Deportistas en el Recuerdo
16/08/2005: El tucumano JUAN ARMANDO BENAVIDEZ - “El doctor del fútbol”

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20160915Paton Benavidez

A principios de la década del ‘40 aparece uno de los jugadores más exquisitos de fútbol nacidos en la Argentina. Lo llamaban "el Patón" o "el doctor del fútbol", como lo bautizara Félix Daniel Frascara, periodista de la Revista El Gráfico, por la calidad para transitar el campo de juego y además ser un goleador. Su nombre fue Juan Armando Benavídez, nacido el 20 de setiembre de 1927, en el barrio “Villa Obrera” de la ciudad de Tafí Viejo, provincia de Tucumán.

Luego de un paso fugaz por el club Independiente de la provincia (ya desaparecido) pasó al “decano” Atlético Tucumán. Entre los años 1942 y 1946 Atlético conformó uno de los más grandes equipos de todos los tiempos. Al mismo lo integraban: Fiori, Cerrutti y Ponce, Chalin, Crespín y Jaime, González, Benavídez, Martin, Martínez y Rojas. Este equipo lleno las vitrinas de la Institución de trofeos y la vista de los tucumanos por el alto nivel de juego. En el mencionado período gana los campeonatos anual y absoluto de 1942, el de competencia, anual y absoluto de 1944, el competencia 1945 y el competencia de 1946. Benavídez fue vendido a fines de ese año a Estudiantes de La Plata y con ese dinero se construiría la tribuna del estadio que da sobre calle Chile, con lo cual se terminaba la construcción de los cuatro sectores llevando su capacidad a más de 15.000 espectadores.

Estudiantes lo prestó para que Newell´s Old Boys (NOB) de Rosario, club que lo llevará a una gira por Europa a fines de 1949. Benavídez la "rompió" en esa recordada gira del "rojinegro" por España, Portugal, Alemania y Bélgica, antes de quedarse en Ñuls.

De allí “el Patón” se trasladó al barrio Boedo en la Capital Federal para jugar en San Lorenzo de Almagro, intentando hacer olvidar al gran René Pontoni, que con el “éxodo de la huelga  1948” se fue a jugar a Colombia. En los “Santos de Boedo” el tucumano se convirtió en un jugador de “Galera y Bastón” como se le dice a los jugadores de calidad, para delicia de los hinchas santos.

Con algunas características físicas Benavídez se asemejó a su antecesor en Ñuls, San Lorenzo y la selección, el gran René Pontoni. Para buena parte de la cátedra "el mejor centrofoward de la época". Por lo tanto, el legado para el tucumano Benavídez fue motivo de orgullo pero también "una carga".

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En San Lorenzo hizo 69 goles en 131 partidos jugados entre 1951 y el ´55. Benavídez fue un "9" lleno de inteligencia y habilidad que se destacó muy pronto. Por eso fue llamado a la selección nacional donde jugó un solo partido, antes de ser transferido al Atlético Madrid, España.

En el ´56 su llegada al popular "Aleti" estuvo precedida de gran expectativa. "Llega el otro Alfredo Di Stéfano" decían los hinchas del Atlético Madrid. Pero allí no le fue bien. Estaba falto de entrenamiento, había estado parado algún tiempo y se mostraba lento. Benavídez en un gesto de grandeza ofreció rescindir el contrato a los dirigentes del “colchonero madrilista”.

Pero a mediados de la ‘56 lo fichó el “Español”, club en el que permaneció tres temporadas siempre como titular indiscutible.

Tras su paso por el club catalán y ya con treinta y un años es fichado en el verano de 1958 por el Granada. Con una pareja de argentinos (Benavídez – Carranza) como delanteros, un equipo muy bien armado y no exento de buen fútbol, el Granada era una máquina de hacer goles. Y de esa manera consiguió el club rojiblanco la mayor proeza de su historia, el subcampeonato copero del año 1959. Vázquez, Carranza, Loren, Benavídez y Arsenio forman el inmortal quinteto en rojiblanco protagonista de la gesta. La prensa española contaba que su estilo de jugador lo acercaba, en la destreza, a los movimientos de un torero.

Con 33 años pasó a jugar en el Málaga, y contribuyó a devolverlo a primera división en 1962. Allí en la ciudad de Málaga se afincó una vez retirado del fútbol nacionalizándose español.  Cultivaba bajo perfil, vivía austeramente, no iba a ver fútbol y sólo lo seguía por televisión.

El 16 de agosto del 2005, antes de cumplir 80 años, el taficeño “Patón” Juan Armando Benavídez dejó de existir en Málaga.

“El doctor Benavídez” según Sanfilippo

Para el gran goleador José Francisco “Nene” Sanfilippo, "Pontoni y el tucumano Benavídez fueron dos de los mejores centrodelanteros de San Lorenzo de toda la historia. El tercero, Omar Higinio García".

"A Pontoni lo tuve como técnico en la Tercera y hasta alcancé a jugar un par de partidos con él en Reserva. Fue en el ´54, parecía que jugaba en patines. Venía de dos operaciones de rodilla y era un jugador distinto", destaca. "Con el tucumano Benavídez jugué parte del ´53, yo tenía 17 años cuando debuté en Primera y él ya era un ´crack´ y ése año además fue goleador del campeonato junto con Juan José Pizzuti. Hicieron 22 ó 23 goles cada uno", recordó. "Benavídez, era un pensante, resolvía siempre con mucha inteligencia todas las jugadas", concluyó Sanfilippo.

Fuente: Libro “100 Ídolos Tucumanos” de Víctor F. Lupo

Capitulo 18 – Página 100

Editorial Corregidor

Setiembre 2019

 

 

 

 

 

 
23/07/1952 - Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero: Medalla de oro olímpica en remo para nuestro país

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Tranquilo Capozzo nació en Estados Unidos el 23 de enero de 1918 y, muy chico, llegó a la Argentina para vivir junto a su familia. Se inició en la vida deportiva como ciclista, pero en 1945 en el Club Canottieri Italiani del Tigre, comenzó a participar en las competencias de remo, llegando tres años después a ser semifinalista de los Juegos Olímpicos de Londres 1948, como singlista. En estos Juegos Olímpicos se obtuvieron siete medallas para nuestro país: ATLETISMO (Maratón) – ORO: Delfo Cabrera - BOXEO (51kg) – ORO: Pascual Pérez; (Peso Pesado) – ORO: Rafael Iglesias; YACHTING (Clase 6 metros) – PLATA: E. Sieburger, J. Sieburger, Homs, de la Torre, Rivademar; ATLETISMO (Salto largo) – PLATA: Noemí Simonetto; TIRO (Pistola Veloc.) – PLATA: Carlos Díaz Sáenz Valiente y BOXEO (80kg) – BRONCE: Mauro Cia.

Diez años más grande que el singlista Eduardo “Burro” Guerrero, no estaba muy de acuerdo de formar pareja con él, de quien era rival en las aguas del Canottieri Italiani. Pero ya juntos se convirtieron en “socios de la gloria”, ganando todas las carreras en las que participaron entre los años 1950 y 1952

Fueron campeones argentinos en 1950 y sudamericanos en la ciudad de Valdivia (Chile) en 1951.

Sin pensarlo Capozzo y Guerrero se convirtieron en los deportistas más recordados de los últimos 50 años, ya que ganaron el 23 de julio de 1952, durante los Juegos Olímpicos de Helsinki (Finlandia), la medalla de oro en la categoría “Doble Scull” o “Doble Par” de remo.

Sin pretenderlo, llegaron a convertirse en una “utopía histórica”, ya que ésta sería la última medalla de oro ganada por Argentina en Juegos Olímpicos.

Las carreras previas a la final olímpica la ganamos por paliza”, recuerda el “Tano” Capozzo.

En la carrera final largaron en cuarto lugar y con acción sostenida y vigorosa fueron superando a sus rivales y en la mitad del recorrido alcanzaron la punta, para luego aguantar el avance final de los rusos (los mejores del mundo hasta entonces) y ganarles por seis segundos con un tiempo de 7m 32s 2 décimas, ante la algarabía de su entrenador (el policía rosarino Mario Robert) y los gritos del relator José María Muñoz: “Argentina… Argentina… Argentina… campeón olímpico”, que transmitía para la “Oral Deportiva” de radio Rivadavia, en directo para nuestro país esa carrera junto a Luis Elías Sojit.

El enviado especial del diario “Clarín”, Julio Gandasegui, los calificó de “Héroes” en una nota para ese medio. Luego de este triunfo el “Viejo” Capozzo, como le decía su compañero Guerrero, se retiró de la actividad y se fue a vivir por una década a Bolivia.

Y pasaron medio siglo y muchos Juegos y muchas Olimpíadas y en todo este tiempo fue solo otro remero, el recientemente fallecido Alberto Demiddi, quien más cerca estuvo de lograr la “hazaña”, en los Juegos Olímpicos de Munich 1972, donde siendo el gran favorito para lograr el oro olímpico, ganó la medalla de plata.

El “querible” Tano Capozzo falleció el 14 de mayo de 2003, en la provincia de Córdoba y sus cenizas fueron esparcidas por el Río Luján, lugar que él amaba, el sábado 24 de mayo. “Fue en sí mismo una escuela de vida, un gran ejemplo para los jóvenes” explicó su compañero en el agua y en la vida, Guerrero.

El remo argentino ganó 4 medallas en la historia de los Juegos Olímpicos: bronce en Berlín 1936, oro en Helsinki 1952,  bronce en México 1968 y plata en Munich1972 (estas dos últimas por Demiddi).

Fuente: Libro “Historia Política del Deporte Argentino” (1610-2002) de Víctor Lupo

Ediciones Corregidor 2004

Capítulo XXXVIII - Página 299

 

Eduardo Guerrero

Nació el 4 de mayo de 1928 en la ciudad de Salto, provincia de Buenos Aires y junto a Tranquilo Capozzo ganó el miércoles 23 de julio de 1952, en los Juegos Olímpicos de Helsinki (Finlandia), la medalla de oro en la categoría “Doble Scull” o “Doble Par” de remo. Esta sería la última medalla de oro ganada por Argentina en unos Juegos Olímpicos.

“Fue un acierto el cambio de que el Tano fuera a la proa y yo a la popa del bote, además del rompeolas que el “Viejo” Capozzo inventó para que el bote surcara mejor los 1.500 metros del revuelto lago de Helsinki”, recuerda Guerrero, mientras acota: “El  Tano Capozzo, diez años más grande que yo, había sido semifinalista de single en los Juegos Olímpicos de Londres 1948 y no estaba muy de acuerdo de formar pareja conmigo, porque yo era muy charlatán y él, muy serio, secote. En su vida particular trabajaba como mecánico especializado en cerramientos. Para esto viajaba 4 horas desde puente Alsina y trabajaba durante 9 horas. Con lo que le quedaba de tiempo entrenaba conmigo. Todo un ejemplo de vida”

“Pero ya juntos, representando al Club Canottieri Italiani, fuimos invencibles. Campeones argentinos en 1950, sudamericanos en Valdivia (Chile) en 1951 y medalla de oro en Helsinki 1952”, explica Eduardo.

“Antes de ir a los Juegos, intentamos que Domingo “el Mingo” Pérez (el mejor constructor de la época) nos pudiera construir un bote, porque sabíamos que con un bote suyo ganábamos seguro. Pero en el club no alcanzaba la plata y por consejo del mismo Pérez le hablamos al presidente de un club de San Nicolás que tenía abandonado un bote que había construido. Nos prestaron ese bote y comenzamos a repararlo. Pesaba alrededor de 36 kilos cuando nuestros rivales corrían con botes de 24 kilos”, cuentan a dúo los medallistas de oro argentinos.

Al llegar a Helsinki el bote reparado con tanto esmero se había roto al bajarlo del barco. Y Eduardo Guerrero, con su carácter extrovertido y simpático, logró convencer a sus rivales a vencer, los rusos, para que se apiadasen de ellos y sus mecánicos le reparasen el bote, ya que no tenían ni siquiera herramientas para hacerlo.

Ganaron con facilidad las dos pruebas previas a la gran final olímpica. En la carrera final largaron en cuarto lugar hasta los 500 metros, remando con 44 golpes mientras sus rivales lo hacían en 30, para ahorrar energías. Pero con una acción sostenida y vigorosa fueron superando a sus adversarios y ya en los 800 m. del recorrido alcanzan a los otros competidores tomando la punta a los 1000 m., ya remando en 28 golpes (según el rosarino Robles, especialista que ayudaba a Muñoz  en la transmisión para la radio) y aguantando el avance final de los rusos, para ganarles la competencia por seis segundos, con un tiempo de 7m. 32s 2 décimas (a unos tres botes de distancia).

“Al regreso al país nos recibieron Perón y Evita, pero después no pasó nada. Las autoridades del remo ni siquiera nos convocaron para entrenar a los equipos de la especialidad” se queja Guerrero, quien siguió compitiendo para el club de La Marina y luego pasó al Hispano Argentino.

“Yo estaba como para participar en dos olimpíadas más. Andaba muy bien en single. Pero junto a otros deportistas fuimos declarado profesionales por revanchismo político, del cual no teníamos nada que ver. Tenía que cuidarme hasta de pisar una baldosa floja para no ser castigado”,contó con toda su bronca Eduardo Guerrero, en el programa de radio “Por deportes” de Víctor Hugo Morales en Radio Continental, al cumplirse 50 años de la última hazaña deportiva argentina.

Guerrero, quien también fue jugador y entrenador de rugby de Deportiva Francesa, realizó como conductor de esta institución, una histórica gira por Europa.

Con más de 70 años siguió entrenándose arriba de su bote fomentado este deporte entre los jóvenes. También construyó el Museo Olímpico Rodante, que contiene material fílmico de la historia olímpica sumado a videos educativos de Ecología y Educación Vial. Guerrero normalmente lo traslada a distintas provincias argentinas para que lo conozcan.

Para un luchador deportivo como él, no hay nada ni nadie que lo detenga en su afán educativo.

En enero del 2003, gracias al apoyo de la Secretaría de Deporte de la Nación, realizó una travesía de más de 1.928 kilómetros, desde la ciudad de  Puerto Iguazú, en Misiones, río abajo para remar por más de 30 días, hasta llegar al puerto de Olivos, en Buenos Aires. En cada pueblo que se detenía, dedicaba su tiempo de descanso a conversar con jóvenes que se interesaban por su hazaña olímpica, seguramente contadas por sus abuelos o padres. Guerrero agradeció en forma especial a Daniel Scioli por la ayuda que le dio para hacer este raid, que lo había soñado desde hace varias décadas.  

Eduardo Guerrero junto a Noemí Simonetto (integrantes de la Asociación de Atletas Olímpicos) fueron quienes más trabajaron para que saliera el Decreto Presidencial 1008 del año 1991, por el cual se reglamentó la Ley 23.891, de Pensión a los Medallistas Olímpicos. Gracias a su lucha y esta Ley, figuras del deporte argentino o familiares directos de quienes ganaron medallas olímpicas, hoy están cobrando una pensión del Estado, para poder sobrevivir dignamente.  

Fuente: Libro “Historia Política del Deporte Argentino” (1610-2002) de Víctor Lupo

Ediciones Corregidor 2004

Capítulo XXXIX - Página 303

 

 

 

 

 
 
18/06/1937 debuta ANGEL LABRUNA - El goleador eterno del Club Atlético River Plate

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Ángel Amadeo Labruna, símbolo máximo del jugador e hincha del Club Atlético River Plate, nació en Las Heras y Bustamante, el 28 de septiembre de 1918. Por esa razón y desde 2003, el 28 de septiembre se celebra el Día Internacional del Hincha de River…

La familia ocupaba una casona con un local al frente: la relojería de Don Ángel Labruna, quien soñaba que algún día la heredarían sus tres hijos, Nélida, Angelito y Eduardo, “el Cholo”.

 

Sin embargo, vivían demasiado cerca de la cancha de River, que por entonces se encontraba en avenida Alvear y Tagle. Y en una ciudad de adoquines y tránsito escaso, que permitía a los chicos jugar a la pelota sobre el empedrado, ya que los autos pasaban muy espaciadamente, el “Gordo”, como le decían a Angelito por entonces, era un apasionado del fútbol y soñaba con mecanismos de relojería distintos, como el que hacia 1941 haría funcionar la famosa Máquina de Muñoz, Moreno, Pedernera… ¡Labruna! y Loustau.

 

Cuando su padre lo descubría jugando un picado de vereda a vereda, lo obligaba a volver a la casa, en penitencia, ya que deseaba para él un destino seguro en la relojería. Y él aceptaba su reclusión… ¡para practicar remates entre las dos higueras del patio del fondo! La mamá de Angelito, doña Amalia Cavatorta, pateaba a favor del hijo futbolero. Hasta que, finalmente, Don Ángel cedió… en parte. No quería que el pibe jugase en la calle, pero no tenía nada contra el deporte. De modo que en 1928 lo hizo socio de su Club Atlético River Plate, del que don Ángel padre tenía el carné número 580, para que practicase, pero en un lugar seguro.

 

Allí Angelito, portando su propio carné número 1358, aprendió a jugar al básquetbol (fue muy destacado básquetbolista riverplatense en infantiles y cadetes) y al ping pong. Frecuentaba la pileta de natación, aunque nunca aprendió a nadar. No jugaba oficialmente al fútbol, simplemente porque no tenía edad para quinta y River no tenía sexta. De modo que jugaba en Barrio Parque Fútbol Club, los sábados por la tarde. El presidente de River, don Antonio Vespucio Liberti, fue alertado por Félix Roldán, el detector de talentos, que había un jovencito hincha de River que la rompía. Cuando Liberti comprobó que Roldán, una vez más, había acertado, quedó tan impresionado por la calidad de Labruna que decidió crear la sexta división del club, para no perderlo… ¿El resto de los jugadores? Todos los amigos de Ángel, que jugaban en el Barrio Parque F. C., fueron reclutados en masa para los “millonarios”, con el beneplácito de Don Ángel padre, que se había convertido en el delegado del Parque para estar cerca de su muchacho.

 

Curiosamente, cuando le llegó el momento de elegir entre el fútbol o el básquetbol, Labruna se decidió por este último, ya que no se tenía fe para triunfar “en el verde césped”. Fue Liberti quien lo impulsó a optar por el fútbol. El 9 de agosto de 1934 fue inscripto en la AFA oficialmente como jugador de River Plate.

 

En 1936 subió a la cuarta especial. Eso le significaba un sueldo de 80 pesos mensuales y 25 por partido. Una verdadera fortuna para la época, que sin embargo no tenía parangón con otro logro del “Gordo”: le faltaba poco para jugar junto a su ídolo, Bernabé Ferreyra, quien alguna vez le había autografiado una foto con dedicatoria. Se dio el gusto el 25 de mayo de 1937, en el pueblo santafesino de Bernabé (también de Amadeo Raúl Carrizo y de Ernesto Enrique Mastrángelo), cuando “El mortero de Rufino” se iba despidiendo de su gloriosa carrera… Jugaron contra Jorge Newbery. La delantera: Peucelle, Moreno, Bernabé Ferreyra, Labruna y Deambrosi.

 

El 18 de junio de 1937 Ángel Amadeo Labruna debutó oficialmente en primera. Fue ante Estudiantes de La Plata y River cayó por 1 a 0. El 5 de noviembre de 1939, en cancha de San Lorenzo, jugó su primer superclásico ante Boca Juniors. Ese día marcó el gol del triunfo por 2 a 1, el primero de 16 goles que lo convertirían, hasta la actualidad, en el máximo goleador del superclásico. En agosto de 1942 debutó para la Selección Nacional contra Uruguay (jugó 37 partidos y marcó 17 goles, entre el 42 y el 58). En 1945 fue goleador del campeonato por primera vez… Y ese año se casó con Ana Carraquedo, a quien conoció a sus 17 años bailando el tango “Nostalgias”.

Ángel y Ana tuvieron dos hijos, ambos jugadores de River: Ángel Daniel (fallecido a los 19 años, en 1969) y Omar Raúl (quien jugó en la primera de River, le marcó un gol del triunfo a Boca y actualmente es entrenador). Porteños de ley, los chicos se criaron ya en el barrio de Núñez, en el bulevar Lidoro Quinteros, que da directamente a las puertas del Estadio Monumental Antonio Vespucio Liberti…

 

20190617Labruna Sivori 1955

 

EL ETERNO ANGELITO

 

La trayectoria futbolística de Ángel Labruna fue impresionante. Hizo goles de todos los colores y ganó numerosos títulos como jugador y luego como entrenador.

 

Durante años se lo consideró el segundo gran goleador del fútbol argentino, con 292 tantos, uno menos que el mítico paraguayo de Independiente, don Arsenio Erico. En 2008, sin embargo, el Centro de Investigación para la Historia del Fútbol informó que había detectado un gol a Estudiantes de La Plata, que por error no se había incorporado a la base de datos estadístico. Se inició así una movida para considerar a Erico y Labruna empatados con 293.

 

Jugó 515 partidos en primera. Ganó 11 títulos como jugador: Primera División 1941, 42, 45, 47, 52, 53, 55, 56, 57, estos 9 con River Plate, más los Sudamericanos de 1946 y 1955 con la Selección Nacional. Ganó 7 títulos como Director Técnico: Nacional 1971, con Rosario Central; Metropolitano y Nacional de 1975, Metropolitano 1977, Metropolitano y Nacional 1979 y Metropolitano 1980, con River.

 

Fue tan extraordinario su nivel de juego, que su aparición obligó a correr de lugar al “Charro” Moreno. Si se considera que un observador agudo como el periodista Juan De Biase opinaba que José Manuel Moreno había sido el único jugador comparable a Pelé hasta la aparición de Diego Maradona, se tendrá una idea de la dimensión que había cobrado el juvenil Labruna, que se apropió de la entreala izquierda de River (había sido su técnico de la cuarta, Ángel Calocero, quien le encontró la posición) para que Moreno fuese el entreala derecho de La Máquina. El ala izquierda que Labruna y Loustau conformaron llevó a decir al humorista Calé que jugaban como “un solo cerebro con cuatro piernas”.

 

La crónica familiar registrará otra curiosidad: maravillado por la carrera de su hijo Angelito, don Ángel padre intentó impulsar a su otro hijo, “el Cholo” Eduardo, que también jugaba bien. Al menos, lo suficiente para pasar la prueba en Excursionistas. Pero a Eduardo le tiró más la relojería…

 

Como futbolista se retiró en 1961, a los 43 años, justificando plenamente su apodo de “El Eterno”. Había jugado 28 años consecutivos en primera división… Todavía intentó en Rampla Juniors de Uruguay (1960). También llegó a jugar dos partidos para Platense en primera B, haciendo a la vez de técnico y jugador. Pero en el segundo encuentro se perdió un gol imposible y decidió sacarse a sí mismo. Intentó sin mucha fe una última ficha en Rangers de Chile, pero ya las piernas y el ánimo no le daban. Habrá que resaltar que cuando jugó el decepcionante Mundial de 1958, en Suecia, Angelito tenía ya 40 años, pero el fútbol argentino depositó sobre sus espaldas la responsabilidad de golear a europeos veinteañeros y de fútbol más físico que técnico…

 

Después del fútbol, intentó diversos trabajos, abrió una gomería, una pizzería, un hotel en Mar del Plata, pero en ninguno le fue bien. River le tiró la changa generosa de ser espía del técnico Néstor “Pipo” Rossi, en 1962, pero como a muchos porteños a Angelito le tiraba el hipódromo. Se cuenta que armaba sus informes leyendo los diarios del lunes, porque los domingos en vez de ir a observar al próximo rival prefería ir a las carreras… Tal vez lo haya hecho sólo una o dos veces. Pero no se puede negar que la leyenda es linda. En 1963, cuando se fue Pepe Minella, tomó el equipo como técnico por primera vez en su vida. Pero una controversia con los dirigentes derivó en su salida. Y la vuelta al mundo “comercial”, intentando alejarse del fútbol.

 

Así fue que en 1966, cuando estaba a cargo del buffet de Defensores de Belgrano, le ofrecieron hacerse cargo del equipo, que andaba mal. Aceptó, mejoró la campaña y al año siguiente lo sacó campeón de la B. Con un agregado: al mismo tiempo dirigía la primera de Platense en la A, que perdió insólitamente la semifinal con Estudiantes de La Plata, por el torneo Metropolitano (Platense ganaba 3 a 1 con baile, cuando un error de su arquero permitió la recuperación de los Pinchas).

 

Los sábados con Defensores y los domingos con Platense, había iniciado una inesperada y sensacional carrera como entrenador, aunque siempre que firmaba contrato con otros clubes, incluía una cláusula que le permitiría rescindir lo acordado en caso de que fuese River quien lo convocase...

 

Le fue bien en casi todos los clubes en que estuvo, incluyendo a River, que le fue tan ingrato en esos años como los títulos esquivos, que relegaban reiteradamente a la Banda al subcampeonato, incluso en 1968, cuando un penal evidente del velezano Gallo en las finales no fue sancionado por el árbitro e impidió un paso decisivo hacia la consagración.

 

En 1971 sacó a Rosario Central campeón por primera vez en la historia. En Talleres de Córdoba armó un equipazo en 1974, lo mismo que haría años después en el Argentinos Juniors que en las finales del Nacional 1983 eliminó a Boca y a River...

 

En 1975 volvió a River y lo consagró campeón después de 18 años de sequía. No sólo eso: sumó 6 títulos para compensar lo sufrido.

Tras una polémica decisión del club y del poder político de la época, que por un capricho del almirantazgo fogoneó la llegada de Alfredo Di Stéfano como DT de River (otro grande Alfredo, dicho sea de paso), Labruna no aceptó seguir “como manager” y se fue en 1981. En septiembre de 1983 parecía todo dispuesto para su regreso, entre otras cosas porque a los 65 años todavía estaba en buena edad para aceptar desafíos. Sin embargo fue imprevistamente tomado por una dolencia que se lo llevó el 19 de septiembre de 1983, como cuenta la leyenda que impresionó a los hinchas, cuando lo visitaba el Pato Ubaldo Fillol, cayendo Angelito al desplomarse en los brazos de uno de sus dos grandes arqueros (el otro fue Amadeo Raúl Carrizo).

 

A la memoria de los riverplatenses más veteranos, cada vez que cruzan el “Puente Ángel Labruna”, de la Av. Udaondo vuelve su imagen marcando el “golcito de cábala” al entrar a la cancha, según le había aconsejado “el Tano” Renato Cesarini para cortar una racha negativa. Y sobre todo, su imagen campechana en la Bombonera de sus eternos rivales de Boca Juniors, tapándose la nariz con los dedos en un símbolo provocador, pero finalmente simpático, signo de una época que hasta los veteranos hinchas de Boca deben recordar con cierta calidez, como se añoran las más sanas picardías de algo que se llamó folclore.

Fuente: Libro “Historia Política del Deporte Argentino” (1610-2002) de Víctor Lupo

Editorial Corregidor

Junio de 2019

 

 

 

 

 

 

 
 
El Pato: Nuestro Deporte Nacional

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20160614pato 01

Deporte viril, para gente de a caballo, audaz y valiente, el Pato se practica en nuestras tierras desde principios del siglo XVII, tal como lo muestra una crónica de Félix de Azara  en la que relata una “corrida” realizada en Buenos Aires en 1610 (30 años después de la Segunda Fundación de Buenos Aires, por Juan de Garay), con motivo de las fiestas de beatificación de San Ignacio de Loyola.

 Dice el naturista Azara: “Se juntan para ésto dos cuadrillas de hombres de a caballo y se señalan dos sitios apartados como de una legua (cinco kilómetros aproximadamente). Luego cosen un cuero en el que se ha introducido un pato vivo que deja la cabeza afuera, teniendo el referido cuero dos o más asas o manijas, de las que se toman los dos más fuertes de cada cuadrilla en la mitad de la distancia de los puntos asignados y metiendo espuelas tiran fuertemente hasta que el más poderoso se lleva el pato, cayendo su rival al suelo si no lo abandona. El vencedor echa a correr y los del bando contrario lo siguen y lo rodean hasta tomarlo de alguna de las manijas, tiran del mismo modo, quedando al fin vencedora la cuadrilla que llegó con el pato al punto señalado”.

 El jesuita Diego de Torres Bello escribía una primera misiva a sus Superiores, el 16 de junio de 1610 contando que en todas las ciudades del Río de la Plata se había celebrado con actos religiosos, sociales y culturales la beatificación del fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola. Y que en Buenos Aires, “hizo su oficio la artillería y mosquetería, y salieron algunos con intenciones de regocijo a correr patos delante de nuestra iglesia (...). Dos grupos de jinetes corrieron patos delante de nuestra Iglesia (Fue en medio de lo que hoy es la Plaza de Mayo). A todos causó admiración verlos así a ellos, como a los caballos que parecían incansables corriendo con tanta incomodidad”.

La segunda misiva enviada, del 4 de Abril de 1611, llama mucho la atención, que los participantes fueron dos tribus indias, y por cierto que los españoles, con toda lógica, no les facilitaban caballos ni les permitían montar dado que el caballo era una de sus principales armas de conquista y guerra. Sin embargo, Torres Bello consigna que “padres procedentes de Córdoba estimularon con premios a indios del valle calchaquí para que tiraran flechas a la sortija y corrieran patos”. Los locales, indios Calchaquíes, vencieron a los visitantes, que eran Huachipas. No se refiere en nada en lo que hace al juego y su desarrollo. Su lectura hace suponer que perseguían patos vivos que andaban por las calles de Buenos Aires y por los valles. (Copias de las cartas en el Colegio del Salvador

  Ni los españoles introdujeron este bravío deporte, ni lo hallaron como práctica entre los indígenas. Lo primero es evidente, pues era un deporte desconocido entonces y aún ahora en España. Pero tampoco pudo provenir de los indios, pues éstos no tenían caballos, que fueron traídos por los españoles en la primera mitad del siglo XVI. Parecería que se trata de un juego criollo, elaborado y planeado por los conquistadores mismos, o por sus inmediatos descendientes.

Don Pedro de Mendoza fue el introductor del caballo por estas tierras en 1536, aunque su descendencia (las manadas) fueron producto de los pocos que abandonó en 1541, don Domingo Martínez de Irala al abandonar Buenos Aires. Se habló de cinco yeguas y siete padrillos que se acrecentaron casi hasta el infinito junto con los que trajo Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien incursionaba por estos pagos del Sur, en su marcha desde la costa brasileña hasta el Paraguay. Y en ese mismo año, 1542, por los que trajo Diego de Rojas y en 1550, por los que sumó Juan Núñez del Prado, ambos en sus incursiones por el norte de nuestro país. Juan de Garay, hacia 1581, estimaba en 80.000 los caballos que vagaban salvajes (cimarrones) en un perímetro de 30 leguas alrededor de Buenos Aires.

Catorce años después, en 1595, cuando el rey solicitó al gobernador del Río de la Plata, Diego Rodrigo Valdés de la Banda, un informe sobre la caballada que habitaba “la pampa”, éste contesta así: “Digo que D. Pedro Mendoza, que fue el primer poblador de esta ciudad y puerto, trajo aquí caballos y yeguas que se quedaron en la campaña de esta tierra que es muy ancha y larga y en más de 80 leguas no se halla una tan sola piedra, teniendo en más de 100 leguas a la redonda tanta cantidad de yeguas y caballos que parecen montes cuando se ven de lejos y son tantos en número que exceden a aquel gran número que dicen las historias que había en las dehesas de la provincia de Media que se servían los reyes de Persia...”. Bueno, algo exagerado, sin duda, pero éste es el origen de sus millones de descendientes y promotores de la gran revolución del modo de vivir de todos los habitantes autóctonos y de quienes les siguieron. Porque donde había y hay caballos existen estos juegos, estas destrezas, estos deportes hípicos.

Una descripción más detallada, es la de Amadeo Frezier (francés, 1682 – 1773), un militar ingeniero especializado en fortificaciones, que durante algo más de dos años navegó “los mares del Sur”. En 1712  escribió en su libro, editado en 1716: “Fui testigo de una fiesta que los encomenderos de dos españoles que se llamaban Pedro se dieron el día del santo de sus amos en una aldea de Talcahuano, cerca de la cual estábamos anclados. Después de oír misa montaron a caballo para correr la gallina, como se corre la oca en Francia, con unas diferencias: que todos se arrojaban sobre el que ha obtenido la cabeza para quitársela y llevársela ante aquel, en honor del cual hacen la fiesta; corriendo a todo galope se topaban para quitársela y a la carrera recogía del suelo todo lo que derribaban por tierra. Después de esta carrera se apearon para la comida“.

El ya citado novelista argentino Guillermo Enrique Hudson (1841 – 1922) en su libro “El Ombú” expresa que: “El pato era el entretenimiento más popular practicado al aire libre en la Argentina”.

Con el transcurso de los años, el Pato fue practicado y también prohibido por las autoridades religiosas y civiles, por el alto nivel de peligrosidad y las consecuencias fatales que traía aparejado el hecho de querer llegar a cualquier precio con el pato al punto señalado. La primera prohibición al juego de que se tiene noticia, es del 23 de febrero de 1739, cuando así se dispuso en Santiago del Estero con el siguiente texto: “Pues es demasía y atropello jugar pato en medio de la ciudad”.

El RP. Salbaire, que escribió la “Historia de Nuestra Señora de Luján”, consigna un documento de 1796, del sacristán mayor de la Parroquia, Gabriel José Maqueda, que amonesta y ordena a los feligreses que se abstengan del juego del pato, “conminándolos con la excomunión”. Pero su prohibición más concreta y efectiva fue por decreto del 21 de Junio de 1822 del gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, refrendado por su ministro secretario de relaciones Exteriores y Gobierno, Bernardino Rivadavia y que expresaba: “Todo el que se encuentre en este juego, por la primera vez será destinado por un mes a los trabajos públicos; por dos meses en la segunda, y por seis en la tercera”. Además, “quedarán sujetos a la indemnización de los daños que causaren”. La policía, los alcaldes y los jueces de campaña eran los encargados de hacer cumplir la prohibición. Dicen que Rosas ratificó este decreto, pero todo parece indicar que sólo se limitó a hacerlo cumplir a su estricta manera.

Pero ya en la época de Juan Manuel de Rosas, el Pato era casi inexistente. El Gral. Bartolomé Mitre escribió sus “Odas” durante el sitio de Montevideo, cuando tenía entre 18 y 20 años y recién las editó a los 33, en 1854. En su texto titulado “El Pato” aclara en una nota: “El juego del pato no existe ya en nuestras costumbres, es ya una reminiscencia lejana. Prohibido severamente por las desgracias personales a que daba motivo, el pueblo lo ha dejado poco a poco, sin olvidarlo del todo”.

Pese a la prohibición, algunos personajes de la época resaltaban sus cualidades por requerir ciertamente varones fuertes y vigorosos, capaces de tolerar los más terribles empujones y las más extremosas tensiones musculares. Mitre lo indicó en una de sus rimas: “¡El pato! ¡Juego fuerte del hombre de la pampa que marca las costumbres de un pueblo varonil! Para avispar los nervios para tender los músculos como el convulso joven en el dolor febril”. Sin duda el pato fue el entretenimiento más popular practicado al aire libre en la Argentina.

Refiriéndose a un relato del juego y a los “guasos” u hombres del campo, el escritor José de Espinoza, informa que para jugar una partida de Pato “se junta una cuadrilla de estos guasos, que todos son jinetes más allá de lo creíble; uno de ellos lleva un cuero con argollas, y el brazo levantado; parte como un rayo llevando 150 varas de ventaja, y a una seña, él y todos corren a mata-caballo, formando grita como los moros; todos persiguen al pato y pugnan por quitarle la presa; son diestrísimas las evoluciones que éste hace para que no lo logren, ya siguiendo una carrera recta, ya volviendo a la izquierda, ya rompiendo por medio de los que siguen, hasta que alguno, o más diestro o más feliz, lo despoja del pato, para lo que no es permitido que lo tomen del brazo. En este momento todos vitorean y le llevan entre los aplausos, alaridos y zamba al rancho suyo, al que frecuenta, o bien al de la dama que pretende.

 Reinan todavía entre estas gentes muchos restos de la antigua “gallardía española”. Roberto Torreiro ha escrito en “Pampa Argentina” que: “Cuando en pleno siglo XX ya nadie se acordaba de la antigua existencia del juego del pato, el 16 de abril de 1937, por iniciativa del entonces jefe de guardia de seguridad de la ciudad de La Plata, don Alberto del Castillo Posse, secundado en su acción por un calificado grupo de deportistas, se llevaba a cabo una exhibición del referido deporte, a cuyo término y debido al entusiasmo despertado entre los presentes, se decidió auspiciar la difusión de la práctica del pato, propendiendo a la formación de equipos dentro de las entidades afines a los deportes hípicos, e incitando a la constitución de instituciones que originariamente se dedicaran a la práctica del deporte. Ese paso inicial, se constituía en el primer éxito logrado por el más criollo de nuestro juegos”.

Alberto del Castillo Posse reglamentó el deporte (se utiliza una pelota de cuero con cuatro manijas) y su obra culminó oficialmente cuando el 31 de marzo de 1938 tras diversos ensayos producidos, se solicitó al ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, Roberto Noble, fundador del diario "Clarín",que se derogara el artículo 1043 del reglamento de Policía de la Provincia de Buenos Aires (escrito en 1889), que prohibía la práctica del juego. El entonces gobernador, Manuel Fresco accedió a ello y lo concretó mediante un decreto del 28 de abril de 1938 que dice entre sus considerandos: “En la actualidad los deportes están sujetos a las disciplinas que imponen sus reglamentaciones y dicho juego, en la forma en que se practica en la actualidad, es un deporte sano y vigoroso, similar al polo”.

 ¿Qué quiere decir eso de sujeto a disciplinas, reglamentaciones? Precisamente éso, expresado literalmente, como que antes de 1937 no había reglamentación alguna, aunque sí modalidades. Todo era válido, tan válido, bárbaro, desordenado, brutal y peligroso, que debió ser prohibido más de una vez. Hasta que ya antes de promediar el siglo XIX, pasó prácticamente al olvido, a ser sólo un recuerdo de tradiciones transmitidas de boca en boca en los fogones, entre los paisanos.

El 23 de agosto de 1938, el diario “La Nación” comentó la primera exhibición pública de Pato, efectuada el día anterior en la cancha de la Asociación Ameghino, en las proximidades del puente Cabildante Léxica, en la ciudad de Luján. Asistieron el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Manuel Fresco; el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Juan G. Káiser y el ministro de Obras Públicas de la provincia, José María Bustillo, además de muchos otros invitados especiales.

En 1941 se creó la Federación Argentina de Pato (FAP). Asociación integrada por los dueños de campos en que se practica este deporte y que tiene por finalidad fomentar, dirigir y difundir el juego, organizar los torneos y velar por la aplicación de los reglamentos, a la vez que orientar y promover la crianza del tipo de caballo más apto para este propósito.

En agosto de 1943, llegó, a General Las Heras, un comisario,  Sigfrido J. Imaz, a quien los “pateros” de ese entonces y de la actualidad le deben un profundo recuerdo. Cierta vez, Imaz apareció montando un caballo colorado y con una pelota de fútbol con manijas atada con tientos a su montura, de modo que la gente trataba de descifrar de qué se trataba. Imaz, haciendo una exhibición en la playa de la estación de tren, la tiró al suelo y levantándola empezó a interesar a la gente hasta lograr su cometido: entusiasmarlos por completo.

El 28 de noviembre de 1943 se funda en este partido bonaerense, con la presidencia del comisario Imaz, la institución denominada “Campo de Pato de General Las Heras”, cuyos fines fueron, son y serán los de fomentar el criollo juego del pato y cultivar los sentimientos tradicionalistas de nuestra Patria”.

En 1944, los directivos del “Campo de Pato de General Las Heras”, se afilió a la Federación Argentina de Pato, siendo los primeros equipos herenses: “General Las Heras A” y “General Las Heras B”.

En 1953, en mérito a sus tradiciones y arraigo, el Pato fue declarado “Deporte Nacional”, por el Decreto 17.468, del 16 de septiembre de ese año, firmado por el Presidente de la Nación, general Juan Domingo Perón. Y en 1988 se nombra a General Las Heras,“Capital Provincial del Pato”, por decreto del gobernador de la Provincia de Buenos Aires, doctor Antonio Cafiero.

Sobre el deporte actual, cabe sintetizar: Recio y veloz, este juego exige a quienes lo practican un alto grado de cultura deportiva y el cumplimiento estricto de sus reglas. Se desarrolla entre equipos compuestos por cuatro jugadores cada uno que, mediante pases y combinaciones con las que eluden la acción de sus adversarios, tratan de introducir “el pato” a través de un aro de un metro de diámetro ubicado, perpendicularmente sobre un poste de 2,40 metros de altura, enclavado en el centro de cada una de las dos cabeceras de la cancha, que mide entre 180 y 220 metros de largo por entre 80 y 90 metros de ancho.

“El pato” consiste en una pelota de cuero con cámara de goma circundada por tres lonjas de cuero crudo cruzadas transversalmente, en cada una de las cuales van cosidas dos manijas o asas colocadas simétricamente. Es obligatorio que el jugador que tiene “el pato” lo ofrezca a los adversarios con el brazo derecho extendido perpendicularmente a su cuerpo. Cualquier movimiento que el jugador haga para impedir que el adversario tome una de las manijas constituye una “negada”, acto que el reglamento prohíbe y sanciona, salvo que tenga por fin efectuar pase o tratar de convertir un tanto.

Si un adversario logra tomar el pato se origina una “cinchada”, que debe efectuarse sin que ninguno de los dos jinetes se apoye en la silla o en su cabalgadura, es decir, “a pura rienda”.

La Federación posee el “Campo Argentino de Pato”, en Campo de Mayo, a 30 Km. de la Capital Federal, sobre la ruta nacional 8, en el que se realizan importantes torneos de baja, media y alta ventaja que culminan con el Campeonato Argentino Abierto, máximo acontecimiento de este deporte que tiene lugar en el “Campo Argentino de Polo”, en Palermo, magnífico escenario reconocido como el mejor del mundo. El Campo Argentino de Pato cuenta con una superficie de 20 hectáreas y posee dos canchas reglamentarias (una de ellas con tribuna techada) provista de sistema de riego por aspersión y ubicadas en medio de una añosa arboleda. Tiene instalaciones complementarias suficientes tanto para albergar en forma simultánea 100 caballos aproximadamente, con sus correspondientes corrales, bañaderos, embarcaderos, palenques, etc., como para la atención de jugadores y público. Rubén Liborio Cosentino jugador de pato desde los 16 años, dice: “Debemos hacer olvidar el aspecto folklórico del pato. Nunca repudiar sus orígenes gauchos, camperos, totalmente argentinos. Pero no hace falta vestirse como tales para jugarlo. Hoy es un deporte como otros. Para jugar al polo no es necesario ponerse ropa de mandarín si es que se originó en China, ni de rajah indio, si es que nació allí. Para jugar pato no hace falta vestirse de gaucho”.

Fuente: Libro “Historia Política del Deporte Argentino (1610-2002)

Capítulo II – Página 57

junio de 2019

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15/05/1914: Nacía un campeón olímpico de Berlín, OSCAR CASANOVAS

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20190604Idolos Porteos

 

Oscar Casanovas nació en el barrio porteño de Parque Patricios el 15 de mayo de 1914. A los doce años, todavía chiquilín y rubión, empezó a aprender boxeo en el Boedo Boxing Club, que entonces estaba en Boedo y Las Casas. Nacido para la esgrima de los puños, pronto se advirtió que estaba dotado de una habilidad singular, lo que se corroboró, años después, cuando se coronó Campeón Olímpico en Berlín 1936.

Oscar jugó al fútbol en el Club Atlético Huracán, donde actuó en la 6º División, cuya delantera estaba integrada con Belfiore, Baldonedo (el gran Emilio), Casanovas, Correa  y Adolfo Pedernera.

Pero fue obviamente el boxeo el deporte que lo convocó para sus mayores logros. Su récord como amateur es sencillamente magnífico. En diez campeonatos, de los muchos en que participó, vio alzar su mano como el mejor. Cuatro de esos títulos son de categoría continental, siendo uno de sus mayores orgullos que nunca perdió fuera de la Ciudad de Buenos Aires.

Algunos mojones de su carrera:

1932: Campeón rioplatense en Montevideo, categoría mosca. En 1932 también ganó el Campeonato de la Ciudad de Buenos Aires, categoría mosca. Y se consagró Campeón Latinoamericano, en Río de Janeiro, peso gallo.

1934: Campeón Nacional pluma. Luego Campeón Sudamericano pluma, con participación de cinco naciones.

1935: Vuelve a clasificarse Campeón Nacional pluma y, en Córdoba, Campeón Latinoamericano, categoría pluma.

1936: Campeón nacional pluma. Y sobre todo, alcanza el mayor éxito de su carrera, cuando gana la medalla de oro de Boxeo peso pluma, en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Oscar Casanovas ganó todas sus peleas y batió en la final al sudafricano Charles Catteral. Fue considerado por el periodismo alemán el boxeador más técnico de los Juegos Olímpicos.

Luego comenzó su récord profesional.

 

EL OSCAR DEL LUNA PARK

 

El flamante campeón olímpico debutó como profesional frente al italiano Mario Gualandri, a 12 rounds en el Luna Park. Había llegado la hora de una exposición pública demandada por la admiración social que su figura despertaba.

El cine argentino vio en Casanovas a un elemento que unido a su enorme popularidad, poseía espontánea simpatía y desenvoltura. De ahí entonces su actuación en la película "Mateo", sobre la obra teatral de Don Armando Discépolo, obviamente de producción nacional. Fue la primera película dirigida por Daniel Tinaire, en 1937. El elenco era encabezado por Luis Arata y Enrique Santos Discépolo, Discepolín. La produjo Baires y la distribuyó la Paramount.

Oscar se retiró en 1940 tras una reducida campaña profesional de 7 peleas, en la que venció al campeón argentino, Vital Coccio. El motivo de su apresurado retiro fue una lumbalgia que no pudo curarse.

El total de su campaña fue de 170 peleas, con 160 ganadas, 5 empatadas y 5 perdidas.

Durante varios años se desempeño como presidente de la Asociación Mutual Casa del Boxeador. Entre otras entidades se desempeñó como profesor en Huracán, el club de sus amores, del que llegó a ser orgulloso socio vitalicio. De su gimnasio surgieron valores como el peso pesado Pablo Zam y el olímpico pluma Francisco Núñez. Entre sus dirigidos más destacados estuvieron nada menos que Alfredo Prada, el gran Campeón argentino y Sudamericano, el inolvidable Luis Federico Thompson y el Campeón Mundial Víctor Galíndez.

Oscar Casanovas falleció en Buenos Aires a la edad de 74 años. Fue un luchador incansable por el bien del boxeo nacional.

 

“POR SUERTE, YO SEGUÍA SOÑANDO”

 

Esto escribió Oscar Casanovas, cuando se consagró Campeón olímpico en Berlín:

“Emoción... Alegría... y dos lágrimas de felicidad. ¡Qué día maravilloso tuve en mi vida! Jamás me olvidaré del 16 de agosto de 1936, que fue el día que sentí tantas cosas lindas en mi corazón. Cumpliendo mi máxima aspiración de deportista al conquistar para mi patria el título de CAMPEON MUNDIAL DE BOX EN

LAS OLIMPIADAS REALIZADAS EN BERLIN.

¡Pero antes de esa fecha había muchos soñadores! ¡Cada día se desvanecían esperanzas! ¡Y yo por suerte seguía soñando! Y yo que era un muchacho argentino, que cada día realizaba una pelea... y cada pelea una victoria.... y cada victoria un paso más hacia la dicha. Había vencido el 12, el 13, el 14 y el 15 de agosto a los representantes de Finlandia, Polonia, Hungría y Sudáfrica respectivamente. Al día siguiente de la final, o sea el 16 de agosto, me coronaron CAMPEÓN OLIMPICO. En el centro y en la parte más alta de la tarima estaba yo... Me habían entregado la medalla de oro, el simbólico roble y un libro. Segundos después oía el Himno Nacional Argentino... Mi bandera subía...subía lentamente.. Me parecía más blanca y más azul mi bandera... Y el himno nuestro más lindo que nunca... Mientras tanto no pude contener dos lágrimas... Dos perlas que volaron al Parque Patricios en busca de mis queridos padres, para darles las gracias por haberme dado la vida. ¡Ahora sí que era feliz! Había cumplido con mi patria, con mis padres, con mis amigos.  ¡Que más podía pretender!  Y si en ese momento me hubiera sorprendido la muerte la habría recibido con una sonrisa en los labios”.

Fuente: Libro “100 Ídolos Porteños” de Horacio del Prado y Víctor Lupo

Mayo de 2019

http://www.elmundoamateur.com.ar/. 

 
 

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