberto López, un hombre serio, responsable y muy amable con sus compañeros y allegados, que a causa de un paro cardíaco el sábado 22 de marzo de 2003, a los 76 años, se alejó definitivamente de este mundo para encontrarse con su amigo y compañero de tantos triunfos y frustraciones deportivas y políticas, “Pichón” Contarbio.

Fuente: Libro “100 Ídolos Porteños” de Horacio del Prado y Víctor Lupo

Editorial Corregidor

Página 103

19 marzo de 2015

 

 

 

 

 
30 de Enero de 1960: ATLÉTICO TUCUMÀN CAMPEÓN DEL ‘60

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La gloria

El 30 de Enero de 1960 quedó grabado para siempre con letras doradas en la historia del fútbol tucumano, es que el Decano del fútbol del norte, Atlético Tucumán, lograba en la ciudad de Tres Arroyos en el estadio de El Nacional, tras una infartante definición por penales, vencer a El Quequén por 5 a 3 y consagrarse Campeón de campeones de la República Argentina.

Aquellos grandes jugadores, entre los que se encontraban Hugo Ginel, Antonio Rosalino Graneros, Rafael Albrecht (con tan sólo 18 años), el gran goleador Miguel "el Tanque" Muñoz y Canseco, entre otros, habían empatado el partido final 1 a 1  tras 120 minutos extenuantes de juego y ponían en los pies de Martín Canseco la posibilidad de que todo lo sufrido hasta ese momento se transformara en gloria.

 

Los penales

La tensión crecía en el estadio, se rematarían penales para definir al campeón, el técnico Decano, el "Maestro" Roberto Santillán, tenía la difícil misión de elegir al hombre que ejecutaría los penales (en esa época un solo ejecutor remataba los 5 penales).

Canseco, que llevaba la camiseta número 7 de Atlético, fue el elegido porque era el jugador que físicamente había terminado el partido en mejores condiciones.

Uno a uno fue ejecutando, el primero y el segundo ingresaron al arco del arquero Bosich cómodamente, pero el tercero pegó en el palo y cruzó toda la línea del arco para ingresar lentamente por el otro, ante el sufrimiento del artillero de Atlético.

Luego el cuarto y el quinto fueron ejecutados como los dos primeros, majestuosamente, lo que dejaba a los tucumanos con 5 goles de ventaja y la única alternativa para los quequenses  de convertir los 5 penales para igualar la serie. No había margen de error para el rival.

Entonces le tocaría el turno a Ochoa, del Quequén, quién enfrentaría al arquero Gregorio “Goyo” García que había tenido una muy buena tarea durante el partido.

Ochoa disparó los primeros tres penales y los convirtió. El nerviosismo se apoderaba de la multitud que presenciaba el partido: 5 a 3 era el parcial.

Ochoa remató el cuarto penal tocándola con su pie y la pelota, lentamente, se fue, por fuera,  al lado de unos de los postes.

El éxtasis se apoderó de los jugadores decanos que se abrazaron e inmediatamente comenzaron a cantar: ¡Dale campeón! ¡Dale campeón!

Todo Tucumán explotó de felicidad escuchando la radio. Y disfrutó el logro Decano.

 

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La síntesis del partido final

Atlético Tucumán 1 (5) El Quequén 1 (3)

Atlético Tucumán: Gregorio García, Jorge Amaya, J. Gutiérrez y Hugo Ginel; Antonio Rosalino Graneros y Rafael Albrecht; Martín Canseco, Antonio Tejerina, Miguel Muñoz, E. Ortega e Ibarra Castillo. DT: Roberto Santillán.

El Quequén: Bosich, A. Sánchez, Ochoa y Paolucci; J. B. Rodríguez y O. Villar; Gamero, L. López, E. Villar, Leobono y C. Fernández.

Goles PT: 6´Albrecht (AT).

Goles ST: 29´E. Villar (EQ).

Cancha: El Nacional (Tres Arroyos) - árbitro: Berdasco.

Se jugó 30´ de tiempo suplementario manteniéndose el resultado de 1 a 1.

Definición por penales: Canseco marcó los 5 penales para Atlético Tucumán.

Ochoa marcó 3 penales para El Quequén y desvió su cuarto remate. No se remató el quinto tiro penal.

 

El paso a paso del campeón

Aquel campeonato fue organizado por el Consejo Federal de AFA: “Campeonato Argentino de Campeones”. Se jugaría los años impares, pero se disputó por única vez en el año 1959, comenzando la parte final en diciembre de ese año con la participación de todos los campeones de las Liga del país y por simple eliminación.

Atlético comenzó a participar el 13 de diciembre de 1959. Ese día debía enfrentar a Gorriti de Jujuy, pero le ganó los puntos por no presentarse los jujeños.

El 4 de enero de 1960, Atlético Tucumán recibió a Los Andes de San Juan en el Monumental y le ganó 4 a 3 con goles de Ortega, en 3 oportunidades, y Manuel Iñigo.

 

Así pasó a la siguiente ronda

El 24 de enero, en la cancha de Gimnasia de Mendoza, venció a Argentinos de esa provincia en tiempo extra reglamentario 2 a 1 con goles de Miguel Muñoz y Ortega, llegando a semifinales. En esa instancia, y en cancha de Olimpo de Bahía Blanca, superó por 2 a 1 a Sportivo Belgrano de San Francisco, Córdoba. E inmediatamente después, el 28 de enero de 1960 (solo 2 días pasaron) debía enfrentar la gran final, con más de 2.000 kilómetros recorridos, lesiones a cuestas ante un rival que había descansado muchos días. Ese rival era El Quequén.

La presencia del entonces gobernador Celestino Gelsi, quién llegó el día del partido, resultó motivadora para el plantel Decano, que tras escuchar la arenga que el primer mandatario tucumano le transmitió como representante de los hinchas de Atlético, de sus familias y de todo el pueblo tucumano, se olvidó del cansancio y salieron como leones a buscar el triunfo.

Con el campeonato en el bolsillo los decanos se trasladaron a Mar del Plata y desde allí tras unos días de merecido descanso en la feliz, retornaron al Jardín de la República donde los esperaban como verdaderos héroes.

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El plantel

El plantel campeón estuvo integrado por: Gregorio García, Jorge Amaya, Gutiérrez, Hugo Ginel, Antonio Graneros, Rafael Albrecht, Martín Canseco, Antonio Tejerina, Miguel Muñoz, Epifanio Ortega, Ibarra Castillo, Manuel Iñigo, Juan Mario Fernández y Carlos Argañaraz, dirigidos técnicamente por don Roberto Santillán.

Para festejar este título, Atlético Tucumán fue invitado por la AFA a disputar un amistoso con la Selección Argentina, cotejo que se jugó el 25 de febrero de 1960 en cancha de Huracán, despertando una gran expectativa en los tucumanos. El partido terminó empatado 2 a 2.

El recibimiento en Tucumán

La delegación llegó a Tucumán el 3 de febrero, pasadas las 20, fue recibido por más de cien mil personas que ganaron las calles para saludar a los Campeones de Campeones. En caravana, todos se dirigieron a la plaza Independencia, luego pasearon por las calles de la ciudad y culminaron en el Monumental, donde los festejos se extendieron hasta altas horas de la madrugada.

 

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Récord de títulos consecutivos

El título logrado en la ciudad de Tres Arroyos fue la frutilla del postre de aquellos gloriosos años, los Decanos lograron entre 1958 y 1964, 8 campeonatos consecutivos anuales de la Federación Tucumana, en un récord histórico que hasta hoy perdura, sumado esto a que luego de obtener el campeonato en 1960, casi todo el equipo campeón es transferido al fútbol de Buenos Aires: Rafael Albrecht a Estudiantes de La Plata y luego a San Lorenzo, Martín Canseco a Argentinos Juniors, Miguel Muñoz a Estudiantes, Jorge Amaya a Newell’s, entre otros.

Además Hugo Ginel es convocado a la selección olímpica que participa de los juegos olímpicos de Roma que se disputarían ese año en agosto.

Fuente: Libro “100 Ídolos Tucumanos” 1912 – 2012 Del Centenario al Bicentenario de la Batalla de Tucumán de Víctor F. Lupo (Ed. Corregidor 2013)

Enero 2015.

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A 38 años de su deceso: Pascualito Pérez el gran campeón

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Dedicaba grandes victorias "al General" plena <Revolución Libertadora<

Por: José Luis Ponsico (*)

pascual y peron



El 22 de enero del ´77, dejó de existir el mendocino Pascual Pérez, uno de los notables boxeadores argentinos de todos los tiempos. El recuerdo remite a su <vocación peronista<. Hoy, lo hace también perdurable por los acontecimientos políticos que se viven en un país dividido.

El popular "León mendocino" murió con 50 años, la salud quebrantada cinco años antes. En los Juegos Olímpicos de Londres´48 sorprendió al italiano Spartaco Baldinelli. Trajo la medalla de oro.
Repitió ya profesional con destreza y guapeza -gran pegada para boxeador 1.52 estatura y 48 kilos- al vencer al japonés Yoshio Shirai. Conquistó primer título de campeón mundial, Japón, noviembre´54.
En otra memorable pelea con Shirai, noqueó allá seis meses más tarde. Pegaba fuerte y poseía una técnica basada en el ataque. Era uno de los favoritos del "Deporte con Perón".
Lo suyo fue más lejos en su condición de "chiquito guapo, muy valiente" como lo definían sus miles de admiradores. En pleno auge de la "Revolución Libertadora" reivindicó a Perón.
En medio de prohibiciones del régimen basado en el golpe cívico-militar, septiembre del´55, Pérez ratificaba su <vocación peronista<.
El gobierno de facto de Pedro Aramburu e Isaac Rojas instaló con severidad el art. 4161, marzo del´56, impedía citar a Juan Perón y a "Evita", fallecida en el´52.

 

campeon del mundo


Pascualito dedicaba sus defensas del título "al General" que debió transitar distintos países en los primeros tres años de exilio.
Perón residió en Panamá, República Dominicana y Venezuela hasta llegada a Madrid en los´60. Pérez le ganaba al filipino Leo Espinosa, por puntos, Buenos Aires en el´56. Empezaban sus dedicatorias.
Más tarde al cubano Oscar Suárez en Montevideo y en el´57 dos extraordinarios triunfos en estadios de fútbol. Cayó el galés Dai Dower en el "Viejo Gasómetro" de San Lorenzo
Pascualito noqueó al británico en el primer round ante el delirio del público, el 30 de marzo´57. En diciembre en "La Bombonera", repitió con el español Young Martín.
El visitante ganaba en Europa y lo <pintaron< difícil. El boxeador nacido en Rodeo del Medio, Departamento de Guaymallén, Mendoza, lo demolió en tres rounds. El 7/12/57.
En todos los casos, Pérez dedicaba triunfos "al General" sin nombrar a Perón, ante decenas de micrófonos y entrevistas periodísticas. En medio de furia <antiperonista<
Pascualito guiado por Lázaro Koci que había preparado también a José María Gatica, curiosamente otro "gran peronista del boxeo" en la época.
A 38 años de su deceso, <algo de justicia< para un gran olvidado. Vivió mucho tiempo "condenado" por ser peronista después que se retiró en entrevista periodística cumplida en Canal 10, Mar del Plata ante preguntas del cronista a fines del´72, sobre "su índole peronista", llegó la lacónica respuesta. Pérez solía decir a amigos y allegados: "No me perdonaron el coche que me entregó la "Fundación Eva Perón" al campeón olímpico. Marca De Soto y el abrazo del General..." concluía.

(*) Columnista de la Agencia Télam, AgePeBa y La Señal Medios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
5 de enero de 1909 Nacía un gran ídolo del boxeo - JUSTO SUÁREZ / El Torito de Mataderos

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Justo Suarez

 

Justo Antonio Suárez fue el primer ídolo popular que dio el boxeo argentino, si se considera que fue el primero nacido en una barriada humilde. Su trayectoria fue tan fugaz como su vida, legendaria y estelar. Tuvo todos los ingredientes: la irrupción en un deporte hasta entonces reservado a las clases altas, Luis Ángel Firpo incluído. Gloria inmediata, carisma, amores contrariados, enfermedad de la época (tuberculosis). Murió a los 29 años y el suyo fue uno de los grandes funerales de la ciudad y del país todo, comparable al de Yrigoyen, o al de otras fugacidades amadas popularmente, como Gardel o Evita Perón.

Desde entonces ocupó un lugar en el olimpo de la memoria colectiva de los argentinos. Y es inspiración notable en el campo de la estética, donde artistas de diversos lenguajes han generado obra trascendente motivados por su figura.

Es justo como su nombre e inevitable empezar por la cita del cuento que le dedicó nada menos que Julio Cortázar (“Torito”). Un notable artista plástico argentino, Edmund Valladares, tiene una Serie Cortázar y El Torito en su colección personal, con pinturas y dibujos que vinculan a los dos personajes. Aunque probablemente su logro más importante sobre el tema sea el monumento de bronce (5 toneladas) que realizó en 1994 y se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes, con auspicio de la UNESCO, para el homenaje a ambos personajes. Valladares, que maneja varios lenguajes artísticos, hizo también un filme titulado “I love you… Torito”.

Hay, entre otros, un importante antecedente: el gran Carlos Pérez de la Riestra, Charlo, grabó el tango “Muñeco al suelo”, con letra de Venancio Clauso y música de Modesto Papayero, compuesto en su honor allá por los años 30. Entre las recuperaciones actuales de su mitología, merece citarse “La visita”, cuento de alta factura sobre la agonía del Torito, escrito por Horacio Convertini. En abril de 2008, además, en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires se le rindió un homenaje, por pedido del Foro de la Memoria de Mataderos.

A propósito de la barriada habrá que recordar que hoy el Club Atlético Nueva Chicago, la institución emblemática de Mataderos, utiliza un torito verdinegro como ícono de identidad…

En esta nota se reproducen algunos textos periodísticos que resultan pinceladas mayores en la evocación.

Valga agregar que el Torito aprendió a boxear con sus hermanos, que habían improvisado un ring en el fondo de la casa familiar, como si fuese un “potrero” del boxeo. A los 17 años se inscribió en el Torneo Ciudad de Buenos Aires, en la categoría mosca, clasificándose campeón de novicios. Era una época en que el boxeo convocaba multitudes en el Parque Romano, en el Luna Park o inclusive en las canchas de fútbol, y descubierta su capacidad, el jovencito de Mataderos se hizo profesional pronto, con sólo 19 años.

Debutó con triunfo por KO frente a Ramón Moya, el 29 abril de 1928, en el Parque Romano. Con su entrenador y formador Diego Franco y con Pepe Lectoure, uno de los dueños del Luna Park, como manager, Justo Suárez comenzaba su trepada a la cima deportiva. Le ganó a Bianchi, a Mallona, a los hermanos Marfut, a Venturi, Fernández, Rayo, Paluso y a algunos más, para convertirse en “El Torito de Mataderos”.

Su triunfo consagratorio fue por el título argentino de los livianos ante el también legendario Julio Mocoroa “El bulldog de La Plata”, (ambos invictos) y se realizó el 27 de marzo de 1930 en la vieja cancha de River (Tagle y avenida del Libertador), ante más de 50 mil almas.

Como Firpo antes, como Gatica y Bonavena mucho después, intentó la conquista internacional. Se fue a los Estados Unidos. Y allí le ganó a varios en 1930. Pero cuando regresó a Norteamérica al año siguiente para intentar la conquista del título mundial, no pudo pasar la prueba fatal de batir a Billy Petrolle. Este era un probador de aspirantes al título y en el Madison Square Garden de Nueva York, el 25 de junio de 1931, noqueó al Torito en el noveno round. La derrota marcó su decadencia. Dos meses después empató una nueva pelea en Nueva York (con Emil Rossi), se le detectó la tuberculosis, padeció el abandono de su esposa, a sólo un año de casados…

Lo que resta alterna triunfo y tragedia, pero esta última se impone por la vía rápida. En el 32 noquea en primer round a Carli Orlando, lo que convoca a una multitud a la siguiente pelea en el Luna Park. Su hinchada anhela verlo sano y de vuelta, pero Víctor Peralta le gana por nocaut el título argentino. La gente abuchea al triunfador, lo juzga un verdugo. Peralta sólo hizo lo suyo, los problemas de fondo son otros.

El Torito vuelve en el 35, pese a todo. Se presenta en el Parque Romano ante Juan Bautista Pathenay. La pelea, que no se pudo hacer en el Luna Park, porque Pepe Lectoure se negó a auspiciar a un Torito que no estaba en condiciones físicas, terminó sin decisión: en el décimo round la tuberculosis recordó que en esa época era imbatible y que de aquél Torito sólo quedaba un fantasma. Lloró la gente y lloró el mismo Pathenay ante la situación. Sólo restaba la internación de Justo en un hospital de Cosquín, donde murió el 10 de agosto de 1938.

 

MURAL Justo Suarez

 

JUSTO SUAREZ, EL FENOMENO QUE SOBREVIVE

El boxeador que convocaba multitudes escribió las páginas grandes del deporte argentino.

POR HORACIO PAGANI (*)

Antes, en la prehistoria deportiva, se forjaban así los ídolos: de boca en boca, de emoción a emoción, de verdad a leyenda. Y no había dudas en la memoria popular. No hacía falta la evidencia de la televisión. Alcanzaba con el relato vertical y sincero, con el sentimiento compartido. Claro, se necesitaba pasta para llegar a la cima del reconocimiento, como siempre. O más que ahora, simplemente. Justo Suárez, el Torito de Mataderos, reunía todas las condiciones: infancia pobre, 24 hermanos, lustrador, vendedor de diarios, mucanguero (mucanga era la grasa liviana que bajaba por las canaletas de los mataderos), buena estampa, coraje ilimitado adentro del ring, simpatía afuera (si el afiche de su sonrisa se parecía a la de Gardel), fidelidad a su clase, amigo de los pibes, matrimonio joven con una telefonista, Pilar Bravo, Estados Unidos, ascenso social, voiture amarilla, ropa importada, caída estrepitosa, abandono de su mujer, miseria, tuberculosis y muerte a los 29 años. Por eso, cuando su cuerpo fue traído de Cosquín, y el cortejo fúnebre enfilaba hacia la Chacarita, una marea humana levantó el cajón y lo llevó en vilo hasta el Luna Park para ofrecerle el adiós agradecido en un velatorio de congoja memorable. Justo Suárez pasó como un relámpago por la vida. Llegó como un regalo de Reyes -la noche del 5 de enero de 1909- a una casa modesta, vecina a los corrales deMataderos, donde sobraban hijos y faltaba el pan. A los 9 años ya trabajaba, a los 19 era boxeador profesional y a los 29 todo había terminado. Le alcanzaron 29 peleas para convertirse en el ídolo de los argentinos, allá en los años 30, cuando golpeaba la crisis de la depresión económica mundial, cuando la figura de Luis Ángel Firpo se esfumaba en la memoria, cuando el boxeo -casi una rebelión contra la pobreza- convocaba multitudes en el Parque Romano, en la vieja cancha de River, en el Luna. La comunicación fue inmediata. Su velocidad, la potencia de sus golpes, su generosidad, su valentía, le valieron un campeonato de novicios, dos de veteranos y dos coronas sudamericanas, como aficionado. Tenía un estilo sin estilo, lo definió el recordado Félix Daniel Frascara. Categoría liviano, 48 peleas, todas ganadas, 42 antes del límite. Ya era el Torito y marcó el hito: la irrupción de la orilla en el mundo del boxeo, hasta entonces exclusivo de niños bien. Cada pelea suya era una fiesta. Camiones desbordantes de admiradores llanos, ruidosos y espectaculares, con sus matracas, bocinas y bombas de estruendos lo acompañaban. Lo formó Diego Franco, pero fue Pepe Lectoure (el tío de Tito) quien llevó el timón de su carrera. Pasaron Moya, Bianchi, Mallona, los Marfut, Venturi Fernández, Rayo, y algunos otros, hasta que llegó el momento clave: el choque por el titulo argentino con Julio Mocoroa, otro legendario. Justo era la imagen del barrio, el peleador frontal, el ídolo popular. Mocoroa representaba a la clase media, al estudiante de odontología, al estilista, al campeón. Ganó Suárez por puntos y trepó a la gloria deportiva, al esplendor mundano. Ya había ganado una fortuna cuando viajó por primera vez a Estados Unidos. Y arrasó. Glick, Perlick, Flower, Ray Miller, Kid Kaplan. En el segundo viaje -en busca del titulo mundial- tropezó con Billy Petrolle, el temible probador de figuras. Y perdió estrepitosamente en nueve asaltos. Perdió su primera pelea y perdió el amor de Pilar Bravo. El fantasma de la tuberculosis ya lo había atrapado. Y el declive fue cruel y vertiginoso. Víctor Peralta le quitó el titulo y se ganó el odio popular. Quiso volver, doblado por su enfermedad y lloró Pathenay, su último vencedor, como lloró el estadio entero, frente a esa caricatura de boxeador que quería seguir peleando contra su propia sombra. Murió tres años después, el 10 de agosto de 1938, en un hospital de Cosquín, con la única compañía de su hermana, en la miseria total y con la sonrisa ojerosa. No importa si se lo vio o no sobre un ring. La memoria popular lo hizo ídolo. El primero del boxeo argentino. Y por eso la proyección no tiene límite en el tiempo.
(*) Publicado en “Clarín”, Buenos Aires, el 10 de agosto de 1998.

EL DERRUMBE DE JUSTO SUÀREZ (*)

De aquellos tres hombres que ocuparon el rincón queda uno solo. De aquellos tres argentinos que llevaron la esperanza de un triunfo consagratorio queda uno solo. Justo Suárez, el ídolo, terminó su vida derrumbado en el anonimato de un pueblo cordobés. Igual que dos de 23 hermanos, fue consumido por una tuberculosis que se declaró antes de los 30 años.

Tampoco está más su manager, Pepe Lectoure…

Queda, en cambio, el hombre que lo entrenaba. El hombre que convivió con él en los momentos de triunfo y el acelerado final. Hoy don Enrique Sobral tiene 73 años. Y de un armario lleno de polvo y recuerdos ha sacado para brindarnos, el álbum con la vida de Justo Antonio Suárez. Hay que pasar muchas páginas para llegar hasta este capítulo, que en el álbum tiene la sentencia de un título con imagen de lápida: “Final de Justo”.

Don Enrique nos va a contar qué pasó aquella noche. Pero nos pide primero que lo escuchemos, porque necesita narrar todo lo anterior. “Cuando Suárez fue a pelear con Billy Petrolle ya no era más el Suárez que todo el país había idolatrado. Su ciclo fue muy breve: empezó en el 29 y terminó en el 32. En su vida hubo un episodio que lo cambió todo: su enamoramiento de Pilar Bravo, una mujer excelente. Justo fue tan celoso que lo suyo era una enfermedad. Cuando conoció a Pilar, empleada de la Telefónica, no le importó más nada. Me acuerdo, por ejemplo, que él siempre llegaba al gimnasio una hora antes de lo establecido. Después, cuando se puso de novio y mucho más cuando se casó, era remiso al entrenamiento y me animo a decir que no le importaba nada. Por supuesto que sus celos eran infundados: Pilar lo respetaba y hacía todo lo posible por comprenderlo. Pero Justo se agarraba de cosas absurdas para crear escenas que a nosotros nos hacían preocupar. Hago esta referencia íntima porque es la única causa de la decadencia de Suárez. No fue castigado, ni saturado, ni exigido nunca: se vino abajo por ese problema. Por eso le cuento. Y mucho más porque en aquella pelea contra Billy Petrolle este problema personal se agudizó más que nunca.

“Ya en el viaje de ida Suárez había discutido con su mujer en el vapor North Prince. Ella llevaba una cadenita con la foto de sus padres colgada en el cuello y él se la arrancó porque no admitía que llevara cosas que no fueran de él. Lo mismo pasó una vez con un vestido: Justo no permitía que su esposa usara ropa que él no le hubiera regalado. Yo opino que después de la pelea con Mocoroa (que ganó Suárez por puntos) su standard bajó en un 50 por ciento. Ibamos a Nueva York por segunda vez, más que nada porque había un contrato para pelear con Petrolle y teníamos que cumplirlo. En el primer viaje, Justo ganó sus cinco peleas: a J. H. Perlick por puntos; a Bruce Flowers por nocaut en el 6º; a Ray Miller por puntos, y a Kid Kaplan por puntos también.

“Como se dan cuenta, había dejado una gran impresión y Lectoure hizo todo lo posible para que le dieran la pelea por el título mundial. Pero para eso había que ganarle a este Petrolle, una especie de “probador” de todos quienes aspiraban a la corona. Al Singer era el campeón y había dicho: “Si le gana a Billy le daré la chance”.  Por eso fuimos. Pero ya aquí habíamos notado que no andaba bien. Nos dimos cuenta cuando noqueó a Juan Carlos Casalá en Montevideo. Esa noche Casalá lo tiró en el tercer round y Suárez sacó una mano providencialmente. Con la que noqueó al “Brujo”.

“Conociendo su temperamento y sus reacciones, resolvimos separarnos en Nueva York: él alquiló un departamento para vivir con su esposa y con su suegra. Lectoure y yo alquilamos otro, muy cerca: en la 74 y Broadway. Pero faltando 20 días le sugerimos a Suárez concentrarnos. Después de muchas discusiones lo aceptó y por primera vez se separó de su mujer. Nosotros estábamos en el Orange Bur de Nueva Jersey, un campo donde también se entrenaba Billy Petrolle. Pensamos que esto sería una solución; pero fue al revés. Por las noches Justo se despertaba y llamaba a su esposa. Se sentaba en la cama y ya no dormía. Hacía mil llamados telefónicos al departamento de Nueva York y hasta le escribía cartas. En una palabra: vivía atormentado por la separación y su mente estaba más en su esposa que en la pelea. Yo le recordaba siempre a Lectoure que antes Suárez hablaba de la pelea, del rival y de cómo haría para vencerlo. Ahora, Justo sólo nos hablaba de su esposa, nada más que de su esposa, sin importarle nada Petrolle, Singer, ni el campeonato mundial”.

 

Justo Suarez con el amor de su vida en un fresco

 

LA CAÍDA EN EL PRIMER ROUND

“Subimos al cuadrado después que Petrolle. El referee lo llamó al centro del ring para dar las instrucciones. Suárez sabía que cuando la campana tocaba no había más saludos. Sin embargo, esa noche lo olvidó y cuando fue a saludar a Petrolle este lo recibió con una izquierda en la punta de la pera. ¡Quédate!, le gritaba yo al verlo borracho. ¡Quédate!, le volví a gritar, sabiendo que era mejor esperar los 9 segundos. Pero Justo, un boxeador excepcional como no hubo otro, se levantó y así, inconsciente y todo sacó un derechazo a la cabeza que hizo retroceder a Petrolle. Suárez tenía una gran virtud: rotaba la cintura y la mano salía acompañada. Eso había hecho. El ítalo-americano, al recibir el impacto, se frenó y comenzó a respetarlo. Estoy seguro que si Petrolle lo apuraba lo sacaba por nocaut en esa vuelta. Suárez estaba mal entrenado, no tenía piernas y después de recibir el primer golpe quedó completamente sentido. Cuando vino al rincón nos dijo: “Pega fuerte y no lo veo”. Era la primera vez que Justo nos decía una cosa así. Sin embargo, ¡mire lo que son las cosas!, borracho y todo como estaba, volvió a sacar su derecha en cross en el segundo round y Petrolle tambaleó. La gente lo aplaudió y comenzó a alentarlo. Petrolle era favorito 7 a 5 en las apuestas y a partir de ese momento mucha gente se dio vuelta. Hasta el quinto round, la pelea era pareja. Pareja porque el norteamericano se manejaba prudentemente. El veía que Suárez estaba cansado y sabía, además, que no estaba en buenas condiciones físicas. Es decir, especulaba con el cansancio para darle más ritmo desde el quinto round en adelante”.

EL CASTIGO A LA ZONA BAJA

“En el sexto la pelea cambió. Petrolle comenzó a pegarle abajo con ganchos cruzados y lo tuvo varias veces al borde del nocaut. En el noveno todo terminó. Petrolle lo llevó contra las sogas y lo castigó violentamente. Ya Justo no respondía y aunque sacó una mano en directo, ésta no tuvo ninguna fuerza. Billy metió una izquierda en gancho al hígado y una derecha corta a la cara. Justo cayó de espaldas y trató de reincorporarse lentamente, apoyando la rodilla derecha en el tapiz. El se quería levantar, pero le volvimos a gritar que se quedara, que no valía la pena.

“Claro, Justo era muy guapo, muy valiente de verdad y no aceptaba una derrota tan categórica. Era la primera vez que perdía por nocaut y la primera vez, también, que bajaba derrotado de un ring.

“Después de aquel combate le aconsejamos que descansara, que se fuera a California con la esposa y la suegra. No quiso saber nada. Cuando volvió, hizo la pelea con Víctor Peralta por el título y perdió. Nuestra idea era que dejara de boxear. Pero Justo, que ya por ese entonces se había separado legalmente de su mujer, intentó seguir boxeando. La separación lo había afectado de tal manera que comenzó a hacer una cosa que antes nunca había hecho: tomar. No comía, no descansaba, no dormía: sólo tomaba. Cuando enfrentó a Pathenay en el Parque Romano, este se apiadó de tal manera que no quiso pegarle. La imagen de Suárez en el final inspiraba eso: piedad”.

Don Enrique Sobral ha evocado aquella derrota con Billy Petrolle. Su álbum de polvo se cierra. Queda dentro la sonrisa del “Torito de Mataderos”. Una sonrisa fresca, cordial. Una réplica a su final triste, dramático.

(*) “El Gráfico”, Edición Especial Nº 14.

Como muy bien lo sintetizara el periodista Osvaldo Principi: “Justo fue el único deportista que murió de amor”.

Fuente: Libro “100 Ídolos Porteños” de Horacio del Prado y Víctor F. Lupo

Capítulo 13 - Página 46

Editorial Corregidor

5 enero de 2015

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19 de octubre 1948 - La Buenos Aires – Caracas

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El automovilismo une a los pueblos sudamericanos

froilan fangio y marimon

Domingo Marimón es el ganador

Marimón desde muy chico comenzó a trabajar en el taller mecánico de su padre en Zárate, Buenos Aires, donde había nacido el 18 de mayo de 1903. En 1922 llegó a la ciudad de Cosquín, en la provincia de Córdoba, para tratar su grave enfermedad: la tuberculosis. Allí Domingo Marimón se radicó definitivamente en 1928. Trabajando de taxista y chofer, fue aprendiendo los secretos de los caminos sinuosos de las sierras cordobesas, para luego instalar, como propietario, una casa de Pompas Fúnebres.

Debutó como corredor de automovilismo en 1931, en una competencia de fuerza Libre y Limitada en el circuito de “La Tablada”, emplazado en su ciudad adoptiva: finalizó en el segundo lugar con un Chevrolet 6 cilindros. En el Gran Premio “Virginio F. Grego” de 1936 aparece ya en el Turismo Carretera, aunque en esta primera experiencia en “el circo de las cupecitas” tiene que abandonar. Su primera victoria la consigue en  1938, en el circuito de “El Borbollón”, Mendoza, con el Ford de Osvaldo Parmigiani. Tiempo después llegaría a  integrar el equipo oficial de Ford junto a “monstruos” de la categoría como Ángel Lo Valvo, Oscar Gálvez y Ricardo Risatti.

Entre los años 1939 y 1946, las competencias automovilísticas en nuestro país sufrieron las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, con la falta de neumáticos y combustibles, por lo que hubo un paréntesis obligado en los Grandes Premios de Turismo Carretera.

Se vuelve a las competencias oficiales con el “Gran Premio Internacional de 1947” y Domingo “Toscanito” Marimón, según cuentan los memoriosos, fue quien le dio el apodo de “chivos” a los autos de la marca que defendería para siempre a partir de esta carrera. Con su Chevrolet Nº 11, ganó la primera etapa (Buenos Aires – Santiago de Chile), aventajando a Oscar Gálvez, en una etapa donde abandonaron 34 corredores y el Chevrolet de Jorge Descotte cayó por un barranco. En la segunda etapa se retiró cuando estaba segundo, detrás de Juan Manuel Fangio, en la ciudad de La Banda, Santiago del Estero, descontento por un fallo de los jueces de la carrera.

En 1948, “Toscanito”, apodo con que se lo conocía por andar siempre con un toscano en su boca, pese a su enfermedad, al comando de su Chevrolet Nº 12, parte desde el Automóvil Club Argentino en Buenos Aires el 19 de octubre, rumbo a la ciudad de Caracas, Venezuela, sin imaginarse que esa prueba lo anotaría entre lo más granado del TC.

Esta carrera ya había sido planeada por el Automóvil Club Argentino (ACA) allá por 1930, pero que por diferentes problemas, económicos y políticos, no se podía realizar. En 1942, el tenaz y creador dirigente del automovilismo argentino, Francisco “Pancho” Borgonovo, había realizado un relevamiento de la ruta hasta Caracas por lo que, a comienzos de 1948, la carrera ya estaba en proceso de gestación. En un principio sería desde Caracas hasta Buenos Aires, pero el costo de traslado de vehículos, pilotos y mecánicos, sumado a la necesidad de tener los medios mecánicos listos dos meses antes, hizo que la cosa fuera al revés.

El presidente Perón, con su idea americanista, fue quien hizo posible este sueño de los “tuercas argentinos”. Así había nacido la Buenos Aires-Caracas.
En la carrera histórica del Turismo Carretera, Domingo “Toscanito” Marimón consigue su triunfo más rutilante, al consagrarse vencedor del “Gran Premio de América del Sur”, más conocida como la “Buenos Aires – Caracas, sin ganar ninguna de las 14 etapas con que contaba la prueba.

Oscar Alfredo Gálvez (descalificado en el final) había ganado 7 etapas, su hermano Juan 5, una Fangio y la otra, Víctor García.

Luego de recorrer las incipientes rutas sudamericanas, Marimón emplea para esta travesía de 9.575 Km. con 800 metros, 118 horas, 37 minutos, 18 segundos, aventajando en la Clasificación General por 12 minutos al juninense Eusebio Marcilla (“El Caballero del Camino”). Apenas enterado de su triunfo (luego de la descalificación de Gálvez) Marimón le dedicó el triunfo a su colega Marenghini, quien en el camino, le había facilitado la maza (el cubo de la rueda) de su Chevrolet, porque el suyo estaba destrozado.

“Toscanito”, además de la gloria de ganar la carrera más recordada de los hinchas del TC, se hizo acreedor a la importante suma de 113.000 pesos.

Final polémico

El primero en cruzar la línea de llegada de la última etapa fue el mendocino Víctor García al mando de un Ford. Tras él llegaron Marcilla, Marimón, López y Ataguile. Contento con su segundo puesto, “Toscanito” empezó a ver qué pasaba con Gálvez. Pero Oscar Gálvez no llegaba y el destino le había reservado algo inesperado. Oscar se acercó a la meta empujado por un Buick de última generación; porque su cigüeñal había dicho basta y el Ford no podía andar por sus propios medios. Con la ayuda de un pronunciado declive y un más que evidente empujón, el Aguilucho cruzó la meta entre aplausos y vítores, creyendo ser el ganador.

Arrancado del auto por una increíble muchedumbre, y cuando era llevado en andas, fue informado por el Comisario Deportivo de la prueba, Fulvio Pastor, que debido a esa última maniobra su arribo a Caracas no había sido registrado como válido. Los fiscalizadores comprobaron también que el motor estaba frío, y que hacia rato que no estaba en marcha.

Minutos más tarde, y en plena discusión, el acompañante de Oscar, Federico Herrero arrancó el Ford y, como pudo, lo hizo cruzar la meta. Este hecho también fue considerado en contra el reglamento, ya que sólo el piloto podía conducir el auto. Todo era confusión y desilusión para el “pobre” Oscar. El reglamento era claro: descalificación, aunque para la gente venezolana era el ganador.

Tras la decisión de su sanción, y seguramente mal aconsejado, Oscar apeló la medida y hasta le envió un telegrama al presidente argentino Juan Domingo Perón, solicitándole que mediara en la cuestión.

Como respuesta del primer mandatario recibió el siguiente texto: "¿Hay reglamentos? Pues que se cumplan".

Marimón nunca había actuado en política, aunque era afiliado a la Unión Cívica Radical de la provincia de Córdoba. Nunca un político se le había acercado para ayudarlo en su campaña deportiva ni saludarlo. Pero luego de llegar vencedor a Caracas, recibió un conceptuoso telegrama del gobernador cordobés, Amadeo Sabatini quien felicitaba efusivamente al “prominente correligionario en su espectacular triunfo que honra al Partido...”. Sabatini había querido imitar al Presidente Perón.

“Toscano”, era muy amigo de otro corredor de TC, el doctor Pablo Mesples, con quien siempre andaban juntos por las rutas, los boxes o los asados que siempre acompañaban las carreras. Él con un sentido de “humor negro” explicaba que “no podía haber otra cosa que armonía y complemento, entre médicos y funebreros”.

Participó cuatro veces del Gran Premio ”Las Mil Millas” y aunque en las cuatro logró en algún momento puntear por tiempo, nunca pudo terminar estas pruebas por desperfectos mecánicos.

En la primera carrera en dos etapas, los días 25 y 26 de febrero de 1950, la “Vuelta de Santa Fe”, Marimón se alza con la última victoria de su campaña y su primera carrera zonal.

Su última carrera fue en 1955 en el Parque Sarmiento de Córdoba. La prueba, había sido organizada por la Asociación Cordobesa de Volantes de TC a beneficio de las víctimas de la “Revolución Libertadora”.

Abandona la práctica del automovilismo debido a la gran depresión anímica en la que se encontraba a causa de la trágica muerte de su hijo Onofre “Pinocho”, cuando su Maserati chocó contra un árbol disputando el Gran Premio de Alemania de Fórmula1, el 31 de julio de 1954.

Ese año fue, más allá de la tristeza por la tragedia, extraordinario desde el punto de vista estrictamente competitivo para el automovilismo argentino, porque Juan Manuel Fangio con 42 puntos, conseguía su segundo título mundial mientras que José Froilán González era el Subcampeón Mundial de la categoría con 25 puntos. Pero otros argentinos como Roberto Mieres con 6 puntos fue noveno y su infortunado hijo Onofre, quedó en el décimo lugar con 4 puntos, cuando ya le habían ofrecido ser el piloto número uno de Ferrari para el año siguiente. También en 1954 participaban de estas pruebas internacionales los argentinos Clemar Bucci con Gordini y Jorge Daponte con Maserati.

El 30 de junio de 1981, Domingo “Toscano” Marimón con el recuerdo de su hijo a cuesta, en un accidente fatal se pegó un tiro de escopeta mientras estaba limpiándola, falleciendo en el hospital Privado de Córdoba.

Fuente: Historia Política del Deporte Argentino

Ediciones Corregidor

Octubre 2014.

 

 

 

 
 

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